11 de diciembre de 2019, 7:58:03
Opinion


Melancólico domingo electoral

Demetrio Castro


Los domingos electorales son, felizmente, casi una rutina en la vida política española. La superposición de tres niveles de representación, nacional, autonómico y local con calendarios sólo parcialmente coincidentes y la frecuencia con la que se acortan las legislaturas, adelantado la convocatoria a las urnas, multiplica su frecuencia, aparentemente sin efecto fatiga sobre los electorados. Aunque hay diferencias regionales y también según el tipo de convocatoria, la participación electoral en España es comparativamente alta, y puede considerarse un rasgo estable del comportamiento político de los españoles. Y, sin embargo las más de esas elecciones distan de ser trámites ordinarios, acontecimientos más o menos transcendentes pero sin capacidad especial de inquietar al menos a parte del electorado. Inquietar no quiere decir entusiasmar o ni siquiera interesar, pero el hecho es que en la mayor parte de las elecciones, y de modos especial de un tiempo a esta parte, se produce la sensación, no ilusoria, de que más que proceder a ratificar o sustituir unas políticas y sus gestores, se ponen en juego cuestiones de fondo o de transcendencia algo más honda.

Las elecciones convocadas para el domingo 21 de octubre en las Comunidad Autónoma del País Vasco y en la de Galicia, ambas adelantadas y por segunda vez coincidentes, han tenido ese rasgo de significación especial, aunque por diferentes motivos. En el caso de Galicia, las elecciones de 2009 dieron una mayoría absoluta de escaños al Partido Popular, ajustada pero suficiente para gobernar desplazando a la coalición de socialistas y nacionalistas que con unas políticas entre lo desastroso y lo pintoresco había venido haciendo todo lo posible para facilitárselo. De lo que se trataba en 2012 era de ver si el partido gobernante podía conservar, o en su caso incrementar esa mayoría, no sólo en razón de su propia ejecutoria sino, más bien, en relación con las medidas económicas y sociales adoptadas en el gobierno nacional en los meses durante los que ha venido ocupándolo el mismo partido. Tácitamente se ha admitido que el electorado no respondería tanto según su satisfacción o disgusto con el gobierno regional, que no parece haber errado mucho, sino con la forma de enfrentarse al desastre económico por parte del gobierno nacional del mismo signo político. La situación tiene otros aspectos porque la ya casi tradicional estructura triádica del sistema de partidos gallego aparece quebrada por una escisión del nacionalismo en alianza con comunistas, repartiéndose ese sector del voto. Mientras todavía se cuentan papeletas (y en Galicia con un significativo porcentaje de ese voto estrambótico de argentinos o venezolanos que tuvieron un abuelo nacido allí, los recuentos suelen ser largos y deparar sorpresas) parece que pueden asentarse las primeras conclusiones. Para empezar, la caída de la participación, por cierto entre uno de los electorados españoles más abstencionistas. Sólo análisis detenidos, a la luz de los resultados definitivos, permitirán saber quiénes se han abstenido ahora y dónde, pero a primera vista da la impresión de que una parte sustancial de quienes se han quedado en casa han sido antiguos votantes del partido socialista apáticos ante unas candidaturas sin tirón, mal avenidas y con memoria de lo que los socialistas han hecho en el gobierno nacional durante los pasados años. La segunda evidencia parece ser que el partido gobernante no sólo vuelve a ganar sino que aumenta votos y escaños. Es decir, no parece que el electorado le haya aplicado castigo alguno. Y esto es muy de celebrar no ya por los ganadores, sino por todos. Porque significará que los votantes resignados y hasta irritados quizá, validan las políticas de ajuste y se resignan a ellas, al menos de momento y suponen un contraste muy digno de tener en cuenta a las algaradas y la desafección en la calle que se quiere hacer pasar por general y casi unánime.

En la Comunidad Autónoma del País Vasco, el panorama de partida ha sido muy diferente. Primero porque con un parlamento de igual tamaño que el de Galicia, el sistema de partidos ha sido siempre mucho más fragmentado y las mayorías absolutas impensables. Allí aunque las penurias económicas no estén ausentes la cuestión central de la discusión política ha sido en los últimos años algo muy distinto, nada menos si un porcentaje amplio del electorado está dispuesto a respaldar a quienes no han demostrado suficientemente el respeto al Estado de derecho, a las reglas de juego y a los derechos humanos. A quienes piensan que la democracia es un conjunto de reglas prescindibles si su aplicación no favorece los propios objetivos. A quienes creen que matar con pretextos políticos es algo que conviene o no conviene hacer según las circunstancias. Y todo parece indicar que así ha sido. Los cien mil votos nulos de 2009 se han hecho valer ahora, gracias a una de esas decisiones políticas revestidas de fallo judicial con las que el Tribunal Constitucional cuestiona su propia naturaleza. Ese voto a quienes albergan una idea instrumental y no sustancial de la democracia representa una cuarta parte de los sufragios emitidos, siendo la segunda candidatura en número de votos y escaños, mientras el Partido Nacionalista Vasco baja algo su porcentaje y número de electos, y los dos partidos constitucionalistas, el PSE y el PP, pierden votos y escaños de manera importante. Las tardes de los domingos suelen inducir a la melancolía, incluso si no llueve. Hay domingos electorales en que la melancolía resulta irreprimible.
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