24 de enero de 2020, 13:01:13
Opinion


Amy Winehouse: el rugido de la leona

Joaquín Albaicín


Para el horizonte crematístico de un artista, además de para la situación y amplitud de sus vistas a la posteridad, resulta crucial firmar -¿qué menos?- un éxito. O eso sostenía Luis Aguilé, a quien los derechos de “Cuando salí de Cuba” permitieron vivir sin apreturas durante el resto de su existencia. De tres cuartos de lo mismo podrá, sin duda, presumir el autor de “La chica de Ipanema”, estandarte de la “bossa nova” revisitado hasta la extenuación. Y bueno, con que sólo Amy Winehouse lo hubiese versionado… ¿Para qué quieres más?

“Lioness: Hidden Treasures”, lanzado por Universal Music, es un álbum recordatorio, un homenaje a la voz que ya no se estremecerá más, compilado a base de canciones nunca grabadas antes por ella y versiones de otras que, finalmente, no llegaron a salir al mercado. Lo segundo -rebuscarse a sí mismo- es privilegio sólo de los Artistas con A mayúscula: aquellos que nunca cantan igual el mismo tema.

Hay quien afirma que los humanos sólo estamos tejidos con el hilo de los recuerdos y quienes, matizando, aseveran que las remembranzas no son sino ficciones adobadas a la medida de nuestras necesidades de autocomplacencia. Houellebecq, por ejemplo, se ufana –no sé si el de “ufanarse” será término demasiado salvaje para él- de que en la vida no le ha sucedido nunca nada y no se acuerda, por tanto, de nada. Poses y grises vivencias aparte, lo cierto es que los sueños nos devuelven, muchas veces, a la fachada de la conciencia nombres de personas y lugares que creíamos haber olvidado para siempre, evidencia de que los recuerdos existen “per se”, y no se componen sólo de conveniencias psíquicas y materiales engañosos.

Parece difícil que una voz con el cromatismo de la de Amy Winehouse no siembre las profundidades abisales de la psique de potenciales evocaciones dotadas con la intensidad de lo inconfundible, cante “La chica de Ipanema”… o lo que cante. Mismamente, “Body and Soul” a dúo con Tony Bennett (por ahí, por esa línea y de llegar a instalarse por estos pagos, debería ir “Eurovegas”). Nunca, lo admito, llegué a sentir ni de lejos que Amy Winehouse destilara sobre el escenario ese mercurio llamado “glamour”. A mí me recordaba más bien a una reina corsaria, a la Viuda Ching “sarmentosa, de ojos dormidos y sonrisa cariada” de Borges. Pero en disco, sí. En disco, lo luce a rebosar. Y allá, en el incógnito paraje del otro lado del espejo donde ahora se encuentre, lo conserva. Es mejor destino que el de envejecer, como la filibustera, dedicada al contrabando de opio.

Así que, mientras tal o cual encuesta señala la caída en picado del prestigio de la monarquía e incluso –cuando escribo estas líneas- el mismísimo Rey Baltasar de la Cabalgata de Carabanchel se encuentra retenido en una comisaría por andar corto de papeles y no sé que vil calumnia de un tirón de bolso, la leona, desde estos surcos de cosecha propia, sigue rugiendo. Que sea por muchos años.
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