9 de diciembre de 2019, 18:00:32
Cultura

El periodista publica El maestro del Prado


Un paseo con Javier Sierra por el Museo del Prado en busca de sus secretos

Elena Viñas

El periodista y novelista Javier Sierra acaba de publicar El maestro del Prado, un libro en el que desvela los secretos de los que le hizo partícipe un personaje misterioso de nombre Luis Flovel con quien mantuvo cinco encuentros casi clandestinos en las salas del Museo del Prado hace 22 años. La editorial Planeta organizó esta semana una visita privada al museo con el autor con idea de mostrar a los periodistas cuál es esa lectura alternativa y misteriosa que encierran algunas de las pinturas más relevantes de la pinacoteca.



El jardín de las delicias (hacia 1500-1510). El Bosco

Jerónimo Bosch o El Bosco, pintor que vivió entre 1450 y 1516, ha sido considerado como un eslabón entre el gótico y el Renacimiento debido a que su obra se encuadra en los años en los que los flamencos comenzaron a tomar contacto con los avances alcanzados por los italianos a través de viajes o de la difusión de estampas y grabados. Considerado como un pintor extraño para su época por el universo fantástico que representó, El Bosco despertó gran admiración en el ambiente cortesano. Tanto es así que Felipe II adquirió un buen número de sus trabajos, uniéndolos a la larga lista de pinturas y esculturas que atesoró en El Escorial.

Una de aquellas obras fue el tríptico titulado El jardín de las delicias, que muestra el paraíso en el panel izquierdo; el jardín de las delicias o de los placeres de la vida –en referencia al pecado-, en el central; y el infierno, en el derecho. Así como la historiografía del arte considera que fue creado con un carácter moralizante que advertía sobre las consecuencias de una vida lujuriosa y entregada a placeres mundanos, Javier Sierra plantea una teoría alternativa.

El periodista parte de que se trata de un óleo que admite “múltiples interpretaciones”, lo que le anima a pensar que es posible llevar a cabo una lectura del tríptico a la inversa, es decir, en vez de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. Sierra argumenta esta posibilidad en que, según sus investigaciones, El Bosco perteneció a la secta Hermanos del Espíritu Libre o adamitas, cuyo propósito era “la regeneración del ser humano” para logar regresar al paraíso: “Si esto es cierto, entonces la interpretación de la pintura es justo a la inversa de cómo nos la han explicado. Es decir, que debería leerse de derecha a izquierda. El infierno estaría asociado a nuestro mundo; el panel central, al esfuerzo de los adamitas por regenerar el ser humano en fase de disolución; y el izquierdo, al paraíso”.

De uso privado y vinculado en origen a la familia de Orange, Sierra detalla que una vez en manos de Felipe II fue tal la admiración que despertó en el monarca que “murió ante este cuadro”. También comenta que se trata de la única pintura de El Bosco que no está firmada, si bien, según Sierra, el único hombre vestido del panel central –en la esquina inferior derecha- ha sido interpretado como su autorretrato.


El triunfo de la Muerte (hacia 1562). Pieter Brueghel el Viejo

En 1562, el pintor flamenco Pieter Brueghel el Viejo (1525-1569) pintó El triunfo de la Muerte, un óleo sobre tabla que, según el Museo del Prado, “reproduce un tema habitual en la literatura del medioevo como es la danza de la Muerte, frecuentemente utilizado por los artistas nórdicos”. Brueghel el Viejo representó un ejército de esqueletos arrasando la Tierra y cercando a los últimos seres humanos vivos. “Todos los estamentos sociales están incluidos en la composición, sin que el poder o la devoción puedan salvarlos”, añade el Prado en su lectura sobre la obra, en la que es posible percibir la influencia de El Bosco, sobre todo en la profusión de escenas y su sentido moralizante.

Sierra coincide con la versión del museo en la influencia que debió ejercer la obra de El Bosco en la del autor de El triunfo de la Muerte, sobre todo si se atiende a que, a juicio de este periodista, en el taller donde trabajó de joven Brueghel el Viejo se imprimían las estampas de El jardín de las delicias.

Según la versión Luis Fovel, en cuyas teorías se basa la novela de Sierra, Brueghel el Viejo representó el capítulo 20 del Apocalipsis, que relata la destrucción total del mundo y la llegada del reino milenario de Cristo.

“El maestro del Prado me explicó que este cuadro fue pintado unos 35 años después de que Hans Holbein el Joven diseñase el alfabeto de la muerte, una tipografía de la A a la Z creada a partir de representaciones de esqueletos. Algunas de ellas encajan casi al milímetro con los esqueletos pintados en esta obra. De manera que si las seleccionamos, obtenemos un conjunto de letras que dan como resultado un mensaje que desvelo en la novela".

