15 de diciembre de 2019, 9:59:24
Opinion


Los españoles ante Alemania

José Manuel Cuenca Toribio


La gratitud no es virtud política, ni aun siquiera, para mayor desgracia, colectiva. Mientras más ingratos son los pueblos y las sociedades, más desembarazadamente andan por los caminos de la Historia. Los sentimientos y emociones de ordinario obstruyen la capacidad de movimiento en el trato de gentes y países.

Lo acontecido hoy en el nuestro respecto de Alemania constituye un ejemplo insuperable de lo terminado de exponer. Unidos al coro formado por otras naciones de la Europa del Sur, los españoles de hodierno fustigan airadamente las posiciones adoptadas por la cancillera Merkel cara al desenvolvimiento de la economía del Viejo Continente. Cansados de la irresponsabilidad de gran parte de los gobiernos meridionales en el manejo de los fondos comunitarios –aportados en destacada medida por los germanos sin distinción de credo: socialdemócratas y conservadores-, acabaron por erigirse, con inflexibilidad prusiana, en los campeones de la ortodoxia bancaria y capitalista. El año que adviene, con elecciones generales internas, la cancillera berlinesa y sus socios en el poder endurecerán más todavía si cabe su rígida actitud, con acrecentamiento, obvio es, de su impopularidad en los estados del Mediodía continental.

En lo que hace al nuestro, tal conducta implicará adensar el olvido de la deuda impagable contraída con la democracia alemana por la hispana en los inicios de su restauración tras el largo paréntesis franquista. Pues, incuestionablemente, sin la cuantiosa e incondicional contribución primero de Bonn y, después, una vez ocurrida la reunificación, de Berlín, la Transición si no imposible, hubiere tenido un ritmo infinitamente más tardígrado y una madurez más incompleta. Socialistas, liberales y herederos del viejo Zentrum rivalizaron en la ayuda económica y en la aclimatación de la pedagogía constitucional a la flamante democracia española, que no acreditó aval ni respaldo más sincero y sólido que el de la todavía Alemania federal. A su vez, en la Península y sus dos Archipiélagos, los contemporáneos prodigaron desde todos los cuadrantes de la geografía parlamentaria sus elogios y reconocimiento a los políticos alemanes, con los que establecerían en ocasiones, por encima de militancias e ideologías, estrechos lazos de amistad, según lo explicitara, en la cumbre, la muy singular de Felipe González y H. Köhl. En un momento de ésta, tras el histórico 9 de 0ctubre de 1989, semejó que España y la Alemania de nuevo unida iban a adunar una relación “especial”, a la manera casi de la existente entre Norteamérica y su antigua metrópoli después de la segunda guerra mundial…

No hay necesidad alguna de marginar el buen recuerdo de los tiempos antedichos –los de la proeza cívica de instaurar, frente a negros y generalizados pronósticos adversos, en nuestra patria el Estado de Derecho y su sistema de libertades- para disentir, en ciertos extremos e incluso en la orientación de conjunto, de la postura liderada por los actuales dirigentes germanos en cuanto a una austeridad presupuestaria estimada por ellos como principio indeclinable en la presente coyuntura de la marcha económica del Viejo Continente. Hoy por hoy, España si no satelizada o grandemente tutelada, andará a remolque o se incluirá –son geografías variables- en la órbita de las naciones más poderosas. Quizá fuese más oportuno, aparte tal vez de más ético, hacerlo en la esfera de la nación que impulsó y patrocinó nuestro “retorno” a Europa que en la que la obstaculizó por largos años.
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