7 de diciembre de 2019, 23:57:59
Opinion


El espejismo iraní

Ricardo Ruiz de la Serna



Durante tres días, pareció que Irán y los Estados Unidos iban a iniciar negociaciones. El Ministerio de Asuntos Exteriores de la República Islámica había mostrado su disposición y parecía que la Casa Blanca hacía lo propio una vez consumados los cambios en la Secretaría de Estado. Al fondo, queda el avispero de Oriente Medio con el conflicto sirio, la “guerra fría” del Golfo, el desequilibrio en Egipto, la inestabilidad yemení y los polvorines de El Líbano y Gaza con Hamás y Hizbolá que sostienen la mecha.

Sin embargo, ha habido varios acontecimientos aparentemente inconexos pero relacionados, al fin, con la frustración de estas negociaciones y la lucha por el poder en la República Islámica.

El pasado domingo, por la noche, el fiscal general Said Mortazavi, un fiel aliado del Presidente Mahmud Ahmadineyad, fue detenido en Teherán. Lo pusieron en libertad pero a nadie se le escapó que esta detención se relacionaba con las acusaciones de corrupción que Ahmadineyad y el Presidente del Parlamento, Ali Lariyani, se cruzaron días antes. Se trataba de una bofetada a Ahmadineyad en el rostro del fiscal a cuatro meses de las elecciones presidenciales. A pesar de la imagen de unidad que pretende dar el ayatolah Jamenei, Líder Supremo de Irán, el régimen se está fracturando. La guerra entre Lariyani y Ahmadineyad condiciona la política interior y exterior del país.

Por eso, el intento de abrir una ronda de negociaciones con los Estados Unidos ha supuesto una maniobra de Ahmadineyad que debía abortarse para no desestabilizar la situación. Un avance de uno de los candidatos que lo fortalezca para las elecciones abriría la caja de los truenos en la República Islámica. Hasta que la situación se aclare y pasen las elecciones, la posibilidad de negociaciones queda en suspenso. Por supuesto, esto no modifica la posición de partida de Teherán, que continúa trabajando en su programa nuclear, ni la de aquellos países directamente amenazados por la proliferación nuclear en el Golfo.

En efecto, las monarquías suníes del Golfo, ven con preocupación la agresiva política exterior de Ahmadineyad y su lucha por ganar el liderazgo político del mundo islámico. La influencia iraní, decisiva en el equilibrio de poder en el Líbano y fundamental para evitar la caída de Asad, ha ido creciendo en la región. El gobierno iraquí mira cada vez más hacia Teherán y menos hacia sus vecinos árabes. Anteayer, el Campamento Libertad de Muyahidin-el Jalq, un grupo opositor a los ayatollahs, considerado hasta hace poco por la UE, los Estados Unidos y Canadá como un grupo terrorista, ha sido atacado con morteros. A la hora de escribir esta columna se sabe que ha habido cinco muertos y más de cuarenta heridos.

Por otra parte, la visita de Ahmadineyad a Egipto se ha interpretado como una aproximación peligrosa de la gran potencia cultural del mundo árabe hacia la Revolución Islámica. Los Hermanos Musulmanes no han compartido el rechazo que otras organizaciones islamistas sentían hacia el Islam chií. Más bien al contrario, en el pasado han cooperado y es bien conocido el apoyo iraní a Hamás en la Franja de Gaza y Cisjordania. El Ministro de Asuntos Exteriores egipcio, Mohamed Kaml Amr, se ha tenido que apresurar a aclarar que este acercamiento no se hará a costa de la seguridad de sus aliados del Golfo.

He aquí el problema de fondo. Ahmadineyad trata de fortalecerse ante su propia opinión pública gracias a la diplomacia, la firmeza frente a los extranjeros y la supuesta lucha contra la corrupción. El populismo de quien pretende liderar el mundo islámico es una baza electoral que Lariyani no tiene. De ahí que la lucha contra el Presidente pase por desgastarlo en el interior atacando a sus colaboradores y minando su credibilidad mediante acusaciones de corrupción que unos y otros se lanzan como armas arrojadizas.

Por eso, la propuesta de negociación solo era un espejismo. No podía prosperar. Todo queda en suspenso hasta que se decidan las elecciones.
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