25 de septiembre de 2021, 15:47:29
Opinión


Rajoy: Las promesas y el deber



“No he cumplido mis promesas electorales, pero al menos he cumplido con mi deber”. Es una frase pronunciada por el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy hace unos días en un foro económico. Se trata de una asombrosa afirmación, que requiere por ello de un análisis algo minucioso. No porque con tal análisis piense que voy a descubrir ningún Mediterráneo; al contrario, me temo que no haré sino recordar obviedades y cosas sabidas por todos. Pero es precisamente por tal motivo –por lo evidente– por el que creo que merece la pena detenerse en esta declaración.

Afirma el Presidente Rajoy que no cumple sus promesas, pero sí su deber. Las promesas son las contenidas en el programa electoral con el que el Partido Popular concurrió a las elecciones del 20 de noviembre de 2011, que otorgaron a este partido la mayoría absoluta (nada menos que ciento ochenta y seis diputados) y que dieron lugar a una composición parlamentaria que permitió que Mariano Rajoy fuera elegido Presidente del Gobierno de España. En el modelo representativo que nace con las Revoluciones liberales –y que es el que, con los perfeccionamientos democráticos producidos desde entonces, existe hoy en las democracias parlamentarias, también en la española– no existe ningún tipo de vinculación jurídica entre los representados y los representantes. Al contrario de lo que ocurría en las asambleas estamentales del Antiguo Régimen, no existe el mandato imperativo; de hecho, este queda expresamente prohibido en el párrafo segundo del artículo 67 de nuestra Constitución. Debido a esto, el programa electoral con el que los partidos políticos se presentan a unas elecciones en ningún caso es un documento vinculante jurídicamente, a pesar de que no han faltado ocasiones en las que un candidato se ha comprometido ante notario al cumplimiento del programa electoral, en un ejercicio efectista, si se quiere, pero carente desde luego de la exigibilidad que poseen las obligaciones jurídicas. No obstante, siendo esto cierto, es igualmente evidente que los programas cumplen una función primordial desde el punto de vista político y, concretamente, democrático. El programa viene a ser el adelanto de la posición ideológica y de acción política que ese partido seguirá en el supuesto de acceder a las instituciones, es un anticipo de las que serán –si logra representación– las líneas maestras de su actividad parlamentaria y, en su caso, de gobierno. Entendido en un sentido amplio, el programa es, en definitiva, uno de los elementos fundamentales de los que podemos servirnos los ciudadanos a la hora de participar electoralmente. Y juega un doble papel, porque el programa, por definición, mira hacia el futuro; pero los programas también son susceptibles de ser un instrumento de juicio de lo acontecido: la valoración de hasta qué punto un partido ha cumplido las promesas hechas en el pasado puede determinar sin duda el voto del presente. Se trata de lo que se conoce como “representación promisoria” y permite el ejercicio del control político, así como la rendición de cuentas por parte de los representantes.

Y el deber… ¿Cuál es el deber de un Presidente del Gobierno? Las funciones reservadas por la Constitución al Gobierno y a su Presidente descansan en el carácter parlamentario de la elección de este, llevada a cabo por el Congreso de los Diputados. Y el Congreso, en su determinada composición, es el fruto de la celebración de un proceso electoral democrático. Por lo tanto, contraponer las promesas –que dieron lugar, en buena medida, a recibir el voto de los ciudadanos– al deber que debe observar un Presidente es un fraude. Pretender que son cuestiones que puedan caminar por separado es un engaño.

Si no son los ciudadanos españoles, ¿quién conduce a Mariano Rajoy a cumplir con ese deber insondable?: ¿la Historia (así, con mayúscula)?, ¿la divinidad?, ¿Alemania?, ¿los mercados financieros?... ¿Es Mariano Rajoy el intérprete de lo que nos conviene, el líder que procura por nuestro bien ante nuestras equivocaciones y nuestra ignorancia?
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