24 de marzo de 2019, 10:42:13
Sociedad

MITOS Y REALIDADES DE LA VIDA ARTIFICIAL


¿Estamos cerca de crear ‘súperhombres’ o de tener un robot-mayordomo?


Este año se cumple el 25 aniversario del célebre discurso del científico Christopher Langton en el que se acuñó por primera vez el término ‘vida artificial’. Dibujada desde mucho antes por los relatos, primero, y el cine, después, del género de ciencia ficción, la ambición humana de crear vida va cimentándose en experiencias cada vez más empíricas avaladas por la ciencia, no con pocas dudas y reticencias ante algunos de los miedos que el imaginario colectivo ha desarrollado de forma paralela al propio deseo de la vida artificial. Por Laura Crespo


Vida. Artificial. El pasado mes de septiembre, estos dos conceptos celebraron sus bodas de plata. Hace 25 años, el científico Christopher Langton conjugaba por vez primera dos palabras que, hasta ese momento y fuera de sus encuentros furtivos arropados por la ciencia ficción, residían en terrenos antagónicos. Pero, ¿qué es la vida artificial? A la espera de un consenso general sobre qué es la vida, se puede decir que la vida artificial es la vida creada, en mayor o menor medida, por el ser humano, ya sea a partir de materiales bioquímicos –lo que se conoce como ‘vida sintética’- o de otro tipo, como en el caso de los robots autónomos.

“La vida artificial, en sentido estricto, no existe aún”. Manuel Porcar, investigador del grupo de Biotecnología y Biología Sintética del Instituto Cavanilles de Biodiversidad y Biología Evolutiva, dependiente de la Universidad de Valencia, señala así el principal argumento de las investigaciones en este sentido, que no es otro que el de alcanzar una meta, el de satisfacer la naturaleza curiosa del ser humano.

A mediados de 2010, el biólogo y empresario Craig Venter anunció la creación de la primera célula sintética. El instantáneo revuelo ante el anuncio –un ‘fity-fifty’ entre la ovación científica y los ‘peros’ éticos- se fue deshinchando a medida que se desgranaban los detalles del descubrimiento. Más que crear una célula de la nada lo que Venter hizo fue insertar genoma, este sí, creado en su laboratorio en la ‘carcasa’ de una bacteria a la que previamente se había extraído el ADN. Como si el ADN sintético “tomara el control” de la célula, que se divide y evoluciona en base a ese material genético ‘artificial’. “Fue un paso muy importante desde el punto de vista técnico”, valora Porcar. “Por primera vez se demostró que podía sintetizarse químicamente un cromosoma bacteriano entero y que éste era funcional si se insertaba en una célula sin ADN, pero al mismo tiempo, el trabajo de Venter demostró lo lejos que aún estamos de comprender la complejidad de las interacciones que se dan en la más simple de las células, lo lejos que estamos de crear vida a la carta”, explica.

Sin embargo, como viene cumpliéndose en una parte importante de la investigación científica, los pasos que se dan hacia la meta son logros en sí mismos y desarrollan, de forma paralela, nuevas vías de estudio y nuevos campos de aplicación. Aunque la célula cien por cien artificial aún está por llegar, los avances en biología sintética han inducido una considerable mejora en el campo de los biocombustibles –a través, por ejemplo, de la modificación genética de la bacteria E. Coli, que permite la producción de un amplio abanico de estos combustibles biológicos-, en el de la eliminación de contaminantes, la purificación de aguas o en el de la medicina. “En biomedicina, las aplicaciones son casi infinitas”, destaca Porcar, y las sitúa entre el reciente triunfo en “la producción de medicamentos contra la malaria, como la artemisinina” y la creación y uso, “en un futuro”, de nanorobots bacterias que identifiquen y destruyan tumores en el cuerpo. “Es algo muy similar a lo que se proponía en el clásico de ciencia ficción Un viaje alucinante”, explica.

“Pero todavía nadie ha creado un organismo vivo a partir de cero”, insiste, “de modo que la creación de un ser vivo sigue siendo uno de los grandes sueños de la Humanidad”.

