14 de diciembre de 2019, 18:25:56
Opinion


La tolerancia liberal

Juan José Solozábal


En realidad, aunque asumamos que la convivencia y el funcionamiento de las instituciones democráticas son más fáciles en una sociedad homogénea, lo cierto es que las condiciones óptimas al respecto no se dan en ningún sitio. Por tanto en todos los estados se plantea el problema de aceptar el pluralismo étnico o cultural, sometiéndolo a un tratamiento que evite sus potencialidades perturbadoras y permita, al contrario, aprovechar sus posibilidades. Si desde cierto punto vista todas las sociedades de nuestro tiempo lo son de emigrantes, en la medida en que un importante número de sus habitantes son extranjeros o descienden inmediatamente de personas de esta condición, también se encuentra generalizado en el horizonte mental de una gran parte de la humanidad el derecho a disfrutar de la oportunidad de vivir en un país que no es el propio. Por ello ni las condiciones sociales y económicas permiten el cierre de los espacios a la emigración, ni parece tolerable desde la perspectiva de los derechos humanos exigir la renuncia a la libertad de movimiento de cualquier persona, no importa el lugar de su nacimiento o residencia.
¿Cómo tratar entonces la variedad étnica y cultural de nuestras sociedades? La solución no puede venir de la adopción de las propuestas simplistas, que serían las que deparan la asimilación , de una parte, o el multiculturalismo, de otra. La asimilación puede presentarse como generosidad, pero en realidad descansa en el etnocentrismo y el racismo: serían los emigrantes los que habrían de esforzarse en la integración, acogiendo los patrones culturales nuestros , superiores en una escala de racionalismo y espiritualidad, más próximos a los estándares occidentales establecidos por la Ilustración para todos. La asimilación, además, no implicaría forzamiento alguno, pues el extranjero asumiría su aculturación como un costo inevitable de su nueva, y mejor, situación.
En el otro extremo cabría colocar al multiculturalismo que, so capa de respeto al pluralismo, lleva a aceptar el desarrollo de sociedades paralelas, artificialmente protegidas, en las que persisten valores y actitudes irracionales, impidiéndose el diálogo con otras partes de la sociedad, de lo que resultan favorecidos exclusivamente líderes conservadores contrarios a la discusión y la crítica, que además son subsidiarizados por abundantes ayudas publicas.
Entre estos dos planteamientos equivocados Timothy Garton Ash en un trabajo reciente en The New York Review of Books (Freedom and Diversity: A Liberal Pentagram for Living Together) ha propuesto una política liberal que, pensando en un horizonte mestizo, pasado un momento de transición en el que los hijos de los emigrantes que asumieron ingenuamente la asimilación comparten la patria de su tierra de origen con la lealtad a la nación de sus padres, podría integrar los cinco componentes siguientes.
En primer lugar, la inclusión, pues por ejemplo en Europa, la mayoría de los estados han hecho hasta ahora poco para integrar a los recién llegados o no tan recién llegados y sus hijos, esto es, "hacerles sentir como en casa, partícipes completos de las sociedades en las que viven".En varios países se tarda mucho en poder alcanzar la nacionalidad y, en cualquier caso, los emigrantes deben renunciar a la que tienen. En Francia se dificulta la integración por la escuela, pues los postemigrantes se concentran en determinados barrios. De otro lado, en el mercado del trabajo hay una fuerte discriminación contra gentes con nombres extranjeros, en especial si son musulmanes.
En segundo lugar, la claridad, de modo que se sepa qué valores de la sociedad no pueden ser cuestionados, lo que llamaríamos cláusulas de orden público constitucional, mientras que sobre otras formas de la vida civil cabría la negociación y la adaptación. A veces la sociedad se escandaliza sobre asuntos de segunda importancia, por ejemplo acerca de la localización de una mezquita o sobre el yijab escolar y se transige en lo esencial, se trate de la igualdad ante la ley, la libertad de expresión o los derechos fundamentales de la mujer.
En tercer lugar, la consistencia, de modo que, por ejemplo, en el camino a la secularización se eviten los privilegios y las excepciones, pero no generalizándolos, como a veces pueden pretender los portavoces de las minorías postemigrantes, que prefieren extender los taboos hasta incorporar los suyos, antes que suprimirlos todos. No puede pretenderse una sociedad sin valores compartidos, ahora bien, "el desafío es encontrarlos a la luz de la razón y si se puede a través de las diferentes culturas".
En cuarto lugar, lo que se requiere en las sociedades pluralistas es firmeza en los poderes públicos, así como coraje en los ciudadanos, para afirmar el orden liberal. Muy a menudo la actitud de las fuerzas de la ley ha sido intentar suprimir las formas de expresión que causan ofensa, antes que dirigirse contra quienes amenazan con la violencia. En cualquier caso combatir la intimidación no toca sólo a la policía y los tribunales."Los individuos amenazados, se trate de un escritor famoso o de una mujer joven desconocida en una comunidad opresora, necesitan de la solidaridad del resto de la sociedad"
Y finalmente ,en quinto lugar, liberalidad. Un orden liberal necesita de una cultura liberal o abierta, esto es, en la que se encuentra ampliamente compartida la convicción de que podemos comprender, apreciar y aprender de los demás, incluso cuando discrepemos seriamente. Con Habermas hemos de concluir que tomar en serio a nuestros conciudadanos, supone incorporar al argumentario del que nos servimos mensajes o intuiciones que proceden de los otros, aunque hayan sido utilizados en un discurso religioso que nosotros no practicamos.
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