19 de noviembre de 2019, 19:09:28
Los Lunes de El Imparcial

RESEÑA


Jonas Jonasson: El abuelo que saltó por la ventana y se largó


Jonas Jonasson: El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Traducción de Sofía Pascual Pape. Salamandra. Barcelona, 2012. 416 páginas. 19 €


Cada país tiene sus tópicos y para cada tópico existe una doble frustración, la de su cumplimiento y la de su falta. Cuando nos encontramos con lo tópico solemos gruñir quejas de lamento, invocamos la falta de originalidad. Cuando nos fallan, nos sentimos un poco desconcertados. Los tópicos no dejan de ser balizas que nos ayudan a localizar en nuestra imaginación la idea que tenemos de un país, de una cultura…

Desde hace unos años, Suecia ha agregado a sus tópicos el de ser un país de novela negra. Cuando apareció la saga de Larsson, con ella surgió el comentario recurrente de que la novela mostraba el lado oscuro de un país que, desde España, se veía como un oasis de orden y civilización. Muchos parecían sinceramente sorprendidos al descubrir que, también en Suecia -país que, por cierto, mantiene una elevada tasa de suicidio y que ha legado a Occidente algunos de los autores más atribulados de nuestra tradición común– había cosas que olían mal. Desde entonces, la avalancha de escritores de novela negra que han desembarcado en nuestras librerías tiene la suficiente magnitud como para que casi podamos hablar de un género nuevo: la novela negra sueca. En poco tiempo una parte del tópico se ha reconvertido y ha formado una imagen de Suecia que incluye gotas de sangre roja sobre la nieve blanca.

Pero los escritores de novela negra no son los únicos de Suecia ni los únicos que han llegado a nosotros en el último impulso. Junto a ellos han arribado o se han popularizado otros autores que han hecho de la literatura sueca algo inopinadamente familiar para muchos lectores. Uno de estos nuevos autores suecos es Jonas Jonasson, que ha conseguido un notable éxito en nuestro país -y un formidable éxito en el suyo-, con El abuelo que saltó por la ventana y se largó, a pesar de que la novela no se enmarca dentro del género que catapultó a la literatura sueca.

En la novela un anciano se da a la fuga el día de su centésimo cumpleaños. Allan, que así se llama, recorre Suecia en la que, dada su avanzada edad, tiene todos los visos de ser su última peripecia. Mientras lo hace se encuentra sucesivamente una serie de compañeros, a cada cual más esperpéntico: un ladrón, un vendedor de perritos calientes que ha dedicado los últimos treinta años de su vida a realizar todo tipo de estudios universitarios, una banda de narcotraficantes, una mujer que posee un elefante… La novela no tiene ninguna intención de ser verosímil y ahí reside buena parte de su encanto. Es como un cuento popular, en el que los personajes se van agregando a la historia más por su color que por su dibujo. Mientras Allan recorre a la carrera los que deberían ser los últimos días de su vida, se construye en paralelo la historia de los cien años anteriores. Una historia no menos increíble en la que se nos informa de cómo Allan participó en la Guerra Civil española, tuvo una actuación decisiva en la creación de la bomba atómica, conoció a Truman y a Stalin etc, etc, etc.

Igual que en el caso de los novelistas policíacos, Jonasson nos presenta un lado de la sociedad sueca que nos esforzábamos por ignorar en los países del sur, quizás porque encontrábamos algún tipo de placer en imaginar los países septentrionales como sociedades impermeables a nuestros vicios meridionales. Quisimos hacerlos ordenados, civilizados, cumplidores, trabajadores y aburridos, tal vez para subrayar nuestro carácter desordenado, anárquico, informal, perezoso y divertido.

Pero Jonasson recorre una suecia distinta y nos presenta una novela satírica sobre un viejo dinamitero que ha cabalgado el siglo XX y apresura los días de su propio siglo convencido de que, durante los últimos cien años, no se ha tratado tanto de ser ruso, sueco, español o estadounidense, porque el bípedo implume seguirá estando ligado a sus hermanos mientras conserve la notable capacidad de ser más bien ridículo y no enterarse de nada.

Por Miguel Carreira
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