22 de octubre de 2019, 16:20:42
Opinion


La última provocación de Quentin Tarantino

Alicia Huerta


Tarantino ha vuelto a hacer lo que mejor sabe, es decir, cine. Su última película se estrenó el pasado viernes en nuestras salas y ya está batiendo records de taquilla. Pero como tipo genial que es, para bien y para mal, su trabajo nos ha llegado desde el otro lado del océano rodeado de polémica. Se trata de una controversia, en todo caso, de esas que, en una sociedad mercantil como la nuestra, al final acaba por traducirse, sencillamente, en dinero para alguien. En concreto, para el más avispado o, al menos, para quien pasaba por allí y supo verlo, igual que pescador en río revuelto. El caso es que, como ya se hizo en su día con los personajes de Reservoir dogs o Kill Bill, se pusieron a la venta en Estados Unidos los muñecos correspondientes a los personajes principales de “Django desencadenado”, hasta que su aparición desencadenó, a su vez, un lío de cuidado. Las autoridades correspondientes, después de diversas quejas, decidieron retirarlos del mercado, prohibiendo su comercialización a causa de su carácter ofensivo para la comunidad afroamericana. Habría que aclarar para evitar en lo posible demagogias de última hora, que se trata de unas figuras destinadas a coleccionistas adultos, es de suponer que fans del cine de Tarantino, y que no sólo representan a los personajes de color que aparecen en la cinta, sino también al negrero interpretado por un blanquísimo Leonardo di Caprio o al caza recompensas a quien da vida el siempre fabuloso Christoph Waltz. La consecuencia económica, como decía, no ha tardado en brotar. El lote de seis muñecos, que antes costaba 20 dólares, ha pasado a ser objeto de prohibido deseo y por una sola de las ahora tan codiciadas figuritas, ya se ofrecen más de 1.000 dólares en E-Bay . Y subiendo.

Lo cierto es que al extravagante director norteamericano, esta vez le ha dado por rendir su particular y peculiar homenaje a uno de los géneros cinematográficos que más le gustan, el spaguetti western, y ya que estaba por aquellos inhóspitos territorios, no se ha cortado un pelo en meterse, como elefante en cacharrería fina, en una de esas cuestiones que aún siguen escociendo en Estados Unidos: la esclavitud. Precisamente, en nuestro país el estreno de Django desencadenado coincidía hace unos días con el del Lincoln de Spielberg, una cinta en la que se hace una exposición clara, cual magistral lección de historia y de política, sobre los avatares que rodearon la abolición de la esclavitud. No se trata de comparar. Personalmente, no puedo imaginar, en este momento, dos directores más distintos entre sí que Spielberg, siempre correcto y armónico, y Tarantino, auténtico friki de Hollywood amante de la sangre y del surrealismo, pero convincente no sólo para sus fans frikis como él.

Reconozco, por ejemplo, que Django desencadenado es el primer spaguetti western que tengo constancia de haber visto entero en toda mi vida. Sin embargo, si por algo se caracteriza Tarantino es por ser coherente con su libertad e independencia a la hora de reinterpretar géneros o temáticas. De forma que uno sabe que no va al cine a ver un western hortera de Sergio Leone, sino la última chaladura genial de ese esperpéntico personaje con cara de niño muy malo, que hasta se permite hacer un cameo para reírse no sólo desde detrás de la cámara, sino también delante de ella. No es tampoco Tarantino hombre que huya de las polémicas, más bien al contrario. Provocador antipático e irreverente, consciente o sin darse cuenta, con Django parece que ha pisado más callos de lo que venía siendo habitual. Django, el protagonista de la historia, a quien interpreta Jamie Foxx, es un esclavo maltratado a punto de ser revendido a causa de su rebeldía y que, aparte de la libertad, ha perdido a su amada esposa, Brumhilda, vendida a uno de esos señoritos del Sur con plantaciones de algodón. Lo prodigioso del guión escrito por el propio Tarantino es, precisamente, que no juzga a nadie y, así, ni todos los blancos son unos monstruos ni todos los negros, unos santos. A pesar de ello, las críticas siguen llegando y el último en sumarse a las mismas ha sido otro director, Spike Lee, quien ha tecleado en su Twitter que el carácter con el que la cinta de Tarantino retrata a sus antepasados es irrespetuoso y que la esclavitud en América no fue un spaguetti western, sino un holocausto. Como el nazi, último telón de fondo que escogió Tarantino para que sus “Malditos bastardos” se dedicaran a cortaran cabelleras en otra de esas reinvenciones del género, en este caso bélico, que se achacan a Tarantino. Lo que ocurre es que, en realidad, él ya ha creado su propio género, un sello radical que impresiona en todos los sentidos, ya sea en los extremos, es decir, aborreciendo su trabajo o adorándolo, o de la manera más sana que se me ocurre, contemplando el producto terminado, dejándose sorprender.

Tampoco ha gustado, menos aún en pleno y enésimo debate acerca del control de las armas en Estados Unidos, la violencia que contiene Django, otra marca de la casa Tarantino, que salpica de sangre hasta los rincones más escondidos de la pantalla y que alarga el metraje de la cinta innecesariamente. Aún así, la película seguirá batiendo records porque conviene distinguir los límites de eso tan pesado de lo políticamente correcto y será difícil encontrar a quien no se deje cautivar por la actuación de Waltz, a quien se echa de menos en las secuencias en las que no interviene, o por escenas tan geniales como la de un grupo de miembros del Ku Klux Klan quejándose de la mierda de agujeros que la esposa de uno de ellos ha realizado en los cutres capuchones blancos bajo los que se esconden. Memorable.
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