14 de diciembre de 2019, 20:51:13
Opinion


Urkullu, lehendakari



Iñigo Urkullu era ayer elegido lehendakari únicamente con los votos de su partido, el PNV. Quizá por eso, el discurso de investidura tuvo un tono más conciliador de lo que suele ser habitual, aunque sin renunciar a su tradicional dialéctica nacionalista. De hecho, el nacionalismo vasco es mayoría en la cámara de Vitoria, con 27 diputados autonómicos del PNV por 21 de EH Bildu. Urkullu sabe que un buen número de votos son prestados -el llamado “voto útil” de sectores descontentos del PSE-, y sabe igualmente que EH Bildu, por más que no puedan ocultar su procedencia, van a intentar suavizar su imagen. Por eso últimamente la ambigüedad que siempre ha caracterizado al PNV es la seña de identidad de cualquier declaración que hagan sus dirigentes.

Sería deseable, no obstante, que dicha ambigüedad fuese desapareciendo para dejar paso a una concreción que se antoja imprescindible en asuntos tan importantes como la digestión del final del terrorismo, la crisis económica o la postura del nacionalismo vasco ante los envites de su vecino catalán. Especialmente en el plano terrorista, Urkullu debe entender que el resultado electoral no puede volver a legitimar el desprecio con que en el pasado -cuando su partido gobernaba en Euskadi- eran tratadas las víctimas. Y en cuanto a las reivindicaciones secesionistas, no tiene más que echar un vistazo a la situación catalana para optar por sacar de la crisis a Euskadi en lugar de enfangar la vida política de su comunidad con quimeras absurdas. Urkullu tiene ante sí una oportunidad para avanzar por la vía del sentido común; ojalá no la desaproveche.
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