21 de noviembre de 2019, 4:20:36
Opinion


Caos en Egipto



De un tiempo a esta parte, Egipto parece abonado a la inestabilidad. Este pasado fin de semana, miles de personas se congregaban tanto en la emblemática plaza Tahrir de El Cairo como en otras partes del país para hacer público su sentimiento de queja. Por un lado, están los que apoyan a los Hermanos Musulmanes tras cumplirse dos años de la revolución que acabó con Mubarak. Por otro, los que protestaban por la condena a muerte de los participantes en los incidentes que costaron la vida a 27 personas en un partido de fútbol. Y en ambos casos, la violencia ha sido la nota predominante.

La oposición, por su parte, sigue clamando inútilmente contra el blindaje político del que se ha revestido el presidente Mohamed Mursi. Si hace pocas fechas eran los islamistas quienes salían a la calle para pedir la inclusión de la Sharia en la carta magna, ahora es la oposición quien protesta por unas medidas, las de la impunidad de Mursi, que asemejan en mucho a la ejecutoria que emprendiera en un pasado no muy lejano su antecesor en el cargo, Hosni Mubarak.

Durante décadas, los Hermanos Musulmanes fueron duramente reprimidos por el régimen anterior; un régimen totalitario y corrupto al que los propios Hermanos ayudaron a derrocar. Hoy son ellos los que gobiernan, siendo depositarios de la confianza de un pueblo que espera ver en ellos una conducta diametralmente opuesta a la de tiempos pasados. Sin embargo, Mursi lleva camino de convertirse en aquel al que combatió. Y por muy islamista que sea, sus actos como gobernante deben de estar fiscalizados. Con su actual proyecto legislativo en la mano, el poder de Mursi aumentaría de forma tan peligrosa como incontrolada. Y eso es lo que menos necesita Egipto en este momento.
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