22 de abril de 2019, 4:06:54
Opinion


Enero en las Islas Malvinas

Juan José Laborda


La presidenta argentina, Cristina Fernández, ha remitido una carta al primer ministro británico, David Cameron, en la que exige que el Reino Unido entre en negociaciones con Argentina para resolver la cuestión de la soberanía de las Islas Malvinas, de acuerdo con una antigua resolución del Comité de Descolonización de la ONU.

La presidenta Fernández envió esa carta el 3 de enero. Ese mes es verano austral en esa parte del mundo, y por eso en enero sucedieron los acontecimientos que marcan el conflicto entre Gran Bretaña y Argentina por las Islas Malvinas.

El 3 de enero de 1833, el crucero “HMS Clio”, comandado por el capitán John James Onslow, ocupó las islas Malvinas por la fuerza. Los británicos, desde entonces, las denominan Islas Falkland.

Y las llaman así por el nombre del 5º Vizconde de Falkland, un rico aristócrata inglés que financiaba el viaje del capitán John Strong, y éste, agradecido a su patrocinador, dio su nombre a unas remotas y deshabitadas islas, que pertenecían a la Monarquía hispánica. Esto último sucedió en 1690.

Pero el interés inglés por esas islas se inicia unos años después. El rey Jorge III apoyó una expedición científica en 1764. El 2 de julio de ese año, la fragata “HMS Dolphin” zarpaba del puerto de Plymouth para dar la vuelta al mundo; su tripulación ascendía a 150 marineros con 3 tenientes y 37 oficiales subalternos. Le acompañaba otro buque, la corbeta “HMS Thamar”, con 90 marineros, 3 tenientes y 22 oficiales subalternos. Para que nos hagamos una idea, “el Navío de Su Majestad Delfín” era de un tamaño y un desplazamiento parecido a un pesquero actual, sólo que se propulsaba con las velas, y sus instrumentos de navegación (muy avanzados para su época) se basaban en el compás y en el cronómetro (“el gran cronómetro Harrison del Almirantazgo”).

Con esos medios, el comodoro John Byron (ese empleo equivalía al “commandeur” francés o el “contralmirante” español) fue capaz de dar la vuelta al mundo en menos de dos años, y fue la primera vez que se consiguió. La corbeta no lo logró, y Byron regresó a Inglaterra solo en su fragata, después de hacer frente a tremendos temporales antárticos, por mares, islas y costas, la mayor parte, desconocidos.

John Byron (1723-1786) escribió un relato de su viaje años después. Fue una narración que entusiasmó al público británico, y su éxito fue comparable a las de Daniel Defoe, cuyas aventuras se desarrollaron también en el Atlántico austral, como su “Robinson Crusoe”. Su “A Journal of a Voyage round the World, in His Majesty´s Ship the Dolphin” (1767) tuvo varias ediciones en español, la ultima en “Ediciones del viento, 2006”.

John Byron fue el abuelo del famosísimo poeta y aventurero romántico George Gordon Byron, más conocido como Lord Byron (1788-1824), que en una de sus obras hizo mención devota de su arrojado antecesor. Sin embargo, el Almirantazgo no estuvo muy conforme con sus capacidades como marino militar; le faltaba práctica táctica, algo que nunca aprendió en sus viajes científicos. Pero en sus relatos, donde cuenta cómo navegó por esos mares terroríficos, con olas que llegaban a las cofas de los palos, en costas que tenían que sondar continuamente, y en las que estuvieron a punto de encallar…en los lomos de ballenas gigantescas…en fin, en sus relatos está la proverbial épica de los ingleses, con sus glorias, entonces glorias indudables, surgidas de las hazañas oceánicas de un pueblo de navegantes, comerciantes y exploradores.

En los primeros días de enero de 1765 –otro verano austral-, el comodoro John Byron da nombres a los parajes deshabitados de las islas que circunnavega; las mismas que vio John Strong en 1690. En su libro escribe: “Mucho tiempo después fueron descubiertas por unos buques franceses que estaban en San Malo; y probablemente por esta razón las llamó Freizer (un navegante francés) las Malvinas (de “malo-uinas”), cuyo nombre han conservado los españoles.” Lo que Byron cartografió en enero de 1765, fue la justificación “científica” para la conquista armada de enero de 1833.

No es sorprendente la contestación de David Cameron a Cristina Fernández. El primer ministro inglés, un “tory” muy nacionalista, ha manifestado lo que se espera de un conservador inglés (¡atención: inglés, no británico!); da igual que sea Gibraltar, que las Malvinas: hay que respetar el “derecho de autodeterminación” de los “kelpers” (kelp: un alga que crece en esas islas), lo mismo que el de los gibraltareños.

¡Ah! ¡Lo que da de sí el socorrido derecho de autodeterminación! Al premier inglés le da igual que ese derecho se practique en Escocia. Él está convencido que allí no servirá para que Escocia se salga de Gran Bretaña. Ahora bien, si Inglaterra se separase de la Unión Europea (como predican los nacionalistas conservadores de Cameron), ¿se quedaría dentro de la UE una Escocia independiente y europeísta? Salirse de la UE jugaría a favor del secesionismo escocés.

Y por último, la presidenta argentina carece de credibilidad internacional. La fuerza que Argentina tiene en la ONU respecto a sus derechos sobre las Malvinas es poca. Cuando desató la guerra en 1982, la derrota de Argentina sólo sirvió para que Gran Bretaña concediese la nacionalidad británica a los poco más que 3.000 “kelpers” que viven allí. Ahora no matan ballenas, sino que pescan langostinos; más adelante, nadarán en oro negro. Con su carta, Cristina Fernández intenta vestir sus desnudeces políticas con la bandera nacional(-ista), en un enero tan señalado. Nacionalistas contra nacionalistas: un choque que va contra el sentido común, y lo que es peor, contra el Derecho Internacional.
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