24 de septiembre de 2021, 5:04:43
Cultura

OCUPA EL SILLÓN 'F'


José B. Terceiro, nuevo miembro de la RAE: “El lenguaje en su uso político se pervierte con demasiada frecuencia”


Este domingo, el economista José B. Terceiro (Santiago de Compostela, 1943) toma posesión oficial del sillón ‘f’ de la Real Academia de la Lengua Española después de que se anunciara el pasado mes de junio su ingreso como académico. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense, autor del primer Diccionario económico en 1970 y teórico empedernido de la sociedad digital (término acuñado por él mismo en 1996), Terceiro entra en la Academia con un “orgullo enorme”, sobre todo por ocupar el lugar de quien un día fue profesor suyo, Luis Ángel Rojo, “referencia para muchos estudiantes”, según explica el nuevo académico en una entrevista con este periódico. En opinión de Terceiro, la actualización y divulgación del lenguaje económico es uno de los retos de la RAE. Por Laura Crespo


¿Qué significa para usted tomar posesión este domingo de uno de los sillones de la Real Academia de la Lengua?
Es un orgullo enorme que me hayan acogido en la Academia, especialmente por sustituir en el sillón ‘f’ a Luis Ángel Rojo, que ha sido uno de los grandes economistas españoles contemporáneos.

También fue alumno suyo…
He sido alumno, yo diría que destacado, de Luis Ángel Rojo, como fui alumno también de José Luis Sampedro, otro de los académicos que además es Catedrático de mi misma disciplina. Por lo tanto, yo sigo en la Academia a dos profesores que han sido referencia para muchos estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense.

Cuando se anunció su incorporación a la RAE, habló de “revisar” algunas palabras que estaban desfasadas o desactualizadas, ¿cuáles serían las primeras con las que habría que trabajar?
No soy yo quien ha de decidir, sino que es la Academia. Pero como sugerencia improvisada, podría pensar en un buen puñado de palabras relacionadas, por desgracia, con la crisis financiera, utilizadas e incorporadas a la preocupación cotidiana de los españoles en estos momentos. ‘Consolidación fiscal’, por ejemplo. También ‘diferencial de interés’ o incluso la propia palabra ‘institución’ creo que tiene que ser revisada. En todo caso tiene que ser lo que la Academia disponga. Creo que hay por delante una labor importante de aminorar la utilización de barbarismos y, en relación al ámbito de la economía, de anglicismos.



El lenguaje económico se debería de estar acercando a la sociedad más que nunca, al fin y al cabo, es lo que más leemos y oímos hoy en las noticias. ¿Cree que es efectivo este acercamiento?
En realidad la Economía ha estado siempre muy cerca de la sociedad porque nos afecta directamente a todos en lo que más nos preocupa. Pero en la medida en que se ha sofisticado la jerga económica sí que hay que hacer un esfuerzo por acercarla a la gente.

Pero, por lo general, ¿el español medio tiene un vocabulario económico adecuado? Cuándo abre un periódico por la cada vez más leída sección de economía, ¿entiende realmente lo que está pasando?
De entrada y por desgracia, no toda la gente lee periódicos. Y, efectivamente, creo que la gente no entiende los términos que se utilizan, que muchas veces no los entienden ni los propios profesionales.

Supongo que la RAE tiene que hacer un esfuerzo adicional en este sentido…
Yo creo que ya lo viene haciendo, pero evidentemente tendrá que seguir insistiendo en ese esfuerzo. El hecho de mi designación supongo que tiene algo que ver con este cometido.

¿Se llega a sacar provecho de este desconocimiento generalizado como una suerte de perversión del lenguaje?
El lenguaje se pervierte, y en su uso político, se hace con demasiada frecuencia.

¿Puede utilizarse esta perversión del lenguaje desde el sector político para no transmitir un mensaje todo lo claro o transparente que sería deseable?
Probablemente. A lo mejor habría que aclarar el término sobre la marcha y hacer un poquito de pedagogía, que creo que sí forma parte de la obligación de los políticos.

Puede resultar, a priori, raro que un economista se interese tanto por el lenguaje… ¿de dónde le viene este interés?
Me viene de muy lejos, mi Diccionario de Economía (1970), el primero de este tipo, lo hice nada más terminar la Licenciatura en Ciencias Económicas. Desde siempre me he enfrentado con la necesidad de contar con un instrumento suficientemente manejable y que le aclarara a uno algunos de los conceptos que se encontraba durante el estudio y la lectura. De eso, han pasado ya cuarenta años.

Además de en la economía, sus publicaciones y estudios se centran de forma muy perseverante en la revolución digital… ¿en qué momento nos encontramos en este sentido?
Estamos en plena adolescencia de lo que yo en su momento bauticé como ‘sociedad digital’. En este sentido, mi libro (Sociedad digital. Del homo sapiens al homo digitalis) de 1996 es probablemente de los primeros ensayos que se ocuparon de difundir la que se nos venía encima cuando en esos momento no se tenía una idea clara que de lo que iba a suponer la sociedad digital. En todo caso, seguimos en la adolescencia, nos queda mucho por ver y muchos cambios por afrontar.

