19 de septiembre de 2021, 1:07:19
Los Lunes de El Imparcial

RESEÑA


Juan Gustavo Cobo Borda: Poesía reunida


Juan Gustavo Cobo Borda: Poesía reunida. Tusquets. Barcelona, 2012. 336 páginas. 19 €


El animal que duerme en cada uno es el primer título poético de Juan Gustavo Cobo Borda (Bogotá, 1948). Y a él se atiene en los restantes libros publicados –tres- que reúne ahora como si de uno solo se tratara. El instinto, primero animal, y en resonancia múltiple inteligente, revertido al halo de entraña que refleja en la imagen, preside los libros del poeta. Podemos leer esta Poesía reunida de años como obra única. Es más, todos los poemas del conjunto responden a una moción común poética, licuada, fluyente, corrida.

La singularidad viene del instante que capta la palabra como poro de respiración. Inmediata, espontánea. Casi siempre de viaje -el poeta es diplomático- por países variados o en pausas, paréntesis de fatiga, un hotel, la calle, pasajero continuo de aviones, barcos, en el interludio de una sucesión horaria, el instante de un café o asistiendo a un cóctel, ahí, allí donde prende el brote de palabra. Asomado especialmente al cuerpo femenino. El objeto del deseo se encarna en el instinto continuamente renovado como paso de página en procura de nuevo poema. El amor fugaz, esquinado, de intersticios vitales, es figura, estampa que renueva el ansia en forma de sonrisa, gesto poseído, boca esbozada de otro mundo en este de aquí, palpable, sin apenas intervalo.

El mundo insinuado se cuela, no obstante, por los resquicios y deja entrever la diferencia del instinto humano. Lo mejor de esta poesía es la claridad del verso, su dinamismo fagocitado, la esquina que no deja crecer otra cadencia que la sucesión de imagen y su lazo continuo hasta el desenlace, como una pasión de entrelíneas, o entre horas, ciclos cutáneos. Cada verso, una puntada. Y el conjunto, una línea vertical que se agota en su propio impulso. Ningún reclamo tras la lectura, a no ser el poso que dejan los lugares del amor frustrado, o cínico, apenas pasto del recuerdo que pasa día, página.

Desabrido, narrado, y distanciamiento crítico que reconoce la “mentira” de la ficción poética. Se aventura en ella, no obstante, como único depósito posible de lo que uno pueda ser, si es, como sujeto, mejor, individuo, lo indiviso que vamos anotando, por dentro y fuera. El distanciamiento busca proximidad y calor íntimo. Al no conseguirlo, surge la ironía cáustica de los valores entrevistos, pero cegados en su propio contexto banal. Ternura perdida, entresijos que disimulan una emoción embozada que no encuentra imagen cumplida: “estos versos naufragan indolentes”.

Y no por falta de visión creadora. Sí por descrédito del hálito sentido: “Oxidadas anclas gimen en su ascenso / y un temblor muy dulce sacude toda la arboladura. / Cortamos las amarras y el empate de los nudos. / Las tontas amistades descoloridas.” Se aprecia el pálpito. Sin embargo, a la emoción apenas la retiene el molde que insinúa. Y la descripción descuella cuando siente lo inmediato, plástica: “Como y vivo”. O cuando consigue, plena, el nervio que la suscita: “Si reniegas de él lo acrecientas. Si murmuras a su espalda / lo inflarás con tu miedo (…) tu alma de esclavo / lo ha erigido en dueño”, dice del “Poder”, la otra cara del animal erótico.

Cobo Borda sintetiza gran parte de la creación hispanoamericana. Deudo de creadores consagrados, Neruda, Lezama Lima, Borges, y del rescoldo francés, norteamericano, a sorbos escuetos, la escritura se cumple como homenaje. Fuera de ahí, diversificación, anécdota sentimental, refugio erótico. La indolencia deja el material en bruto, sin pulirlo. Ansia de un verso presentido que ronda los labios: “Escribir es rezar de modo diferente.” Y poemas de circunstancias.

Por Antonio Domínguez Rey
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