18 de enero de 2020, 8:32:11
Opinion


Un fondo noble de gente callada

Antonio Domínguez Rey


Lo sorprendente de todo esto, España, es que funciona. A pesar del escándalo diario, robo, atraco, fraude, cohecho, el sistema continúa. Seguramente queda aún un fondo noble de gente callada, silenciosa, fiel a su trabajo, si lo tiene, o resignada. Y esto a pesar, o gracias a la economía sumergida, al trabajo “negro”, que nunca fue blanco, de guante fino, en estos menesteres. Con la gracia del dinero rebelde, no sujeto a tributo, cada día más abundante. También falso. El pueblo desconfía de los bancos después del atropello de sus ahorros. Y no vale, en esto, la distinción entre banca, más o menos oficial, y las cajas de ahorros, donde entraron a saco amigos, amiguetes de dirección, sucursales, sindicatos, partidos políticos, ayuntamientos, diputaciones y grupos de variado pelaje social, industria, comercio, prensa autonómica, casas regionales, clubs deportivos, asociaciones, casinos culturales: premios de vela, tiro al plato, cuento, mucho cuento, novela, poesía, ¡qué poemas, oh dioses!... Y universidades, academias. ¡Qué universos, letrados!

La banca estuvo, y está al quite, la quita, quita y espera, del expolio legal más injusto de la historia reciente de España. Alguno de los bancos grandes impidió, uno y medio en concreto, que prosperara la transformación de cierta caja de ahorros en banco potente del país, con orientación pública. En vez del corralito charro, la preferencia y los valores, ¿cómo no?, subordinados. No se preocupe usted, si algo sucede, tiene “preferentes”. Y si “subordinadas”, responde España, su Banco. Hay oro para fundar un imperio.

Días antes de trascender el robo infausto a la prensa -aún no sabía yo de qué iba el asunto-, tuve ocasión de asistir en una sucursal bancaria a la escena que les cuento, o recuento. Un hijo, ya maduro, en compañía de su madre, casi anciana, y otra hija, más joven, en una mesa de información. Vociferaba el hombre, apuñeando la mesa ante el ojo ceñudo de un empleado: ¡El dinero, quiero el dinero de mi madre! ¡La han engañado vilmente! Cálmese, por favor, el banco le ofrece acciones –decía el mandria, echándose ligeramente hacia atrás en el respaldo de la silla. ¡No queremos acciones! ¡Mi madre no suscribió acciones! –replica el hijo, más azorado. ¡No quiero ser accionista de ningún …. banco! –insiste. Vino el mandamás, las gafas en la punta del penacho. Insultos, ruegos de calma, amenazas. Exhausto, el hijo, mientras la madre le rogaba que la sacara de allí, se levantó, vino hacia nosotros, pendientes de faena en la ventanilla, y casi ronco, enlagrimado: ¡Les roban! ¡Salgan de aquí! ¡Son ladrones!

Lo que más me sorprendió fue que, dada la virulencia del acto, el director de la sucursal no llamó a ningún guarda de seguridad ni a la policía. La moraleja brillaba por su evidencia. Aquel hombre tenía razón. Y cuando el Logos se impone, los serviles se apocopan.

¿De dónde le salió a la banca española tanto dinero, hace unos años, como para repartir sin revirar el ojo? Incitaba a la compra. Si uno le insinuaba arreglar la casa, le ofrecían además una moto o un coche. Si era para comprarla nueva, inscribían hasta a los hijos aún no concebidos, cuñados y testaferros. Los emigrantes traían dinero de fuera. Y si no, lo inventaban. Los bancos hipotecaron hasta vidas nonatas. Instauraron un nuevo feudalismo. Jugando con el futuro. Y la gente nunca tuvo tanto dinero en mano sin apenas ver los billetes. La firma. Bastaba firmar.