Los robots ‘flexibles’
No es discutible que la voluntad de crear vida, o algo parecido a aquélla, ha acompañado al hombre durante siglos. Desde los “sirvientes dorados deseosos de ayudar a su amo” de la Ilíada de Homero, pasando por toda la literatura y filmografía de Asimov hasta llegar al Terminator que revolucionó los noventa, la Inteligencia Artificial de Spielberg o la versión española de Eva. Las manifestaciones culturales humanas han expresado en infinitas formas y concepciones ese “sueño de la Humanidad” al que alude Porcar, también en su otra vertiente: la vida artificial a través de la robótica.

Según el director del Laboratorio de Inteligencia Artificial de la Universidad de Zurich, el profesor Rolf Pfeifer, “estamos muy, muy lejos de los robots casi humanos que salen en las películas de ciencia ficción”. Sin embargo, la ciencia parece seguir el camino que ha dibujado el cine o la literatura, el que va de las tuercas y el metal del R2-D2 de La Guerra de las Galaxias hacia los patrones, más parecidos al ser humano, del El hombre bicentenario en el que se convirtió Robin Williams.

“En robótica, estamos buscando tejidos suaves, buscando la inspiración biológica: nosotros mismos tenemos una estructura dura, el esqueleto, pero el resto, el tejido de nuestra cara, la lengua, nuestros músculos, la piel… todo es tejido suave y flexible”, señala Pfeifer para explicar las últimas tendencias en lo que a robots se refiere: la ‘soft robotic’ o robótica flexible, que se mira en el espejo de la naturaleza y contradice en métodos a la robótica clásica, más rígida y mecánica.

La robótica flexible pone el foco en el cuerpo, en el medio físico, frente a la inteligencia artificial entendida como mero software. “El cerebro es importante, pero no lo es todo”, indica el profesor Pfeifer, para quien el concepto de inteligencia tiene más que ver, según la observación de lo real, con el movimiento y la interacción que con el pensamiento. De ahí que la nueva generación de robots que está naciendo en universidades y centros de investigación de todo el mundo imite la optimización de energía de los movimientos humanos y, según explica Pfeifer, estén sometidos más a una “orquestación” que a un “control” por parte de sus creadores.

De nuevo, la inquietud innata al ser humano sobrevuela los objetivos de esta rama científico-tecnológica. Pfeifer basa la investigación en robótica flexible en un trípode: “Estudiar y entender los sistemas biológicos mediante su imitación y reconstrucción, extraer de esos sistemas reconstruidos principios básicos que formen teorías y, por último, aplicar esos principios para desarrollar máquinas útiles”.

Frutos de los dos primeros objetivos son, por ejemplo, el robot Cornell Ranger desarrollado por la Universidad Cornell (Ítaca), o el Proyecto Octopus, auspiciado por la Comisión Europea e integrado por siete centros de estudios internacionales. Gracias a estos robots y las necesidades surgidas durante su creación se ha estudiado de forma pormenorizada la optimización de fuerzas del ser humano a la hora de caminar o los mecanismos motrices de los tentáculos de un pulpo, respectivamente. En segundo término, se ha logrado teorizar acerca de ambos tipos de movimiento y sus consecuencias, pero, “¿cómo va a convertirse eso, en última instancia, en máquinas útiles para el ser humano?”, se pregunta Pfeifer.



De momento, Cornell Ranger y Octopus, como muchos otros proyectos en torno a la robótica flexible, siguen circunscritos al ámbito académico y no tienen una aplicación práctica. Los usos efectivos llegarán seguro, según el investigador suizo, para quien “mientras la investigación vaya hacia delante y se consigan resultados, la motivación es suficiente”.

¿Son necesarios unos límites?
Sin embargo, la hermana mayor de la ‘soft robotic’, la robótica clásica, enseña que el trasvase de la universidad a los hogares sí es posible. El Engkey es un ejemplo de ello, un robot-profesor que enseña inglés en una treintena de escuelas surcoreanas. Ahora bien, aún respondiendo a la vertiente más ‘dura’ de la robótica y acercarse más a lo que es un software con carcasa móvil que un robot, Engkey ya roza el primero de los argumentos que, según Rolf Pfeifer, más se esgrimen contra el desarrollo de robots: “los robots le quitan el trabajo a la gente”. Junto a él, el “no quiero que cuando sea viejo me cuide una máquina”, termina de componer la reticencia generalizada hacia los robots, tal y como lo ve el profesor de la Universidad de Zurich. “No obstante, si las mismas personas que opinan de esta forma miran a su alrededor, se darán cuenta de que ya están viviendo de una forma normalizada con robots: todo está robotizado, desde la lavadora hasta los coches que usamos”, opina.

