7 de abril de 2020, 0:12:15
Opinion


Trescientas tabernas y una sola librería

Alicia Huerta


Ayer se celebró el día internacional del libro, en conmemoración del fallecimiento en 1616 de tres grandes escritores: Cervantes, Shakespeare y Garcilaso. En España, las estadísticas en lo que se refiere a la adquisición y a la lectura de libros no concuerdan y si sabemos que con ocasión de la tradición del día de Sant Jordi, cada vez más extendida por todo el territorio nacional, las editoriales se frotan las manos y presentan sus últimas novedades y que las tiendas aprovechan para sacar sus tenderetes repletos de libros a las aceras, lo que no queda tan claro es que después la gente haga, con ese regalo repleto de páginas, algo más que colocarlo en una estantería.

Es decir, parece ser que compramos mucho para leer, pero al final leemos muy poco. Terrible entonces que haya tan poco lector para tanto escritor ansioso por ver su obra publicada. Aunque a lo mejor lo importante es que se venda y, lo de menos, que se lea. Ya decía Hemingway que clásico es aquel libro que todo el mundo respeta y nadie lee. Y como en la época en la que vivimos, al final, todo es marketing, a los pobres que escriben y acaban guardando sus preciosos manuscritos en un cajón, el día del libro les recuerda con amargura varias cosas que se clavan cual puñal traidor en las dorsales. La primera, que si no eres nadie más vale que te ahorres las fotocopias de los ejemplares para mandar a las editoriales, dueñas y señoras de los sueños del autor, y cambies de ambición o que, en caso de alto grado de desesperación, te publiques tú solito la obra y después la guardes en otro cajón, éste mucho mayor, claro. La segunda, que la gente compra los libros que salen en las listas de los diez más vendidos, o en su defecto, es decir, en caso de que ni siquiera lean dichas listas, los de los estantes donde se amontonan las mencionadas diez maravillas, aunque, en realidad, sean pura bazofia como la que se puso de moda con El Código da Vinci y similares.

Menos mal que siempre hay honrosas excepciones como la que ocurrió con “La sombra del viento” del que se vendieron diez millones de ejemplares sin tener que recurrir a la publicidad, porque esta vez la gente sí que lo había leído y funcionó el sistema más eficaz de la mercadotecnia, el boca a boca. Con la segunda novela de Ruiz Zafón ha pasado todo lo contrario: se ha anunciado tanto su llegada a las librerías que hasta había listas de reserva. Habrá que leerla. Entre tapa y tapa, claro, porque ahora que llega el buen tiempo se reaviva el verdadero deporte nacional. Un verso del siglo XVII ya lo reconocía: “Es Madrid ciudad bravía, que entre antiguas y modernas tiene trescientas tabernas y una sola librería”.
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