En Digitalismo, libro del que es coautor, se preguntaba en 2001 sobre los cambios que traía la irrupción del mundo digital y si implicaba, de alguna manera, el fin de una etapa del capitalismo. ¿Cómo lo ve ahora, una década después?
El final del capitalismo no está en ningún caso en el horizonte temporal inmediato. La sociedad digital tiene mucho más que ver con aspectos culturales y de información de la ciudadanía. Los jóvenes no han vivido la penuria en la capacidad de obtener información que hemos tenido generaciones anteriores. Entonces nos costaba mucho tiempo, muchísimo dinero y era siempre una búsqueda parcial de las fuentes de información. Hoy, cualquier persona de cualquier lugar remoto del planeta que tenga acceso a Internet, posee instrumentos que le ponen en la punta de los dedos la totalidad de información que existe en el mundo. En eso estriban los cambios principales.
No tiene tanto que ver con el sistema capitalista, pero lo que sí va a tener es un impacto sobre la política y sobre la democracia o, mejor, sobre el ejercicio de la democracia, como es evidente y como ya hemos vivido en fechas recientes.

Está claro que esa es la gran ventaja de la era digital, pero también se oyen voces que destacan algunos aspectos negativos. Una de las más amplias críticas a Internet y, sobre todo, es su tendencia al aislamiento físico. ¿Nos alejan en nuestras relaciones personales?
Están cambiando los usos sociales, pero la evolución del ser humano se basa, precisamente, en esos cambios. A lo mejor pasamos a comunicarnos de forma distinta y habrá que pensar si es mejor estar comunicado física y personalmente o a través de los mecanismos digitales. Eso está por analizar y por pensar. Pero lo que es evidente es que eso entra dentro del proceso evolutivo al que está sometida la especie humana desde hace decenas de miles de años. Incluso hay aspectos que algún libro reciente ha destacado como que ahora leemos de forma distinta. Cuando leemos en la pantalla, leemos según un patrón F: primero la primera línea y, a continuación, de corrido hacia abajo. Eso nos está cambiando incluso la manera de pensar. Como ocurre con el propio procesador de texto digital para construir una pieza escrita. No es sólo una máquina de escribir sofisticada. A uno lo desata de la parte mecánica de la escritura y le permite liberar la mente para imaginarse cosas con mucha más potencia. Eso son los impactos.

¿Cómo diría que está impactando este mundo digital en la economía? ¿Cabe la posibilidad de que sea una enrome burbuja, como ya pasó en su momento con ‘las .com’?
No necesariamente. Puede haber burbujas en alguno de los aspectos sometidos a especulación, pero en lo que se refiere a la economía, lo digital es positivo. Como muestra, por ejemplo, su influencia sobre el comercio, que facilita y abarata. En términos de productividad añadida al sistema es una herramienta más.
También la revolución digital influye en el lenguaje…
Sin duda. Especialmente en el lenguaje escrito. Por ejemplo, en cómo escribimos los SMS’s y, ahora, los Whatsapp, utilizando todo tipo de acrónimos y de palabras extrañas.

Muchos de esos términos, de hecho, terminan siendo reconocidos por la RAE. ¿Qué le parecen estas actualizaciones?
La Academia está para certificar lo que previamente la ciudadanía ha utilizado de forma más o menos generalizada.

Como economista, en estos momentos complicados, ¿cómo valora los pasos que se están dando para lidiar con los problemas económicos?
Creo que van fundamentalmente en la dirección correcta. Habría que tratar de evitar las improvisaciones y algunas incoherencias gubernamentales. Habría que tratar de evitar las volatilidades regulatorias que producen inseguridad jurídica, porque no hay nada peor para los mercados que nos están observando que la falta de previsibilidad. Pero, en líneas generales, creo que se están haciendo las cosas que hay que hacer.

¿Es usted pro-austeridad o defiende más el incentivar el consumo?
Todo tiene su orden y su prioridad, y la austeridad es requisito previo para que, a continuación, podamos acceder a mayores tasas de consumo.

En resumen, ¿qué cree que va a aportar a la Academia?
En primer lugar, la prudencia propia de quien es un novicio que se incorpora a una institución que tiene 300 años de antigüedad. Y en segundo lugar, y en la medida en que la Academia lo considere oportuno, trataré de poner a su disposición mi experiencia en el ámbito económico y en el de las tecnologías de la información.

¿Y la Academia a usted?
A mí, una satisfacción enorme. Pero, sobre todo, la verdadera recompensa en mi caso es la alegría de mi entorno y de quienes me han apoyado. En definitiva, uno acaba siendo lo que sus amigos quieren que sea y, por tanto, no hay nada más reconfortante que el recuerdo y la renovación del afecto de los amigos.
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