8 de abril de 2020, 9:40:22
Opinion


¿Ha tenido éxito la Huelga?

José Antonio Sentís


Hay países, antidemócraticos supongo, como Alemania, que tienen prohibidas las huelgas generales. Hay países, como España, en la que se abusa de las huelgas generales hasta el punto de matarlas por aburrimiento. Es una forma diferente de llegar al mismo sitio.

El instrumento de la Huelga General, así como mayúsculas, no se pensó para defender intereses (como las huelgas sectoriales), sino para cambiar de régimen. Pero aquí, entre los nuestros, se da la paradoja de que esa extrema actuación se hace para lo contrario. Perjudica intereses colectivos y, a la vez, consolida un régimen de poderes para que incluya también, y ahí está la gracia, el "tercio sindical" al lado del Ejecutivo y el Legislativo. Incluso con la pretensión de doblarles el pulso, de ser más que ellos. Es decir, doblárselo a los electores que decidieron ese Legislativo y ese Ejecutivo.

La Huelga General sólo tiene sentido, pues, como ariete para derribar un sistema político, cuando no hay otro medio para lograrlo, como sucede en las dictaduras. Por eso fue un arma revolucionaria. Ahora, en una democracia basada en elecciones, es una rutina para canalizar el descontento sin alterar el sistema. Simplemente incluyendo en él a los actores perdedores de las elecciones, pero que necesitan protagonismo para mantener su influencia, su estatus social, a veces el económico. Sindicatos, por ejemplo. O minorías partidarias. O la oposición que antes tenía el Gobierno.

La Huelga General es una contradicción democrática, y una contradicción con ella misma. Entre otras cosas, porque convoca a sectores enfrentados entre sí. Llama a los comerciantes, pero quiera paralizar el consumo. Ataca a los patronos a la vez que les exige empleo. Reclama la pasividad de la Administración, mientras quiere luz en las calles. Quiere parar el Metro, pero lo necesita para acudir a la manifestación. Quiere paralizar los medios y, a la vez, aparecer en sus portadas, en sus informativos. Parte de la convicción en el éxito, pero necesita piquetes para tenerlo, porque a la vez es la expresión de la justicia inmaterial y a la vez la policía que debe ejecutarla.

Todo es ya impostura en la ceremonia de una Huelga General. Sus convocantes no pretenden tener éxito en lo que reivindican (si es que alguien llega a saber exactamente qué es), sino éxito en la propia ceremonia huelguística. Que sea muy secundada, aunque no sirva para nada. La utilidad de la convocatoria se agota en el minuto de gloria de la masa encantada por haberse conocido, por la exaltación de su unión sentimental, por la canalización de sus pasiones, que sólo parecen iguales porque se trata, precisamente, de la masa, pero que son tan diferentes como los individuos lo son. Hecho que, sin duda, averiguan todos al día siguiente, cuando se enfrentan a su propio paro, a su propia hipoteca, a su propia angustia.

España ha vivido, digamos con descriptible entusiasmo, la segunda huelga general en un año. Su convocatoria no tuvo más sentido que el de aprovechar la situación generalizada de disgusto, de desaliento, de depresión, de desesperanza de los ciudadanos. Sus grandes convocantes, CC. OO. y UGT lo hicieron porque ya no saben exactamente cuál es su papel, pues forman parte de los privilegios del sistema, pero se ven obligados a enfrentarse al mismo sistema que les da de comer. Además, están muy preocupados, porque se les escapan de las manos los movimientos sociales espontáneos (y radicalizados). Los okupantes del Congreso, los indignados, los antidesahucios... Ellos, más que el propio Gobierno, están al borde de ser sobrepasados por grupos inorgánicos que no disfrutan de liberaciones ni sueldo. Y lo saben, y por eso se ven obligados a ponerse al frente de la manifestación. Quizá, sólo quizá, esta huelga les haya servido a los sindicatos de clase para ese objetivo de supervivencia.

Respecto al Gobierno, casi se podría decir lo mismo, aunque resulte chocante. También al Gobierno le conviene que sean los sindicatos establecidos quienes estén enfrente. Los conocen, pueden tratar con ellos. A nadie se le olvida que los sindicatos viven del dinero del Estado, que canaliza el Gobierno. Lo complicado está en el enemigo común, los antisistema. Por eso, un éxito moderado de una Huelga General (y no el fracaso ostensible) viene bien a unos y a otros.

Respecto a la imagen de España, ésta está ya tan deteriorada que no la va a empeorar una huelga. Nos consideran en el mundo tal basura, que sorprenderíamos sin hacer tonterías inútiles, como parar la producción cuando necesitamos imperiosamente competitividad. Pero hasta los alemanes saben que hay que canalizar el descontento, y eso se hace con catarsis colectivas e instantáneas que actúen de analgésico para las próximas semanas.
Ya estamos todos contentos. Ahora, habrá que seguir en el control del déficit, en la rebaja de la deuda, en el aumento de la competitividad, en los ajustes del gasto público y en la austeridad del privado, porque, desgraciadamente, las huelgas no paran nuestra deuda. Y, a este paso, a los españoles nos van a desahuciar de España si no somos capaces de pagarla.

Más que una Huelga General, esto ha sido una macrofiesta de evasión, y ahora sólo quedará la resaca de la realidad. ¿Ha tenido éxito? Pues digamos que sí, moderadamente. Así se pueden quedar tranquilos los Sindicatos y el Gobierno, los que la han secundado y los que no. ¿Ha servido para algo? Pues digamos que no, obviamente. Pero algunos han disfrutado con la broma que nos ha salido por dos mil millones de euros de nada. No hay problema, en España estamos que lo tiramos.
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