Pfeifer es consciente del temor a las máquinas, hervido muchas veces por la literatura y el cine. “Si hoy diseñara un robot para sacarlo al mercado lo haría de manera que se notara perfectamente que es una máquina”, asegura el investigador, quien advierte no obstante de lo peligrosamente erróneo que resulta utilizar el lenguaje antropomórfico para referirse a los robots. “A la gente le incomodan los robots con apariencia humana y dicen cosas como ‘me está mirando’, pero, ¿qué es mirar en un robot? Los robots están programados y puede que de alguna manera aprendan y evolucionen, pero hoy por hoy no dejan de ser máquinas”.

En su campo, el investigador valenciano Manuel Porcar también tiene argumentos contra los recelos que crea, a priori, la combinación “vida” y “artificial”. “Muchas cosas vivas son nefastas, como los mosquitos que transmiten enfermedades o los virus hemorrágicos, mientras que ‘artificial’, en sentido estricto, lo es también un cuadro o un poema, por lo que no tiene por qué ser un término peyorativo”, expone Porcar, y continúa criticando una suerte de doblemoralismo o ética poco precisa: “Por algún motivo, místico quizá, la vida aparentemente insignificante de los microorganismos que eliminamos por millones con lejía cuando fregamos el suelo parece que se puede matar pero no ‘modificar’ genéticamente; es muy curioso”.

El problema es, en muchos casos, la falta de comunicación e información real, tal y como ejemplifica Porcar con el polémico caso de los alimentos transgénicos. “Son un precedente de mala comunicación”, opina el investigador, para quien la propia naturaleza del fenómeno, “que entronca con todos los miedos atávicos a lo desconocido”, y la inexistencia de una correcta explicación hacen que “mucha gente siga percibiendo los transgénicos como un peligro a pesar de que todos los estudios indican testarudamente lo contrario”.

“En este contexto”, puntualiza Pfeifer, “no termino de entender porqué todavía hacemos una diferencia tan preocupante entre “natural” y “artificial”; los humanos estamos viviendo en un ambiente completamente artificial, incluso las ciudades son resultado de un enorme y complejo organismo de vida artificial”.


Fotograma de la película Yo, robot, basada en el relato homónimo de Isaac Asimov


Según la mayoría de los expertos en torno a la vida artificial, estamos todavía lejos de enfrentarnos a nuestros miedos en el terreno de lo real, no avistamos aún la meta –si es que es tal cosa- de esos robots celosos, enamoradizos o iracundos que hacen tambalearse el concepto de vida en la gran pantalla y tampoco alcanzamos a tocar aún, ni con la punta de los dedos, la receta del ser humano a lo Blade Runner. Sin embargo, los pasos se suceden firmes y constantes. “Si Aldous Huxley (autor de Un Mundo Feliz, 1932) reviviera hoy, sentiría mucho miedo”, señala Pfeifer.

Seres humanos divididos por castas genéticas, robots tan similares a nosotros que cabría replantearse el sistema de derechos fundamentales del hombre (¿y el robot?), máquinas sublevadas que controlan a la raza humana… Ante una posible videncia del imaginario colectivo, ¿habría que poner límites a este tipo de investigaciones?

Rolf Pfefier responde con otra pregunta: “Si alguien hubiera predicho hace cincuenta años la dependencia que hoy íbamos a experimentar con respecto a la tecnología, a nuestros teléfonos móviles y ordenadores, y se hubiera limitado el desarrollo en este sentido, ¿cuánto nos habríamos perdido?”. Para el profesor suizo, “al desarrollar esta tecnología hay que tener en cuenta los aspectos de deseabilidad, legales y éticos, pero en ese momento no debemos ponernos límites, sino seguir hacia adelante”.

“Es un error entender que los científicos pretenden hacer cualquier cosa y que la sociedad debe pararlos”, opina Manuel Porcar. “Corresponde a legisladores, políticos y agentes sociales hacer un uso amplio o restringido al máximo de estas tecnologías, pero para que estos agentes extra-científicos actúen con eficacia, deben estar bien informados y no ceder a la presión de la opinión pública en los casos en que una percepción negativa no esté justificada científicamente”, termina.
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