La Transfiguración (1520-1528). Rafael

La obra pictórica de Rafael (1483-1520) está considerada como una de las más importantes del Historia del Arte por sus composiciones armoniosas y la delicadeza de sus figuras. El hecho de que se rodeara de discípulos tan dotados como Giulio Romano o Sebastiano del Piombo favoreció que recibiera gran cantidad de encargos y que su resultado no desmereciera. Es el caso de La Transfiguración, la última pintura que creó antes de fallecer con 37 años y para la que se sirvió de la ayuda de sus avezados alumnos. Aunque el cuadro original está expuesto en los Museos Vaticanos, la Basílica de San Pedro del Vaticano y el Museo del Prado cuentan con dos copias –la del Prado es de Giovanni Francesco Penni-.

La pintura, de gran formato, muestra en la escena de arriba la Ascensión de Cristo en el monte Tabor y en la inferior, el intento de los apóstoles por curar a un niño endemoniado o epiléptico. El mensaje de la obra ha sido relacionado con una defensa de la Iglesia como salvadora de los hombres.

Se trata de una pintura trascendental por incluir algunos de los rasgos que fueron identificados con el manierismo, una corriente renacentista que introdujo la representación de posturas convulsas, exageraciones musculares, distorsiones de la escala y de la perspectiva y una acentuación del color y del claroscuro, además de una mayor intención dramática en detrimento de la narración. Tanto esta obra de Rafael como el Juicio Final de Miguel Ángel se encuadran en este estilo que, además, sentó las bases del Barroco.

La investigación llevada a cabo por Sierra aporta datos tan curiosos como el que señala que esta tabla fue colocada encima del catafalco de Rafael. Pero no sólo eso. A su entender, se trata de una obra que puede ser considerada como “un tratado de cómo este mundo se comunica con el otro”. Para argumentar esta afirmación, el periodista centra su atención en el niño, cuyos brazos los tiene dirigidos uno hacia arriba y otro hacia abajo, así como en sus ojos estrábicos que, aparentemente, le permiten contemplar al mismo tiempo la presencia de Cristo –que pasa inadvertida para el resto- y lo que sucede a su alrededor.

Además, la representación de una mujer en medio de la escena y de espaldas al espectador es identificada por Sierra con Sofía, la diosa griega de la Sabiduría, cuyas dos manos señalan al niño, “lo que indica que a través de la sabiduría es posible llegar a comprender la existencia de los dos mundos”, afirma.

La Gloria (1551-1554). Tiziano

A mediados del siglo XVI, Tiziano (1477/90-1520) recibió el encargo de Carlos V de crear una composición en la que el emperador fuera retratado junto a su mujer, su hijo -Felipe II- y su madre. “Obra susceptible de varias lecturas, fue concebida como plasmación visual de la ortodoxia trinitaria de los Habsburgo, adquiriendo un matiz devocional cuando Carlos V pidió contemplarla antes de morir”, señala el Prado.

El pintor italiano representó un pasaje de San Agustín que narra la visión celeste de los bienaventurados en el que incluyó a la Trinidad, la Virgen, San Juan Bautista, personajes del Antiguo Testamento, dos ancianos que, según el museo, han sido identificados con Aretino y Tiziano, y a los miembros de la familia imperial envueltos en sudarios. "El emperador no le pidió a Tiziano que lo retratara como soberano del mundo, sino que se centrara en su alma", dice Sierra, a lo que añade que el monarca "vivió obsesionado con su muerte, tanto que llegó a escenificarla".

La preocupación del monarca por su destino ha sido abordada por Sierra en su novela, donde incluye un dibujo de Martín Rico, fechado en 1871, que muestra el cadáver de Carlos V incorrupto copiado del natural por el pintor paisajista cuando tuvo la oportunidad de visitar su sepulcro en el panteón de los reyes del Monasterio de El Escorial.

Carlos V en la batalla de Mülhberg (1548). Tiziano

En Retrato ecuestre del emperador Carlos V, conmemorativo de la victoria en Mühlberg de las tropas imperiales sobre las protestantes, Tiziano mostró al monarca “en su doble condición de caballero cristiano y heredero de la tradición imperial romana”.

Así lo indica la lanza que sostiene con su mano derecha, cuya simbología ha sido relacionada con "el poder de los césares, el arma de San Jorge y la lanza que portaba Longinos durante la Pasión de Cristo (soldado romano que clavó su lanza en el costado de Cristo)”, según la lectura que hace el Prado del lienzo y que indica, como curiosidad, que la armadura que lleva puesta el emperador se conserva en la Armería Real del Palacio Real.

Sierra considera que este retrato, que muestra a Carlos V “en plena posesión de sus poderes”, tiene mucha carga simbólica. Se refiere a la citada lanza de Longinos, una reliquia considerada como un talismán por Carlomagno o Carlos V por estar “cargada de poder y garantizar sus victorias”.

Además, Sierra explica que el río pintado al fondo de la escena ha sido identificado con el río Estigia del inframundo, que separaba el mundo de los vivos del de los muertos. Los historiadores, dice, creen que es el río Elba.
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