21 de agosto de 2019, 0:47:20
Opinion


Un arreglo para salir del paso

Alejandro Muñoz-Alonso


Los Estados Unidos han logrado salvar el “abismo fiscal” en el último momento y por los pelos con un arreglo que no ha gustado ni a muchos demócratas ni a muchos republicanos. Un senador demócrata –uno de los tres de su partido que han votado en contra- ha llegado a decir que era mejor ningún acuerdo que un mal acuerdo, pero la gran mayoría de ambos partidos ha preferido este mal acuerdo –más bien, insuficiente- que la grave situación que se habría planteado si el Senado primero y la Cámara de Representantes después no hubieran llegado a este acuerdo de mínimos. En los prolegómenos de la negociación, el propio presidente Obama y el líder de los republicanos en la Cámara, Boehner, habían diseñado lo que se denominó el “gran acuerdo” (grandbargain), pero este último tuvo que echarse atrás por la resistencia de los representantes de su partido que le acusaron de blandura ante el Presidente.

Lo que no se ha subrayado suficientemente es que esas negociaciones, salvadas in extremis, se han hecho todavía con el anterior Congreso (el 112º) y que el nuevo (el 113º), elegido el 6 de noviembre pero que no se ha constituido hasta el jueves 3 de enero, se ha encontrado ya con la tarea hecha, lo que no quiere decir que la batalla económica se haya acabado. En febrero habrá que discutir el techo de la deuda pública y de nuevo los republicanos volverán a oponerse a que se amplíe el límite del endeudamiento y presionarán para que se recorte el gasto público social. En marzo vendrá la cuestión de qué hacer con las rebajas de impuestos “a los ricos”, que estableció Bush y que llegan al término de su vigencia.Algunos demócratas estiman que Obama, tras las concesiones que, según ellos, ha hecho a los republicanos se va a encontrar en situación de debilidad para estas inmediatas escaramuzas y tal cosa significaría –afirman- menos impuestos y más recortes sociales.

Como sucede en otros países, el envejecimiento de la población, el incremento sideral de la mal organizada pero costosa sanidad norteamericana y los enormes gastos de defensa han llevado la deuda pública hasta unos niveles inasumibles, incluso para una gran potencia como los Estados Unidos. La propia Oficina Presupuestaria del Congreso, en coincidencia con el servicio de estudios de la banca JP Morgan, ha señalado que la deuda pública sobre el PIB que era del 38% en 1965 está actualmente en torno al 74% y se calcula que en esta década alcanzará un estremecedor 90% y en treinta años –según estos cálculos- puede alcanzar un increíble y ruinoso 247 %. Ahora se ha recordado que, hace dos años, el almirante Mullen, presidente saliente de la Junta de Jefes de Estado Mayor (equivalente a la antigua JUJEM española, suprimida por Zapatero), afirmó que “la amenaza más significativa para nuestra seguridad nacional es nuestra deuda”. Dicho esto en la época del terrorismo internacional, de las intervenciones exteriores y de la proliferación de armas de destrucción masiva y por un militar profesional supone una seria advertencia. Y no sólo para los Estados Unidos sino para todos los países. Una deuda pública excesiva mina el prestigio nacional, destruye la confianza que es lubricante con el que funcionan los mercados y anula las posibilidades de conseguir una financiación razonable. Por cierto, que el Rey Juan Carlos ha dicho algo parecido en su mensaje de la Pascua Militar cuando ha afirmado que la crisis es una amenaza para la seguridad.

El FMI -cuyos negros pronósticos, por fortuna, no siempre se cumplen, pero que sería imprudente no tener en cuenta- ha previsto que los Estados Unidos, para hacer frente a sus obligaciones a largo plazo (pensiones, subvenciones, compromisos sociales y servicio de la deuda) requeriría uninmediato y permanente incremento del 35 % de todos los impuestos y recorte, también del 35 %, de todos los beneficios. Y para cerrar este círculo diabólico se advierte que intentar hacer frente a esta situación con más deuda, sólo empeoraría la situación. La conclusión es que –también allí- es necesario llevar a cabo profundas reformas estructurales y estar preparados para una inevitable disminución de los niveles de vida.

Se dan, en suma, todos los ingredientes para enfrentamientos políticos muy intensos que van a ocupar el segundo mandato de Obama pero que, con toda seguridad, se prolongarán en las sucesivas presidencias. David Brooks –un conocido columnista de The New York Times- se ha atrevido a decir que, en última instancia, la culpa la tienen los electores que, en vez de apretarse el cinturón, como corresponde en una época de crisis, están prefiriendo seguir disfrutando de sus ventajas sociales y trasladar los costes, en forma de deuda pública, a sus hijos y sus nietos. Brooks acusa a continuación a “un buen número de demócratas reaccionarios, que rechazan cualquier retoque del Medicare u otras políticas sociales… y a un buen número de republicanos impotentes, incapaces de llegar a un acuerdo que equilibre aumento de impuestos y recortes del gasto público”. Y reclama que los líderes políticos expliquen a los votantes que, con estos planteamientos, los Estados Unidos se encaminan a la ruina. Una advertencia que nos atañe a todos porque, aunque las dimensiones sean distintas, los problemas son muy parecidos.

Quedan muy lejos aquellos años de la segunda mitad del siglo XX en la que los Estados Unidos, vencedores de la II Guerra Mundial y “líderes del mundo libre”, en la que se decía que las diferencias entre demócratas y republicanos eran tan escasas que daba lo mismo que ganaran unos u otros. Ahora las diferencias son casi abismales. Esta crisis de los partidos afecta sobre todo a los republicanos, a los que ha hecho un enorme daño la radicalización a que les ha sometido el Tea Party. Arrastrados por lo que podríamos denominar un populismo de derechas, estos republicanos del ala radical han olvidado que los actuales Estados Unidos no tienen nada que ver con aquella América de la época de la Independencia que ellos añoran. Han perdido, en suma, su tradicional moderación y se han alejado de un indispensable realismo. El mismo Brooks ha escrito en otro momento que el Partido Republicano ha abandonado la mitad de su munición intelectual y que se dirige al pueblo, a la gente, como potenciales propietarios de negocios, pero no como padres, como vecinos, como ciudadanos.

Pero, sobre todo, el GOP (Great Old Party) -como se conoce al Republicano- está muy dividido. Una buena muestra es que Boehner, un moderado, que hace dos años fue elegido líder de los representantes republicanos por unanimidad, el pasado jueves sólo obtuvo dos votos más de los 218 que necesitaba para la reelección. Por el contrario Nancy Pelosi, la líder de los representantes demócratas, obtuvo 192 votos de los 200 que constituyen el grupo. Los expertos deducen que a Boehner le va a costar mucho trabajo mantener unidos a los republicanos, no solo en los temas económicos y de política social, sino también en otros, potencialmente explosivos, como los del matrimonio entre homosexuales y el control de armas, de mucha actualidad, si es que alguna vez han dejado de estarlo.La rebeldía de algún republicano se ha hecho muy visible. Tal es el caso de Chris Chistie, el gobernador del estado de Nueva Jersey, el más afectado por el huracán Sandy, que ha acusado de “duplicidad y egoísmo” a los líderes de su partido en la Cámara, es decir a Boehner, por no haber presentado una iniciativa para conseguir ayuda de emergencia para los estados afectados por esa catástrofe natural. Por cierto que Christie suena como posible candidato republicano a la presidencia para 2016, mientras por el lado demócrata parece tener serias posibilidades, si ella quiere, Hillary Clinton, que ha hecho un gran papel como secretaria de Estado.
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