30 de julio de 2021, 0:26:18
Opinión


Canalejas en el recuerdo

José Manuel Cuenca Toribio


De todos los de la segunda etapa de la Restauración canovista José Canalejas (1854-1912) es el político más reivindicado en la hora actual. La modernidad de su figura en talante, maneras y pensamiento lo acerca mucho a las generaciones actuales de historiadores de la contemporaneidad española. El norte magnético de su actuación pública, radicado en la respuesta positiva e integradora del Estado liberal a los movimientos obreros y periféricos, dentro de una monarquía también plenamente “nacionalizada”, suscita el aplauso admirativo por su inteligencia y oportunidad. De no haber sido alevosamente asesinado cuando la fortuna semejaba sonreír, después de titánicos esfuerzos intra y extra muros de su propio y muy centralista partido liberal, la realización de una porción sustancial de su obra –la relación fluida y fecunda con Catalunya-, es harto probable que el destino del país hubiera sido distinto al trágico que signara parte esencial de su recorrido ulterior.

Menos conocido es que ya un decenio antes de su dramática desaparición, regentando la cartera de Agricultura en el último gabinete del “Viejo Pastor”, D. Práxedes Mateo Sagasta, se ofreció idéntica oportunidad para cambiar hondamente el curso de la vida española. Por vez primera en la historia ministerial de la Restauración y aun de toda la constitucional, se esbozó desde el poder una reforma agraria que entrañaba –se repetirá- una mudanza revolucionaria de todo el edificio del establishment. Alarmado, éste cerró filas y el líder de la fracción demócrata del viejo Partido Progresista presentó su dimisión. Como tantas veces ocurriera y volvería a ocurrir en la farisaica vida parlamentaria de la época –cabal reflejo aquí de la propia sociedad-, su abandono del gabinete sagastino no se debió a las diferencias con la extremada parsimonia y cautela de su jefe respecto de la candente y ruidosa “cuestión religiosa”, sino a la ya indicada, de mucho mayor calado, como la historia se encargaría de demostrar sin tardanza. De pocos, muy pocos, gobernantes, en verdad, dependió el rumbo de la existencia nacional en dos ocasiones, ambas frustradas por causas y procedimiento diferentes; circunstancia que, sin duda, acrecienta la materia de reflexión provocada por tan insólito hecho…

Muchos otros temas igualmente hacen muy emotiva y cercana la evocación del estadista ferrolano en el centenario de su magnicidio -12-XI-1912-. Pese a ello, a causa de las restricciones presupuestarias impuestas por el vaciamiento de las arcas oficiales y –punto todavía más importante- del depresivo estado de ánimo de la ciudadanía, la conmemoración revestirá con toda seguridad –nada desearía más el articulista, discípulo de D. J. Pabón y oyente atento de las interminables y eruditas peroraciones canalejistas de su colega Diego Sevilla Andrés en la Valencia del tardo-franquismo, que equivocarse en el diagnóstico- los caracteres convencionales del compromiso de varias instituciones, sin calado en la conciencia nacional y ni tan siquiera en el estamento universitario de las carreras bien llamadas antaño humanísticas, dato sin duda más importante, dada la carencia en el pasado inmediato de personalidades de la dimensión del político ferrolano.

A la hora de los antojos y caprichos, al cronista le gustaría sumamente consagrar unas líneas a un asunto de pesarosa presencia en el momento actual de la vida parlamentaria nacional y grandemente relacionado con Canalejas. Unas Cámaras en que no hay oradores, son un Congreso y un Senado con déficit alarmante de ideas. En unas Cortes con descollantes maestros de la palabra, Canalejas refulgió como el último astro de la oratoria de la Restauración. El arte del discurso lo manejó con envidiable virtuosismo, en el que fondo y forma, pensamiento y palabra hallaron una síntesis de toda suerte envidiable.

A reserva de lo que los estamentos concernidos nos deparen en las próximas semanas, la figura del ferrolano –Pablo Iglesias y Franco también lo fueron…- D. José Canalejas y Méndez “merecía mucho más”, según rotulara Pabón su espléndido prólogo a la biografía de aquél salida de la pluma del ya también mencionado Prof. Sevilla Andrés. En un otoño particularmente propicio a la melancolía, es triste volver a comprobar la exactitud del juicio del también injustamente olvidado gran maestro sevillano.

El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es