11 de diciembre de 2019, 10:37:10

AL PASO


El Miguel de Unamuno de Jon Juaristi



Es muy difícil resolver el fascinante poliedro que Jon Juaristi ha construido sobre Miguel de Unamuno, en un libro de más de quinientas páginas y que he sido incapaz de abandonar una vez comenzada su lectura. ¿Es un libro sobre Unamuno como intelectual, un recuento de sus propuestas sobre las necesidades que planteaba la vida pública en la España en su tiempo? ¿Es una biografía del Rector de Salamanca, sobre los episodios de su vida personal y familiar, las peripecias de Miguel de Unamuno, a lo largo de toda su existencia desde su nacimiento en Bilbao en 1864 a su muerte al comienzo de la guerra civil en la Salamanca del 36? ¿Es un libro sobre la España de la Restauración y la República? ¿Es un libro donde se da cuenta del pensamiento filosófico del biografiado, o donde se analizan sus aportaciones literarias, o sus ideas estéticas? ¿Es un libro sobre el País Vasco, ámbito indeclinable de los años de niñez y juventud de Unamuno, pero referencia permanente del autor, que profesó un bilbainismo explícito durante toda su vida? ¿O estamos ante un libro que en realidad es sobre el propio Jauristi, del que el biografiado, poeta, lingüista, escritor, como el autor, es el pretexto?

Juaristi ha llevado a cabo una biografía con énfasis, esto es una lectura muy personal, proponiéndonos una imagen acabada de Unamuno, se trate de los resortes de su trayectoria vital o de su actuación pública o producción literaria, a partir de un conocimiento del horizonte intelectual o histórico en que se mueve el escritor noventayochista realmente extraordinario. Para empezar, son bien interesantes los apuntes que ofrece Juaristi sobre las referencias familiares de Unamuno, primero en su hogar de Bilbao, con preferencia marcada, aunque no sin problemas, con la madre, y después en el que encabezaría tras el matrimonio con Concha Lizárraga a quien quiso como a nadie, exclusiva y excluyentemente. “Concha fue su amante, madre y patria al mismo tiempo, y ella, consciente de lo que significaba para Miguel, soportó con entereza y confianza los largos periodos de separación de su juventud y de los años de exilio de aquel, ya en el declinar de sus vidas”. Por cierto, señala Juaristi en otro momento, lo que vio de enérgico en el gineceo de su casa, impidió que Unamuno fuese misógino como otros autores de su generación comprendiendo a las mujeres de su tiempo con sus problemas y reivindicaciones. “No se le conocieron amoríos fuera del matrimonio y las trató siempre con cortesía y delicadeza”.

Me parece insuperable la reconstrucción que Juaristi hace del ambiente bilbaíno de la niñez y juventud de Unamuno, una exploración perspicaz de las condiciones del fuerismo en crisis y del primer socialismo vasco, en especial de sus contribuciones a la Lucha de clases y su relación con el director de la misma, Valentín Hernández. Se trata del contexto de la expansión bilbaína producida por el industrialismo en el que surge el bizkaitarrismo de Sabino Arana, que disputa y pierde, como Unamuno, una cátedra para la enseñanza del vasco frente al presbítero don Resurrección María de Azkue en 1888. La llegada de Unamuno a Madrid es recreada literariamente, relatándose las idas y venidas de nuestro autor por las pensiones cercanas a lo que será la Gran Vía asesorado por su primo el futuro naturalista Telésforo Aranzadi, pero sobre todo da ocasión a Juaristi para ofrecer una panorama de la situación de la Universidad española, en la que, en el campo de las letras o de la historia, las influencias del positivismo europeo pugnaban con los epígonos tomistas apoyados descaradamente desde los ministerios conservadores de la Restauración.

Aunque naturalmente el libro de Juaristi sigue, especialmente desde que se produce el acceso al rectorado de Salamanca, los avatares de la presencia pública de Unamuno en la escena nacional, diría que esto no es lo que más interesa al autor de la biografía que comentamos. Después de todo Juaristi piensa que la intervención de Unamuno en las grandes cuestiones de la España finisecular y décadas siguientes, se trate de la social y agraria, la religiosa, la militar y la regionalista, no podía ofrecer otra cosa que fracasos. “Todo en Unamuno era una perfecta ilustración de la ineptitud del intelectual moderno para arreglar cualquier problema colectivo”. En comparación, a Juaristi le importa más estudiar la corrección (nula) de la tesis de Unamuno sobre el euskera, como lengua aglutinante poco capaz de reflejar eficazmente el pensamiento humano, o la tesis sobre la intrahistoria, como historia de las muchedumbres anónimas, “de los silenciosos alejados de la bullanga de la política”.

Juaristi indica la contradicción entre el hombre conservador que es Unamuno, incapaz de asumir la complejidad de la gran urbe y las relaciones despersonalizadas de la sociedad de masas (“Unamuno solo respirará a sus anchas en pequeñas ciudades como Salamanca, trasunto de la irrepetible “tasita de plata” de su infancia, perdida para siempre en aras de la industrialización y del progreso económico”) y las aportaciones innovadoras de su teatro y especialmente su poesía, cuando por ejemplo en El resentimiento trágico de la vida, recurre, dice Juaristi, a los procedimientos habituales en los poemas canónicos del siglo XX, como el collage, que utiliza Eliot o determinados elementos tomados de las vanguardias, “como los versos invertidos”. Fascinante, decía al principio, Unamuno, y fascinante, concluyo ahora, Juaristi.
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