13 de diciembre de 2019, 4:43:22
Opinion


Cameron y la UE

Alejandro Muñoz-Alonso


Acosado por el creciente desafío que representa el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) –un grupo hasta hora marginal y ferozmente antieuropeo- y por los sondeos, según los cuales más de mitad de los británicos (aproximadamente un 53 %) y la enorme mayoría de los electores potenciales de su Partido Conservador, David Cameron, el primer ministro del Reino Unido se propone pronunciar en este mismo mes de enero, un discurso en el que quedaría fijada su política europea y su posición como miembro de la UE. En los últimos meses –sobre todo desde que el propio Cameron se negó a firmar el pacto fiscal europeo- se ha llegado a decir que el Reino Unido estaba “en la vía de salida de la UE” y las presiones internas para que se convoque un referéndum sobre la cuestión han sido crecientes.

El euroescepticismo ha sido un típico rasgo británico casi desde el mismo momento en que entró en las entonces Comunidades Europeas en 1973 tras superar el veto de de Gaulle y previo referéndum, el primero que se celebraba en el Reino Unido. Siempre ha sido un socio europeo muy especial. Thatcher consiguió el llamado “cheque británico”, una compensación anual por lo que aportaban a políticas que nunca ha sido de su agrado, especialmente la Política Agraria Común, y los británicos ni quisieron entrar en la zona Schengen ni adoptar el euro como moneda ni, como hemos apuntado, aceptaron el pacto fiscal. Son los opts out, que vienen a ser un “yo me quedo fuera porque no me interesa”, que han marcado y siguen marcando la pertenencia del RU a la UE.

La crisis económica, que afecta especialmente a los países que comparten el euro, ha contribuido también a incrementar este euroescepticismo que se ha convertido, en una buena parte de la opinión británica, en un abierto antieuropeismo que aboga por el abandono de la UE y que tiene su más esforzado valedor en el UKIP, que ya ha logrado representación en el Parlamento Europeo. Cameron teme que una buena parte de sus electores tradicionales, un amplio sector de los cuales ya hemos dicho que no siente ninguna simpatía por la UE, abandonen a sus “tories” y se pasen a los “independentistas”, independentistas respecto de Europa, se entiende. Un movimiento de ese tipo podría significar la indefectible pérdida del poder para el Partido Conservador, ya que tanto sus actuales socios de coalición, los liberal-socialdemócratas, como la oposición del Partido Laborista rechazan la hipotética salida de la UE.

Con este telón de fondo tiene especial relevancia la reciente visita a Londres del secretario de Estado adjunto para Europa de los Estados Unidos, Philip H. Gordon, que ha advertido a los británicos contra estas tentaciones anti-EU. Con una enorme rotundidad, Gordon ha dicho –y lo ha dicho en Londres- que la retirada británica de la UE no sería bienvenida para la Administración de los Estados Unidos. “Tenemos unas relaciones cada vez más intensas con la UE como institución –ha afirmado Gordon- que tiene una creciente influencia en el mundo y queremos ver una fuerte presencia británica en la UE”. Por si había alguna duda ha añadido que esa presencia “es positiva para los intereses americanos, por lo que damos la bienvenida a una UE volcada hacia el exterior, con Gran Bretaña formando parte de ella”.

Todo esto significa, por una parte, que los Estados Unidos, cuya prioridad ahora es, desde luego, el área Asia-Pacífico, no le vuelve la espalda a Europa y que no concibe a Europa sin el Reino Unido dentro. Al fin y al cabo es la política americana desde que acabó la II Guerra Mundial. Truman comprendió que los Estados Unidos tenían que convertirse en una potencia europea y a pesar de su “relación especial” con Gran Bretaña –prácticamente esfumada en los últimos años- entiende que los británicos no pueden desentenderse de lo que ocurre al otro lado del canal de la Mancha (canal Inglés para los súbditos de Su Graciosa Majestad).

En segundo lugar, esta neta toma de posición de Washington no va a dejar de tener influencia en Cameron y en el discurso que prepara sobre la pertenencia británica a la UE. El editor de Reuters News, Hugo Dixon, ha publicado la semana pasada un artículo en el que desarrolla lo que, según él, va a ser la anunciada intervención europea de Cameron; en primera persona y como si fuera éste el que escribiera. El título del artículo es bien significativo: “Moverse más cerca de la UE, pero no demasiado cerca”. Según Dixon, rechazada la opción del abandono, Cameron afirmará que “estoy determinado a asegurar que permaneceremos en el centro (de la UE)” pero, al mismo tiempo, dirá que “no excluyo la posibilidad de repatriar poderes, cuyas materias podrían ser decididas a nivel nacional de una manera más satisfactoria que a nivel supranacional”. Y pone el ejemplo de la política social. De hecho, lo que Dixon pone en boca de Cameron no puede ser más razonable, es, pura y simplemente, la aplicación del principio de subsidiariedad, norma esencial del Derecho europeo, según la cual “la Unión intervendrá sólo en caso de que, y en la medida en que, los objetivos de la acción emprendida no puedan ser alcanzados de manera suficiente por los Estados miembros” (art. 5-3 del Tratado de Lisboa).

Más espinosa es la cuestión de la modificación de los tratados que exigiría un complejo proceso con la ratificación por parte de todos los Estados miembro de la UE. Van Rompuy, presidente del Consejo Europeo acaba de advertir que tal posibilidad “no es muy elevada”. Es bien conocido –y Dixon lo subraya- que Cameron estima que una mayor integración en la áreas de la unión bancaria y fiscal, que son ahora los objetivos inmediatos de la UE, “no irían en nuestro interés (porque reduciría nuestra influencia) ni en los de la euro zona (porque conduciría a un incremento de la burocracia)”, según las hipotéticas palabras del propio Cameron. Según Dixon, Cameron dirá también algo de este tenor: “Los mercados de trabajo de Europa deben llegar a ser más flexibles; las mercancías y los servicios deben estar plenamente abiertos a la competición; el gasto de los gobiernos y los impuestos deben ser frenados”.

Todo ello es rigurosamente “europeo”, aunque no pocos gobiernos de la UE no lo practiquen. ¿Va a resultar que Cameron es más “europeo” que algunos de los parecen monopolizar la etiqueta?

Da toda la impresión de que la advertencia americana está ya produciendo efectos y por eso Cameron expresará su voluntad de “permanecer en el corazón de Europa”. Es posible que pueda llegar a acuerdos razonables con sus socios europeos, pero lo más difícil para él va a ser convencer de sus tesis a al nutrida legión de los euroescépticos británicos que no se acaban de enterar que el imperio ya no existe, que la Commonwealth no es ni sombra de lo que fue, que la relación especial con Estados Unidos se ha esfumado y que el destino del Reino Unido está indefectiblemente unido a Europa.

Históricamente, Inglaterra ha practicado respecto del continente la política de la balance of power, evitando que ningún poder europeo (España, Luis XIV, Napoleón, el Kaiser, Hitler) se convirtiera en hegemónico. Esa política de equilibrio debe ser la principal seña de identidad de su política europea, en una Europa ahora ya tan distinta a la de los pasados siglos.
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