29 de julio de 2021, 18:04:10

AL PASO


La secesión de Cataluña en clave federal



En el capítulo dedicado al federalismo del interesantísimo libro sobre la Constitución americana, de Sanford Levinson que se acaba de publicar, Framed (Oxford University Press 2012),y sobre el que hablaremos seguro en más de una ocasión, el autor se ocupa , casi al final, de un asunto que ahora nos agobia en alto grado. El apartado en cuestión está dedicado a la (posible )secesión en el sistema federal americano. Levinson no parece albergar dudas sobre la imposibilidad, en el plano jurídico, de la demanda de secesión, de modo que, desde este punto de vista, no considera inconstitucional que la Federación tuviera que recurrir a una guerra en la segunda mitad del siglo XIX, que costó más de seiscientos mil muertos, para impedir la separación de los once Estados del Sur. Sin embargo en términos políticos lo que justificó, si acaso, la guerra no fue la imposición de la Constitución para frustrar el secesionismo, sino la erradicación de la esclavitud.

Sorprende que un jurista tan fino esté dispuesto, en casos límite, a relativizar el peso de la argumentación constitucional, dando la razón a quienes sostienen que no se puede imponer el derecho a costa del desastre. Para ilustrar los casos en los que los miembros de la federación pueden abandonarla, Levinson recurre al economista Albert Hirschman utilizando sus categorías para considerar que la secesión es legítima cuando en una difícil situación parece preferible “salir” en vez de permanecer y hablar. Sin duda esto ocurre, dice Levinson, cuando, se trate de un matrimonio o de un Estado, uno se siente totalmente ignorado, aun cuando formalmente no se le prive de su “voz”. Si, dice el constitucionalista, a uno realmente nadie le escucha ni se le responde adecuadamente a sus quejas, “¿por qué no se puede abandonar una relación que ya no funciona?”. Aunque pueda bromearse poniendo en cuestión la posibilidad de fundar la unión de un Estado , como la de un matrimonio, más que en la rutina del afecto en lo que Lincoln llamaba la “atracción pasional”, a lo que no se puede recurrir es a la fuerza para mantener lo que solo puede ser una unión consentida. Como dijese el presidente Buchanan en su ultimo mensaje de la Unión en el Congreso en 1860 , si bien consideraba que la secesión era ilegal, el gobierno nacional solo disponía de las armas de la palabra para impedirla, pues “la Unión reposa en la opinión pública y si le falta la aceptación del pueblo, ha de perecer”.

De verdad ¿alguien cree que en relación con Cataluña estemos en una situación en que con bastante fundamento pueda pensarse que Cataluña ha sido objeto en nuestra democracia constitucional de un trato desconsiderado u ofensivo, esto es, que se la ha discriminado o sometido a ninguneo o marginación?.Todo el mundo sabe que el sistema autonómico, en su dimensión ad intra, ha permitido un indudable ejercicio de autogobierno a todas las nacionalidades y regiones españolas, que han disfrutado de unas oportunidades indudables de desarrollo, de modo que Cataluña ha contado en su ámbito territorial de facultades decisorias sobre los aspectos más importantes de la vida política, se trate de la esfera cultural, económica o autoorganizativa. Por lo que hace a la dimensión ad extra de nuestro sistema de descentralización territorial, solo quienes incurren en una lectura superficial y formalista del mismo, pueden pretender que Cataluña ha carecido de peso suficiente y específico en el Estado, dejándose llevar por la idea de que un postizo igualitarismo ha rebajado el papel que algunas nacionalidades merecían. La equiparación normativa, en punto al equipamiento organizativo y competencial, es una exigencia mínima del principio de homogeneidad que el Estado autonómico, como el Estado federal, acepta en su configuración, pero ello no significa la igualdad efectiva, en el plano de la realidad política, entre todas las Comunidades Autónomas. Ni Alaska y California son lo mismo, aunque se trata de Estados que disponen del mismo número de senadores y cuyas estructuras organizativas son parejas, ni Cataluña se diferencia, en punto a su relevancia política, solo en la posesión de una lengua específica, respecto a la Rioja o Cantabria.

¿No hay espacio, entonces, para una discusión serena de los agravios y los desencuentros? ¿Ha llegado el tiempo, de verdad, para Cataluña de partir? ¿Falta la confianza afectiva para reponer los lazos de la Unión?. En la endiablada circunstancia en que nos hallamos, en el lenguaje de Hirschman, ¿ es preferible para Cataluña “irse” que permanecer y hacer valer, en la piel de toro, su potente y admirada “voz”?
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