7 de diciembre de 2019, 8:38:57
Opinion


Una historia de todos los tiempos

José Manuel Cuenca Toribio



Fue uno de los grandes divos de la trepidante vida intelectual de la Barcelona del tardo-franquismo. Todos los hados de la fortuna –cuna, dinero, inteligencia, formación- se conjuraron para convertirlo en referencia cultural indispensable en una ciudad condal saturada por aquel entonces de gurúes, iluminados, dii maiores… en todas las esferas del pensamiento y las actividades artístico-literarias. Llegada la ansiada ahora de la Transición, marcó el rumbo de algunos de los principales derroteros de la Catalunya democrática. Al advenir al poder, el socialismo recompensaría servicios y militancia. Padre de la patria en las horas lustrales del nuevo régimen, poco después la gran y excitante aventura europea lo tuvo como pionero y atalayador de horizontes plenificante en el Estraburgo parlamentario.

Entretanto, viajes ecuménicos, embajadas abiertas de par en par para estadía oficiales y privadas, presencia deslumbrante en la confección y puesta a punto de programas partidarios y gubernamentales… En paralelo, una vida sentimental rica y azarosa, relatada en algunos de sus episodios más escabrosos con dignidad y sensibilidad tremente en La segunda mujer (Barcelona, 2006) por la escritora y protagonista real de buena parte de ella.

Con el término del capítulo narrado en dicha obra acabó también en ancha medida en la existencia de nuestro innominado pero muy verdadero personaje. Festinadamente, levó anclas de los abras felipistas hacia las no menos resguardadas y privilegiadas dársenas del nacionalismo. El pujolismo, claro, aplaudió con calor la nueva deriva de uno de los intelectuales más mediáticos y relevantes del Principado finisecular. Con todo, la metanoia conoció giros e indecisiones. El socialismo de fibra más catalanista continuaría durante un tiempo reclamando su ilusión y entrega. Pasqual Maragall, el césar visionario de un PSOE a la vez europeo y telúrico, contó con su respaldo en la travesía más ensoñadora de un credo siempre tironeado por las pulsiones contrapuestas del españolismo de sus bases obreras y el catalanismo de sus elites. Retirado de la escena el primer President socialista de la Generalitat, la suerte final del Estatut abanderado por Maragall implicó el anclaje por ahora definitivo del protagonista de estas líneas en las posiciones de Convergencia i Unió. En adelante, el hereu político de Pujol, Artur Mas, no tendría un seguidor más entusiasta en las filas de la intelligentzia catalana que nuestro ideólogo.

En el retorno a Barcelona procedente de un Madrid opuesto a sus planteamientos fiscales para el Principado, un Mas recibido en olor de multitudes se encontró acompañado en los primeros puestos por un elenco de intelectuales entre los que destacaba nuestro hombre por el frenesí de sus aplausos… Tal vez las cámaras lo hayan recogido, ha un cuarto de siglo, en idéntica actitud respecto de Felipe González o Alfonso Guerra, cuando los contribuyentes españoles –entre ellos, claro está, los madrileños- pagaban su holgado sueldo de diputado tanto en el solar ibérico y franco-belga.

Una historia de todos los tiempos, ésta del intelectual arribista, visitador frecuente de los palacios de los príncipes de turno. Evidentemente; pero que en el actual contribuye a la honda decrepitud moral que lo distingue entre los que en época inmediata lo antecedieron.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es