25 de julio de 2021, 13:50:20

AL PASO


El independentismo en apuros



Creo que, si es el caso, será relativamente fácil dar cuenta del fiasco de Mas. En primer lugar se aducirán razones políticas, derivadas de una estrategia equivocada, atribuyendo en el comienzo del proceso una excesiva importancia a lo que después de todo era una simple manifestación de la Diada. Sin duda ha habido en los últimos tiempos de la política catalana una impostación o sobreactuación difícil de explicar.¿Qué razones de fondo existían para terminar abruptamente una legislatura a su mitad? ¿Había inestabilidad parlamentaria?¿ Qué grave suceso podía invocarse para la convocatoria electoral?. ¿El rechazo al pacto fiscal como alternativa a un arreglo del sistema de financiación en el nivel nacional que se había alcanzado con el consentimiento del partido gobernante en Cataluña? La negativa del gobierno central a las pretensiones financieras de la Generalitat, aun cuando pueda considerarse poco feliz, por abrupta, su expresión, ¿da para denunciar la integración de Cataluña en el sistema político español y adoptar la opción independentista? ¿Es creíble la tesis del expolio cuando se está pidiendo al Estado ayuda para subvenir los pagos acuciantes de las propias estructuras del gobierno autonómico? Y en cuanto al destino de término del proceso independentista, ¿es seguro que Europa está dispuesta a asumir, en la situación actual, la quiebra de uno de sus socios y la llegada de un nuevo miembro que pueda estimular con su ejemplo en el próximo futuro potenciales procesos secesionistas ?

Pero estas yo diría que son las manifestaciones más superficiales de la endeblez de la apuesta de Mas que explica que el electorado pueda retraer en grado considerable su apoyo a las mismas. Las razones más profundas creo que son de otra índole que cabría considerar en el orden intelectual y sobre todo ético.

En el caso catalán la opción independentista carece de solvencia intelectual para ser demandada con toda convicción. La aspiración estatalista es una opción vieja, propia de escenarios románticos, en que se asfixia la nación, o de situaciones coloniales, cuando la metrópoli succiona la savia de la periferia. Poco que ver con el marco pluralista y democrático constitucional que asegura las posibilidades de autogobierno de Cataluña y la protección de su identidad. Puede pensarse que la inserción política de Cataluña requiere una actualización necesaria, de lo que se puede hablar con voluntad de acuerdo, pero en estos tiempos no parecen convencer los planteamientos simples, que otorgan un tanto míticamente capacidad salvífica a la independencia. Por mucho que se reduzcan en nuestras sociedades los términos del debate, todavía la opinión pública prefiere los desarrollos matizados, por ejemplo el de las formas federativas, que intentan la acomodación de la unidad y el pluralismo, y que intelectualmente presentan construcciones más atractivas que las soluciones autodeterministas, que operarán por ensalmo tras el gran día de la independencia. Todo el mundo admite que el horizonte es la integración, esto es, la inclusión de la propia forma política en entidades más amplias, partiendo de los ámbitos territoriales existentes, que se superan pero no se destruyen. Nada que ver, entonces, con el fraccionamiento, esto es, con el resurgir de los egoísmos particulares y las fronteras, que se consideran con toda razón reaccionarios, pues nos retrotraen un pasado que no merece volver.

El último, pero no el menos importante argumento contra la independencia, es el ético. Somos renuentes a pensar en términos morales, porque el plano de la justicia puede parecernos abstracto y fácilmente propicio a la manipulación ideológica, así razonamos más cómodamente sobre las dificultades jurídicas de la independencia o sobre las posibilidades económicas del Estado propio. Sin embargo la referencia ética es la que utilizan los ciudadanos preferentemente en la vida política apoyando la opción que de acuerdo con sus convicciones morales les parece más razonable. Comparten la idea de San Agustín que identificaba la actividad política, como disputa por el poder, con la delincuencia, si se prescindía de la idea de la justicia. En términos éticos la independencia se puede relacionar con la autonomía, que se traspone del plano individual al de la colectividad territorial, pero también con el egoísmo del grupo, que renuncia a la solidaridad para afirmar la propia soberanía. El nacionalismo hace depender el desarrollo personal de la suerte política del colectivo, pero ignora que el progreso espiritual debe consistir en reforzar los lazos de la fraternidad política, no en suprimirlos. No es extraño que muchos recelen de las deficiencias éticas de la independencia y prefieran entonces las ventajas morales de la integración sobre la secesión.
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