20 de octubre de 2019, 2:30:25
Opinion


El referéndum como coartada

Alejandro Muñoz-Alonso


Aunque parece que casi todo el mundo lo ha olvidado ya, en este dichoso país nuestro hubo una huelga general todavía no hace una semana. Fue una vergonzosa exhibición de todo lo más cutre y despreciable que puede darse en una sociedad civilizada, como ha quedado registrado en las escenas de televisión que todos hemos podido contemplar. Miedo, violencia e hipocresía explican el seguimiento -desigual pero en cualquier modo escaso- que tuvo la convocatoria. Porque los convocantes sabían muy bien que no habría ni asomo de huelga sin crear un clima de miedo, esmaltado de sutiles amenazas; sin ejercer una violencia, contenida pero suficiente para amedrentar y reprimir y, finalmente, sin envolver todo en la hipocresía, acusando, por ejemplo, falsamente a la policía de infiltrarse entre los huelguistas para, precisamente, llevar a cabo esos actos de violencia que, ¡por favor! jamás se les ocurrirían a los pobres y pacíficos sindicalistas. Sin todo ese bien aprendido aparataje de la agit-prop leninista, que incluye sacar a la calle a la obediente y bien pagada legión de los liberados, esa antigualla decimonónica que es una huelga general -política siempre por su propia naturaleza porque no se dirige contra los empresarios sino contra el Gobierno- no habría tenido la menor incidencia.

Y lo que vimos fue a toda la izquierda –porque se sumaron los partidos de esa tendencia, incluido el que ha llevado a España a esta crisis, que ahora utiliza como pretexto- dedicada a la algarabía, que está visto que se les da mejor que gobernar. Una izquierda desnortada, braceando mientras se hunde, presa de sus propios lastres históricos, aferrada a sus viejos y gastados mitos, incapaz de entender el mundo y la realidad de esta época y gritando lemas que ya eran viejos hace un cuarto de siglo, cuando caía el Muro de Berlín y amanecía un mundo en el que, definitivamente, nada tiene que hacer si no se transforma por completo. Vimos unos patéticos sindicatos que no se avergüenzan en apellidarse “de clase”, mostrando así que siguen enganchados a un marxismo putrefacto, en el que ya no creen ni en la China oficialmente comunista.

¿Y qué pedían? ¡Un referéndum! Ese instrumento que tanto gusta a los dictadores y que pretende, con un dócil sí o no, resolver todos los problemas de un país o, como en este caso, obtener por este procedimiento de seudodemocracia directa lo que no han podido lograr por los cauces de la democracia representativa y a través de sus instituciones parlamentarias. Salvo el caso de los referendos suizos –que tiene sus tradicionales raíces en la landsgemeinde medieval- hay que manejar con mucho cuidado este instrumento que, para más inri, el artículo 92 de nuestra Constitución considera “consultivo”. ¿Se puede “consultar” al pueblo y después no hacerle caso? Y en el caso de un referéndum contra el Gobierno, como el que pedían los sindicatos, ¿quién administra el resultado si sale lo que ellos querían? Todo un despropósito que revela lo bajo que han caído los líderes (?) sindicales, tan alejados de aquellos otros, mucho más dignos, de la Transición.

Pero ya nadie se acuerda de la huelga general, mientras los sindicatos –muy callados, por el momento- se lamen las heridas del patente fracaso. Pero no falta la distracción. La campaña de las elecciones regionales catalanas ha pasado a primer plano y hemos vuelto a oír las machadas de Mas, que muestra una insólita capacidad de superarse a sí mismo en disparates. Una perla es, precisamente, esa de que “en una Cataluña independiente no habría huelgas”. Si se anima y se entrena, puede aun llegar más lejos. Pero, lo más notable ha sido su reacción –de doncella ofendida- ante las graves acusaciones de corrupción y fraude fiscal que ponen de relieve algo que todo el mundo sabía desde hace tiempo: Que el 3 por ciento (que después ha resultado ser un 4) es una de las señas de identidad de CiU, desde sus mismos orígenes. Está en sus genes, o en su ADN o como quieran decirlo, pero su modus operandi ha quedado a la vista que es mucho más elaborado y sutil que aquellos burdos procedimientos de las facturas falsas “filesianas”.

Mas afirma que es de “mal gusto” publicar las detalladas informaciones que han aparecido en los medios informativos (por supuesto, nunca en los catalanes, que viven del pesebre) especialmente en “El Mundo”, que es quien ha destapado este infecto escándalo. Informaciones, además, firmadas por dos acreditados periodistas que, profesionalmente, filtran adecuadamente cuanto publican para garantizar su veracidad. Por la cuenta que les tiene. Decir, según qué cosas, puede ser de mal gusto entre caballeros, que dirían nuestros abuelos. Pero estos mismos abuelos dirían que es de peor gusto hacerlas. Y que, además, eso solo vale “entre caballeros”. Lo que es vergonzoso e intolerable es hacer lo que supuestamente han hecho el mismo Mas y sus conmilitones, empezando por su fundador. Nada que pueda extrañarnos pues altos dirigentes de CiU ya tienen una acreditada experiencia en comisiones, banquillos y demás parafernalia jurídico-penal, aunque tantas veces se hayan librado por bochornosas connivencias, como en el caso de Banca Catalana. Que esos expedientes acusatorios hayan dormido el sueño –no precisamente de los justos- en ciertos cajones judiciales durante varios años, introduce un elemento de inquietud y desesperanza sobre la justicia española o, al menos, sobre algunos de quienes encarnan el Poder Judicial.

A la vista de la deriva independentista de CiU vuelvo a recordar la carta que el 4 de abril de 1981 dirigió Josep Tarradellas a Horacio Sáenz Guerrero, entonces director de “La Vanguardia”, cundo era todavía un periódico fiable. Advertía Tarradellas del propósito del ya entonces Presidente Jordi Pujol “de utilizar todos los medios a su alcance para manifestar públicamente su posición encaminada a hacer posible la victoria de su ideología frente a España”, ponía en guardia contra “la demagogia y la exaltación de un nacionalismo exacerbado” y se refería a “los mismos que ya han hecho fracasar nuestra autonomía, consiguiendo la desunión de Cataluña y el enfrentamiento con España”. Una lúcida profecía que nadie tomó en consideración.

Es evidente que Jordi Pujol y los suyos han utilizado “todos los medios”, como preveía Tarradellas, incluidos los que, supuestamente, caen en la delincuencia económica y fiscal. Que con esos precedentes se haya, a veces, considerado a Pujol como “un hombre de Estado” (¿de qué Estado?) y como un sacrificado por “la gobernabilidad” y otras lindezas parecidas, solo testimonia el enorme despiste de una buena parte de los políticos españoles. Las advertencias de Tarradellas y de algunos otros no fueron escuchadas y, practicando el apaciguamiento, se ha ido de cesión en cesión, hasta llegar a la situación actual. Como los sindicatos, también Mas quiere su propio referéndum. ¡Qué demócratas son todos ellos! Enriquecerse con las subvenciones o con las comisiones –no por el trabajo y el ahorro, como pedía Thiers- no son más que variantes de esa especie que entra en la vida pública, con la misma finalidad que aquellos famosos bandoleros del trabuco se echaban a la sierra. Y, como remate, que los tontos de los ciudadanos, además de robados y extorsionados, nos den su visto bueno con su papeletita.
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