19 de noviembre de 2019, 4:13:23
Cultura

VIDAS ROTAS


[i]Un trozo invisible de este mundo[/i], de Juan Diego Botto: La presencia de los ausentes


El Teatro Español, en colaboración con Producciones Cristina Rota, rescata en Matadero-Las Naves del Español una conmovedora pieza que enlaza sucesivos monólogos sobre la inmigración y el exilio.


Un trozo invisible de este mundo, de Juan Diego Botto
Director de escena: Sergio Peris-Mencheta
Escenografía: Sergio Peris-Mencheta y Carlos Aparicio
Intérpretes: Juan Diego Botto y Astrid Jones
Lugar de representación: Matadero-Naves del Español. Madrid.

Por RAFAEL FUENTES

¿Dónde conseguir que aparezcan los desaparecidos? ¿Dónde hacer visibles a los que han sido borrados de la faz de la tierra? Hace casi un lustro el gran director de escena Santiago García me dijo donde: “Aquí, esta noche”. “Aquí” era el mítico teatro de La Candelaria, en el centro histórico de Bogotá, donde estrenaba la obra colectiva A título personal, en la que se materializaba una larga galería de “desaparecidos” en la violencia que asoló el país. Pude comprobar que algunos vivos se irritaban y amenazaban de muerte a quien lograba por esta vía hacer presentes a los que hicieron desaparecer. Los borrados y desaparecidos retornan con el buen teatro. Esa magia quizá se produce con más frecuencia de lo que pensamos. Juan Diego Botto lo ha logrado sin ningún género de duda en Un trozo invisible de este mundo.



Ese “trozo invisible” está compuesto por cinco monólogos de impecable factura, entrelazados entre sí, dentro de los cuales daría mi preferencia al cuarto: “Turquito”, donde se visibiliza a un desaparecido en el centro de torturas de la Escuela de la Armada argentina en la época de la última dictadura, con sus espantosos y viles tormentos. En el epicentro de un exilio –tema que acaba dominando el conjunto de los monólogos- encontramos siempre alguna forma de violencia, en la mayoría de los casos la tortura física o una amenaza inminente de ella. El desaparecido Turquito, que no tuvo ni el dudoso privilegio de lograr exiliarse, derrotado por el horror, asombrado ante la vida, traidor y héroe finalmente por motivos muy alejados de la ideología política que le condujo a manos de sus torturadores. Esa conexión con la vida auténtica y la deliberada ausencia de cualquier patetismo en el fragmento de su existencia que se nos da a conocer, aumenta, paradójicamente, el dolor, la solidaridad y la compasión que despierta en un público al que difícilmente se le borrará del pensamiento ese desaparecido que se hizo visible otra vez.

Santiago García me comentaba: “Es terrible que una cosa como la muerte sea borrada. No importa a quién mataron, porque al que mataron no importa.” Palabras aterradoras que el teatro subsana al menos en una dimensión simbólica. El Turquito no ha sido borrado y sí importa al que mataron. En torno a él giran los demás desaparecidos que sí siguen viviendo, los que viven una existencia invisible en un interminable exilio: su sobrino, que logra huir para no encontrar ningún arraigo, en “El privilegio de ser perro”, o la mujer africana que escapa de un mundo no menos espantoso y a la que recobrar la dignidad arrebatada le cuesta el precio de romper cualquier vínculo con su tierra, su cultura, su familia, su hijo, convertido en un extraño a miles de kilómetros de distancia en otro continente.

Son otras formas de muerte que la pieza de Juan Diego Botto rescata de ser invisibles con una naturalidad interpretativa que las hace aún más conmovedoras. Quizá el monólogo menos logrado sea el primero: “Arquímedes”, precisamente porque está planteado en términos puramente ideológicos y le falta esa raíz en los sentimientos humanos que se comunican sin grandilocuencia, pero con tanta fuerza expresiva, en los restantes monólogos. En este primero, un arrogante, frío y cínico agente de aduanas europeo –o español- explica por qué el primer mundo se siente superior y trata con absoluto desprecio a los inmigrantes que se agolpan en sus fronteras para entrar. Aquí, la pequeña lección demagógica sustituye al teatro.



Un autor que conoce bien Latinoamérica, debería saber con qué grado de desprecio se acogen en Venezuela o Argentina a inmigrantes de otros lados de la propia Latinoamérica, la violencia que sufren esos mismos inmigrantes en los caminos que cruza México o lo que les aguarda en las encrucijadas de África a aquellos que deciden salir de su aldea. Qué fácil solución tendría si todo se redujese a una mala ideología del norte frente al sur, cuando los impulsos de exclusión se encuentran en el fondo más oscuro del corazón humano en cualquier lugar de la tierra y el teatro podría ser un lugar idóneo para explorarlo, siempre que esa exploración no se cambie por una simplista y maniquea alocución política.
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