16 de septiembre de 2021, 12:11:52
Opinión


Una nueva leyenda negra

Alejandro Muñoz-Alonso


Cuando en un corte de televisión oí al ministro Wert pronunciar la ya famosa frase “mi interés es españolizar a los alumnos catalanes”, pensé inmediatamente que había dado en el clavo, que había acertado al cien por cien afirmando algo obvio de toda obviedad, aunque casi nadie se atreve a sugerirlo en voz alta. Pero, casi al mismo tiempo, imaginé que iban a caer sobre él todas las iras del nacionalismo, por osar pronunciar la palabra nefanda, España, en cualquiera de sus variantes y menos en la esa forma de verbo activo, “españolizar” que está exigiendo acción, en vez de la pasividad y el apaciguamiento habituales. Era imposible que la furiosa jauría del enrabietado separatismo dejara pasar sin revolverse la intolerable ofensa, que ellos ven como un delito inconfesable e imperdonable. Goebbels –con quien todos los nacionalismos tienen más conexiones de las que les gustaría aceptar- dijo aquello de “cuando oigo hablar de cultura echo mano a mi pistola”. Y los nacionalistas de por aquí se arman, al menos metafóricamente, con lo que tienen más a mano, cuando oyen hablar de España, si no es para vituperarla o para afirmar, como dijo aquel supremo hipócrita llamado Pujol, que España no es una nación. Seguramente fue un lapsus pues donde dijo España, debía haber dicho Cataluña. A partir de ahí no puede extrañar que una consejera del gobierno regional catalán calificara la intención expresada por el ministro de “preconstitucional”, “franquista” y “colonialista”. ¿Tendrá esta señora alguna remota idea de lo que habla y de lo que es constitucional, si no es para transgredirlo un día sí y otro también?

Lo que, francamente no esperaba (se ve que uno no acaba de librarse de la ingenuidad), es que los socialistas respondieran con el mismo registro. La reacción de la señora Valenciano –que parece ser la número dos en la jerarquía del partido- es tan de traca como de vergüenza ajena. Cambió el prefijo “pre” por el “anti” para anteponerlo al adjetivo “constitucional” y para rematar la faena se despachó con la machada de que iban a pedir la reprobación del ministro. Supongo que Wert no ha dejado de temblar desde entonces. Ante escenas y actitudes como ésta uno entiende que el primer partido de la oposición no es que esté haciendo una bien merecida travesía del desierto, sino que se ha perdido, no tiene brújula y ni es capaz de encontrar a la Osa Polar. Pero no deja de ser digno de señalar que eso de “españolizar” produce en los socialistas la misma clase de urticaria que en los nacionalistas. No es nuevo. Una persona que conozco se vio llamada fascista por cierto militante socialista porque se le ocurrió colgarse el móvil con una cinta con los colores de la bandera nacional…Sin comentarios.

La frase del ministro me recordó también una anécdota de hace ya varios años y que conozco directamente por relato de uno de los actores. Unos importantes empresarios vascos fueron invitados a un festejo en Ajuria Enea por el lehendakari de turno, nacionalista por supuesto. El atento anfitrión decidió educadamente presentar a su esposa aquellos notables invitados. La pobre señora, que no debía haber salido en toda su vida de la caverna sabiniana, al saber quiénes eran no se le ocurrió otra que espetarles: “¡Ah! Pero vosotros sois españolistas”. A lo que uno de los empresarios (con catorce apellidos vascos, por lo menos) no vaciló en contestar: “No, señora, nosotros somos españoles”. A la señora le salía espontáneamente que “lo español” no era políticamente correcto.

La lógica del ministro Wert me parece aplastante porque es lo único que tiene sentido cuando sabemos que el sistema educativo catalán lleva treinta años llevando a cabo la tarea criminal (me he pensado mucho este adjetivo antes de escribirlo) de desespañolizar a los niños y jóvenes catalanes, privándoles así de una parte de su auténtica identidad. Como esas familias en las que, por viejas rencillas, se ignora a una de sus ramas y se manda callar a los niños si preguntan. Se les ha falseado la historia, se ignoran páginas enteras de nuestra historia común, que es la de todos incluidos los catalanes y, sobre todo, se pinta a España y a los españoles con los colores más negativos. Y ahí se incluye todo desde la geografía…a los toros. He tenido oportunidad de ver alguno de esos panfletos, disfrazados de libros de texto. Los nacionalistas empezaron con aquello de calificar despectivamente de “mesetario” a todo lo que venía del Ebro para abajo. Era cuando presumían de que eran muy europeos porque algún fin de semana se habían acercado a Perpiñán. Pero en tres décadas se han superado. Con resultados evidentes. Estos últimos días hemos visto videos y páginas de los libros de texto que se utilizan en Cataluña, con los que se “educa” a los niños catalanes y uno no tiene más remedio que escandalizarse tanto porque eso exista en un país supuestamente democrático como porque en treinta años no se la haya puesto remedio legal. Por eso Wert tiene razón.

Es bien sabido que este tipo de nacionalismo excluyente (tengo serias dudas de si existe algún otro tipo) se distingue, sobre todo, por el odio al otro, que llega a ser más intenso que el amor a lo propio. Para los separatistas el otro es el español y todo lo español es odiado –y así se les enseña a los niños catalanes y vascos- con la misma saña con que los nazis odiaban a los judíos. Las raíces totalitarias de todo nacionalismo son bien evidentes pues, al fin y al cabo, el totalitarismo no es más que la exasperación del nacionalismo. No hay nacionalismo sin xenofobia. Y ese odio a lo español que se imparte obligatoriamente en los centros catalanes es una forma de xenofobia y tiene todas las trazas del delito. Uno más a añadir a otros, como incumplir las normas constitucionales sobre lenguas, imponiendo esa monstruosidad que es la inmersión lingüística o, en general, poner el sistema educativo al servicio del dogma nacionalista. Como en la Alemania nazi o en la Rusia soviética, los profesores se convierten en agentes y propagadores de la ideología oficial y en guardianes dedicados a impedir cualquier desviacionismo. ¡A ver quién se atreve a decir que es español o a hablar en ese asqueroso idioma! Desde el siglo XVI España tuvo su leyenda negra, fabricada en Londres, La Haya o París. Ahora se fabrica en Barcelona. Hemos ganado en proximidad.

Lo peor del nacionalismo es su profunda irracionalidad Con el pretexto de que se basa en intransferibles sentimientos no atiende a razones. No hay más que ver cómo Mas –cada vez más ciego y más irresponsable- avanza por el camino del despropósito y del delito. Porque delito es su empeño de convocar un referéndum, algo para lo que no tiene competencia, como lo es plantear la hipótesis de un imposible Estado catalán, con la Constitución en la mano. Pero también contra las normas de la UE y, sobre todo contra el sentido común y el propio bien común de los catalanes y, desde luego, de todos los españoles. Su chulesca arrogancia -”sí o sí”- sus estúpidos argumentos, sus vacuas amenazas conforman un panorama de máxima insensatez, y le meten –a él y a toda la sociedad catalana- en un peligroso callejón sin salida, aunque gane las próximas elecciones. Amin Malouf en su libro Identidades asesinas escribe unas palabras que estos nacionalistas en busca de un Estado deberían meditar: “Si esas personas no pueden asumir sus múltiples pertenencias, se las insta continuamente a que elijan un bando u otro, si se las conmina a reintegrarse a las filas de la tribu, entonces es lícito que nos inquietemos por el funcionamiento del mundo”.
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