¿Así de repente, tanto dinero en oferta? ¿Y cuando ya había amainado el chorro de euros, vertido de planes estructurales, o solo goteaba? Misterio. ¿Ofrecían lo que no había? Más misterio. Sin más, ¿jugadores, todos, de póker? Alguna fuente habría. Y si la hubo, hoy está seca, estéril. El Banco de España limita, a la baja, hasta los intereses de depósito fijo. No sea que retorne la tentación y nuevos listillos inventen otra vanguardia. Mientras tanto, el gran negocio financiero merca fuera, allende los muros patrios. Las nóminas son aquí el seguro conchabado de la empresa pública.

¿Tendrá que ver aquello con el regolfo político que nos estanca día a día? ¿Estas revelaciones millonarias de fraude con mando en plaza, restos y fondos ocultos de la transformación silenciosa del poder público en mafia blanca de nuevo cuño? ¿Antes tanto dinero para hipotecar hasta a los nietos de hijos aún púberes y ahora ninguno, o casi? Ajustes, restricciones, reducción de sueldos, subida tributaria, cargas crecientes contra las viviendas, banco malo, carestía, intermedio de lucro entre compra, hipoteca, intereses, y venta por vía rápida. ¡Un insulto a los ciudadanos!

¿Y este dinero que aflora, millonario, ubicado en paraísos o países neutros, siempre escorado al lado político de algún poder de antaño, u hogaño? ¿De la misma fuente que aquel otro soplado en burbuja de oro? ¿Cómo, si entonces apenas existía y por eso, ¡plaf!, explotó en el aire?

Demasiado enigma. Se miente, a una y otra parte. Cada partido tapa su pufo denunciando el de otro. Y los más vivos, callan, sobre todo si ya están imputados, o a punto. Se agazapan. Saben que el silencio es, como nunca, oro. Esperan que el tiempo amaine. Si logran embozarse, la pena será mínima, o inexistente, por haber prescrito la causa. Algunos aceleran el reloj cósmico con vértigo de caída en picado. E invierten lo robado callando sospechas, pesquisas, crónicas.

A veces, surge un juez desconocido que no mira a los focos de frente y sigue, impertérrito, de casa hacia el despacho, con la cartera llena de pliegos. Salta a la prensa el escándalo. En el norte, sur, este, oeste, noreste, noroeste, sursur… Marejada. Pasados unos días, las voces enmudecen. O van ladeadas de esquina en esquina. Asistimos en este instante a una de esas pausas, tal vez encubierta por otro escándalo. Bien se echan al monte, a lo que salga, bien tapan bocas, para que no salga nada. El pago redime. Y el delito, en el aire. Como la burbuja.

Cuando el escándalo no tiene puertas que lo oculten, comienza el palabreo de pasillos, antesalas, despachos, tribunales, gabinetes, ministerios. Se trama una amnistía camuflada. Para ello, se fuerza un clímax dramático. Se multiplican los casos. Después, tras insultos a voleo entre partidos, se busca hombres de paz. El consenso. Tal huele el reino en estos instantes.

¿Tiene algo que ver en todo esto el nombramiento arbitrario, a dedo y cuchara, de jueces desde años ya históricos, como los ochenta? ¿Las camadas de interinos en distintos sectores de ministerios? ¿El empleo público, con tales artes, para humillar a funcionarios? ¿El compadreo de concursos amañados? ¿El complot social para convertir a sindicatos en escuelas, institutos, universidades alternas de cursos gratuitos y coste millonario, incluidos sueldos a profesores que ni un juez o catedrático por oposición olían? ¿Dónde están los abogados del Estado?

En manos del presidente del Reino está enmendar el curso del Estado. Le repito lo ya dicho hace algunos artículos. Tiene ocasión tal vez irrepetible de reconducir el orden fraudulento de la política española. Aunque le cueste el cargo en su partido. Por más que pudiera perder las elecciones en dos, tres años, si esto no se remedia antes. Nuestro gran problema es la falta de ética y el gran vacío de quienes nos gobiernan. ¿Usted, algún otro, la excepción del grupo? O rehacen la política, si alguna vez la tuvo este país en el pedestal democrático que le corresponde, o la crisis permanente será el ácido azul de la sangre que seque las venas. Un resto de Europa.
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