27 de julio de 2021, 1:18:04
Opinión


Egipto: la revolución no ha hecho sino empezar

Víctor Morales Lezcano


A la altura de este momento, puede adelantarse sin timoratez que la primavera árabe, en su versión egipcia, ha adquirido un carácter de revolución gradualmente legalizada. Tres han sido los asaltos, o rounds, que se han desencadenado en el país del Nilo desde el 25 de enero de 2011 -cuando sonó el pistoletazo de la rebelión a bordo en la Plaza de la Libertad de El Cairo- hasta la actualidad.

Durante el primer round, la opción parlamentaria de signo islámico se impuso a la opción liberal -un cajón de sastre donde cupieron recortes y retazos de raigambre secular, social-demócrata, cristiana (población copta) y nostálgicos del régimen de Mubarak, maquillados éstos últimos de defensores intachables de los principios de libertad y justicia. Las formaciones políticas islámicas reconocibles como Partido de la Libertad y la Justicia, de una parte, y Partido de la Luz, de otra, se hicieron con la Asamblea parlamentaria de la República Árabe de Egipto (Al Yumhuriyya Misr Arabiyya). Un triunfo electoral que permitió a los Hermanos Musulmanes y al salafismo copar más de dos tercios de los escaños (490) asignados a la Cámara Baja. La tasa de participación fue del 55% de la población con derecho a voto, legitimando así el sorpresivo resultado que arrojaron las urnas.

El segundo round de la primavera árabe en Egipto vino a configurar más acentuadamente la impronta islámica de su Transición política. Se trató de elegir en este asalto al presidente de la República. Las candidaturas florecieron entre los islamistas: Hazem Abu Ismail fue aupado por las cohortes salafíes, valedoras tenaces de la supremacía de la ley religiosa (sharia) sobre la legislación civil. El ala más liberal del Islam político respaldó la candidatura de Abdel Moneim Abul Futuh, mientras que un aventajado tecnólogo de signo islamo-moderado (admítasenos este compositum), llamado Mohamed Morsi, se presentó en nombre de la Cofradía de los Hermanos Musulmanes, fundada en 1928. Todos los candidatos liberales, desde Amro Musa , veterano nacionalista, no exento de ribetes mubaraquistas, hasta Mohamed el-Baradei, afecto a las democracias occidentales, entraron también en la plancha de los contendientes más significados. Y aunque la participación electoral descendió esta vez (un 35% escaso) con respecto a aquélla que respaldó la constitución de la Asamblea parlamentaria, ello no impidió a los Hermanos Musulmanes conquistar la presidencia de la República. La proclamación de Mohamed Morsi en tal magistratura era indicativa de que una revolución gradual estaba teniendo lugar en el milenario país del Nilo, a pesar del equívoco comportamiento del ejército, y de la Academia Militar de El Cairo en general, y del avuncular mariscal Tantawi en particular.

El tercero y -por el momento- último round de la revolución egipcia se fue predisponiendo durante el otoño de 2012. Fue en ese periodo del año-calendario cuando Morsi alentó la formación de una comisión parlamentaria a la que encomendó la redacción de un borrador de Carta Magna o Constitución de la República. La mayoría de los miembros designados eran de inclinación islámica, con una minoría de liberales y cristianos que fueron desertando de la comisión por el manifiesto sesgo religioso que nutrió ab initio el articulado del documento constitucional: “los principios de la sharia son la fuente principal de legislación”. Y así como se llegó a sospechar lo peor sobre el presunto papel intervencionista del ejército durante los primeros seis meses de 2012, fue, por el contrario, en el último trimestre de dicho año cuando el presidente Morsi emprendió una carrera de velocidad impregnada de voluntarismo ejecutivo; destinada a hacer culminar, contra viento y marea, la redacción del “borrador” de marras, conferirle el espaldarazo popular y, con su aprobación en referéndum, cerrar el capítulo de la Transición política en el Egipto post-mubaraquista. La dispersa oposición civil al triunfo encadenado del Islam político fue aglutinando sus fuerzas en la calle, resucitando el espíritu de Tahrir y proclamando a voz en grito su alarma por el giro “bonapartista” de Mohamed Morsi al improvisar un “decretazo” que le conferiría escandalosamente una inmunidad total. La calle denunció el abuso de poder, pero los fieles a la Cofradía respaldaron compactamente a Morsi. La dramática situación que se vivió en las ciudades del país entre el 22 de noviembre y el 8 de diciembre -Alejandría, Port Said, Suez, Ismailía- condujo a una salida del impasse en que se encontró vertiginosamente atrapada la sociedad egipcia. Morsi cedió, en parte, en sus arbitrarias veleidades faraónicas, mientras que las autoridades judiciales de la República pasaron de su comportamiento opuesto al voluntarismo arbitrario del presidente de la República a una especie de suspensión de juicio eventual. El ejército mantuvo una neutralidad estricta en el pulso callejero y el debate mediático que protagonizaron las instituciones civiles y la ciudadanía, de signos contradictorios, movilizados en la ocasión.

El referéndum de marras tuvo que ser desglosado finalmente en dos convocatorias: 15 y 22 de diciembre. Al término de su celebración, el Egipto profundo volvió a imponerse en el proceso electoral puesto en marcha a partir de enero de 2011. No obstante el hecho de que la participación en los referenda no alcanzó más del 32,9% de la población electoralmente censada, la tercera legitimación en las urnas de los Hermanos Musulmanes -con un 63,8% de los votos- ha sancionado el tercer round de la revolución en Egipto. El Frente de Salvación Nacional, poco organizado hasta el momento y en vías de plantear opciones alternativas más democráticas y menos impregnadas de sustancia de jaez musulmán, habrá de esperar su turno histórico para plantar cara al Islam político. Éste -y a la vista está- ha terminado por imponerse en Egipto tras dos años de liza, consagrados a la lucha por el poder.

Desde que la monarquía fue derrocada en 1952-53 y se consolidó el nuevo estado burocrático egipcio bajo la espada de Damocles (Gamal Abdel Nasser), el país del Nilo no había experimentado un fenómeno político y social como el que ha atravesado en los dos últimos años de revolución social al servicio del Islam político. En 2013, un horizonte cargado de incógnitas está agazapado a la primera vuelta del camino. Por lo pronto, habrá elecciones generales en el primer trimestre de este año, si es que la economía del país y la paciencia de los egipcios las resisten. Veremos.
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