23 de noviembre de 2019, 2:58:40
Nacional

DESDE OTRA ORILLA


[i]Cuentas electorales catalanas[/i]



Nos recordaba recientemente Eugenio Nasarre (“Unas elecciones dramáticas” en “paginas digitales.es”) que en las elecciones autonómicas catalanas de 2010 el PP había obtenido 384.000 votos, equivalentes al 12,3% de los votantes, mientras que en un año después, en las generales de 2011, el número de votantes del PP se había elevado hasta los 716.000 y el 20,7% de los que depositaron su voto. Ello significaba un aumento del 85% en la comparación de los dos resultados electorales. Algo similar, aunque en menor proporción, ocurrió con el PSOE/PSC, que recibió 570.000 votos en las autonómicas y 922.000 en las generales. Tras examinar las razones de esa disparidad, que tanto en Cataluña como en el País Vasco, como asimismo en otras regiones españolas, crea una dualidad de comportamientos entre los diversos tipos de elecciones, Nasarre concluye que bastaría con que PP y PSOE/ PSC recuperaran la integridad de su voto ¨nacional¨en las elecciones autonómicas del próximo 25 de Noviembre para que las aspiraciones secesionistas de CIU y otras fuerzas políticas favorables a la independencia de Cataluña quedaran notablemente mermadas por esa via —hay otras para impedirlo, naturalmente, pero conviene desde ya ir preparando su terreno- al no poder obtener en el Parlamento catalán la mayoría absoluta que persiguen. De ahí el adjetivo de ¨dramáticas¨ con que el politico y pensador español, sin la más mínima exageración, describe los términos de los próximos comicios catalanes.

A un mes de las elecciones, cuando las encuestas presagian la subida de CIU, el mantenimiento del PP en sus actuales y relativamente modestos resultados y el hundimiento del PSOE, la llamada a la responsabilidad del PP se hace todavía más acuciante. El tiempo apremia y en realidad falta y el mazazo de los resultados de las elecciones vascas del 21 de Octubre pesa gravemente sobre la conciencia española. Hubo un tiempo, cuando los partidos españoles en el centro y en la derecha del espectro politico se reorganizaban tras la desaparición de UCD, en que el PSOE presumía de ser el único partido que podía vertebrar la realidad nacional española. Eran en efecto los tiempos en que Felipe Gonzales parecía abocado directamente a la inmortalidad y el PSOE gozaba de generosos resultados electorales en toda España, incluidos el País Vasco y Cataluña. Basta con una breve mirada a las primeras páginas de los diarios nacionales de este momento para saber que se hizo de aquella gloriosa gesta: solo una vigorosa tarea de reorientación táctica y estratégica podría permitir al malherido socialismo español recuperar al menos su papel de alternativa potencial. De otra manera, y no es desmesura el pensarlo, el PSOE podría llegar a recorrer el calvario de una UCD que ya antes de su desaparición había ya pignorado incluso su capacidad de recibir el voto útil, por residual que resultara.

Si bien se mira, con años de distancia, el PSOE y sus variantes regionales están recorriendo el mismo y equivocado camino que la UCD practicara con las fuerzas políticas vascas y catalanas. Desidia, buena voluntad o simple ceguera hicieron que los nada despreciables réditos iniciales de los centristas en ambas comunidades fueran confiados, “gratis et amore”, a nacionalistas vascos y catalanes, a los que se suponía cierta vecindad ideológica -algunos de entre ellos incluso presumían de ser democristianos-. En la confianza de que al final granaría un sistema a la alemana, con CDU y CSU formando una alianza inconmovible. Hoy vemos los resultados de aquellos primeros desvaríos y constatamos la dificultad de la recuperación. Dificultad, y grande, que no imposibilidad. Dificultad que en cualquier caso exige una férrea voluntad de acción política en una circunstancia límite para el mantenimiento de la unidad y la libertad de todos los españoles. Dificultad añadida si además no sabemos —ni ellos mismos lo saben- a que va a jugar el PSC en las elecciones que se avecinan. ¿Serán capaces de recuperar el sentido nacional de otros tiempos y oponerse con firmeza a cualquier intento de ruptura secesionista o por el contrario, como ya vienen haciendo en estos últimos meses, seguirán con procesos partenogenéticos de escisiones mientras se encierran con los inviables juguetes del federalismo, simétrico o asimétrico, confederación y otras ensoñaciones?

Es en ese complicado círculo de factores donde el PP, prácticamente en solitario —aunque no debiera minusvalorar ni menos despreciar la aportación de otras formaciones políticas que con independencia de sus programas sociales o económicos tienen entre su catalogo programático firmemente establecida la unidad de España- debe “nacionalizar” las elecciones catalanas y presentarlas como lo que son: un momento decisorio en el que frente a la falacia secesionista se levanta con seriedad y esperanza la promesa y la realidad de una España inclusiva, tolerante, variada y a mismo tiempo unida, en definitiva la España que ha constituido y sigue constituyendo lo mejor de la centenaria historia común. Estas están llamadas a ser unas elecciones monotemáticas, porque así lo han querido los nacionalistas, y no debe existir miedo ni reparo alguno en enfrentarlas tal como vienen. No son estos momentos de remilgos, distinciones o pudibundeces. Tampoco de temer que la firmeza en el propósito, como dicen tantos pusilánimes, despierte a la fiera. ¿Es que acaso no se han dado cuenta de lo dispuesta que ya está para la contienda? ¿No han reparado que ha sido ella, la hidra nacionalista, la que ha arrojado el guante de la independencia al conjunto de los españoles?

Es dudoso, y los mismos nacionalistas lo dejan entrever, que haya en Cataluña, o en ninguna otra parte de España, una mayoría sólida a favor de la independencia. Es probable por el contrario que en los grupos demoscópicos en los que se divide a la población sea mayoritario el formado por la suma de los que se dicen sólo españoles, más españoles que catalanes y más catalanes que españoles. Es posible también que muchos de los que se consideran exclusivamente catalanes no quieran saber mucho de la aventura incierta de la secesión. El mensaje del PP —y del PSOE si se anima- debería estar dirigido a la movilización de esos grupos con un claro sentido de la convivencia: nada contra Cataluña, su lengua, su cultura, su tradición; todo contra aquellos que sin razón ni prudencia intentan separarla de la “patria común e indivisible de todos los españoles”.

Ha sido tan continuada y perniciosa la contaminación nacionalista como dolorosa la desidia de los que no participaban de ese credo en la defensa de los planteamientos históricos y constitucionales de la España unida. Aquellos polvos trajeron estos lodos. Los partidos nacionales —sobre todo el PSOE pero también en alguna medida el PP- han caído, quizás sin quererlo, en el mimetismo del nacionalismo políticamente correcto que creían iba a deparar parte en la tarta electoral localista. Basta con mirar a los resultados en el País Vasco para comprobar a donde conducen esas políticas de acomodo. Cuyo último rizo ha sido el comprobar cómo PP y PSOE perdían votos hacia el PNV, convertido, lo que son las cosas, en recipiendario del voto útil frente a la presumible barbarie de los neo etarras de Bildu. Las propuestas políticas que por razones tácticas ocultan o disimulan su identidad están condenadas a desaparecer. Somos millones los españoles que miran hacia Cataluña y esperan con determinación final que acabe la época del disimulo. Nos jugamos en ello nuestro propio futuro como nación.
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