24 de junio de 2021, 3:15:06
Los Lunes de El Imparcial

CRÍTICA


Annick Cojean: Les proies: dans le harem de Kadhafi


Annick Cojean: Les proies: dans le harem de Kadhafi. Grasset. París, 2012. 328 páginas. 19 €


Si el protagonista de este relato no hubiera existido en la vida real, diríamos que se trata de una macabra y poco creíble novela de terror con un trasfondo sádico-sexual. Desgraciadamente el protagonista no solo sí existió sino que estuvo al frente de su país, Libia, durante más de cuarenta años. La periodista del diario francés Le Monde Annick Cojean, que cubrió la caída y muerte del dictador en el otoño del 2011, aborda en este libro su perversión sin freno, su lado más oscuro. Leemos estas páginas como si fuera un gran reportaje, aunque para nuestro propio bien, sin imágenes.

A lo largo de varias décadas, el coronel consiguió poner en marcha todo un sistema de “captación” de presas, chicos o chicas jóvenes, bellos patriotas, para satisfacer hasta límites insoportables su ansia de dominación. Hubo violaciones, alcohol, drogas, palizas, abortos, amenazas de muerte, proxenetismo. La primera parte del libro es un resumen en primera persona de la vida de Soraya, una de las víctimas, que pasó siete años viviendo secuestrada como esclava sexual del que otros aclamaban como “papá Mouammar”, desde aquel día de abril del 2004 en que el coronel le puso la mano en la cabeza durante un desfile en el colegio con tan solo 15 años, para señalar que ella era la elegida, su nueva presa, hasta su huida de Bab al-Azizia, palacio y prisión de Gadafi y sus esbirros.

Soraya no fue la única en vivir aquel infierno. Ya fuera en Trípoli, en sus viajes a Syrta, Mistrata o Benghazi, o durante sus desplazamientos oficiales al extranjero (particularmente en África); en palacios, lujosos hoteles o bajo tiendas de campaña a modo tuareg, el harem acompañaba al dictador en jet privado, mientras que de cara al público y a las cámaras se presentaba como una ejemplar guardia nacional femenina, modélica y patriótica, símbolo del carácter “igualitario” y supuestamente “profemenino” del líder. No menos estremecedores que los detalles de estos crímenes sexuales resulta la complicidad de otras mujeres, “enfermeras”,”amazonas”, “hijas” o “esposas” del coronel, a su vez sometidas a la tarea de alimentarle en carne fresca y sana, y coser o descoser si hiciera falta los hymenes rotos, las vaginas desangradas. Espeluznante.

La segunda parte del libro recoge la valiente investigación de fondo realizada por Annick Cojean sobe el terreno para conseguir otros testimonios y en cierta manera confirmar la historia del inimaginable tabú transmitido por Soraya. Particularmente sobrecogedora destaca la revelación, avalada después por otros testigos, de la existencia de salones privados y de una sala de operaciones médico-ginecológicas en el subsuelo de la misma universidad de Trípoli. Profesores, ministros, chóferes, médicos, guardias de seguridad… un enjambre de personas que estaba al corriente de estos actos de violencia pero que aterrorizados por las represalias del dictador sobre sus propias mujeres o hijas prefirieron guardar silencio hasta el día de su captura y muerte.

Y aun después de destronado el monstruo, como explica Cojean, la verdad encuentra muchos obstáculos para salir a la luz. Para la mayoría de estas presas la vida después ha sido un verdadero calvario, renegadas por sus propias familias, ahogadas en el mundo de la droga o de la prostitución, sin estudios, sin patria, sin futuro. Ruinas que son más difíciles de reconstruir que el más grande de los palacios árabes.

Por Pepa Echanove
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