29 de julio de 2021, 23:40:50
Nacional

Tribuna


Envidia de la izquierda


José Manuel Cuenca Toribio, catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba, se refiere "al sentimiento que lo embarga al contemplar el aplauso y fidelidad a menudo incondicionales que los lectores y críticos adictos al ideario progresista profesan a los autores situados en sus posiciones".


En modo alguno hace alusión tal título al de un libro -La izquierda igualitaria- del último gran doctrinario de la derecha española, el barcelonés Gonzalo Fernández de la Mora y Mon, en el que éste veía la característica esencial de la cosmovisión de aquélla. Muy modestamente, el cronista se refiere aquí al sentimiento que lo embarga al contemplar el aplauso y fidelidad a menudo incondicionales que los lectores y críticos adictos al ideario progresista profesan a los autores situados en sus posiciones. Grande y esclarecedora investigación sería sin duda la que, al analizar acribiosamente el tema, fijase con cierta seguridad las fechas y episodios de los que arranca una de las tradiciones más significativas e importantes de la historia cultural española.

A la espera ansiosa de dicho momento, es fácil de constatar a cada paso y recodo de los itinerarios intelectuales de nuestro país la roborante salud del fenómeno. Sin necesidad de alarmas frente a peligros exteriores ni de consignas particulares algunas, el cierre de filas de los escritores de militancia avanzada o radical y de éstos y su público cara a la exaltación de sus tareas y valores no pueden por menos de mirarse con admiración envidiosa por los lletraferits alineados en trincheras distintas o, simplemente, querenciosos de una asepsia o neutralidad siempre malquistas por tirios y troyanos. En verdad, resulta sorprendente el bien implementado sistema por el cual, en todas las esferas mediáticas, las obras y autores —igual ocurre, desde luego, en los demás territorios del arte y la creación- de tal adscripción reciben una sobretasa de atención y eco respecto de los ubicados a la intemperie o en zonas del discurso conservador. En no pocas ocasiones, con esa actitud no se hace más que rendir estricta justicia al mérito de los trabajos y autores en cuestión; pero, claro está, no siempre es así. Y, a despecho de ello, ni la loanza ni la lealtad suelen mostrarse esquivas ni parsimoniosas con sus plumas, pinceles, cinceles y partituras. “La sociedad de bombos mutuos” tal vez no naciera en el ancho territorio del progresismo, mas, desde luego, se aclimató y enraizó en él con especial vigor; y su imitación del lado conservador fue siempre torpe y adocenada. Comportamiento propio de secta, por supuesto; de corrientes o tendencias políticas e intelectuales con conciencia de getho o extrañamiento del cuerpo social; pero que en nuestro país respondió, por el contrario, a elementos tácticos y, especialmente, a la voluntarista superioridad cultural y moral de la izquierda respecto de la derecha. En el genoma de la cultura elitista de corte progresista de la España contemporánea los caracteres de tal supremacía se mostrarán invariables por encima de regímenes y situaciones, con muy igual ocasional eclipse o guadianización en las contadas situaciones críticas para la vigencia de sus inalterables premisas.

En donde nada se presenta igual es, sí, en el campo opuesto. Por razones del individualismo extremo que singulariza al mundo de la derecha, al odio africano que envuelven con frecuencia las discrepancias en su ámbito o por cualesquiera otras de imposible anotación en un artículo periodístico, lo cierto es que en ella la alabanza o el seguimiento entusiasta de sus escritores no admite, ni a gran distancia, el cotejo —a la baja, por supuesto- con lo que sucede en los círculos de sus adversarios. Tan obsecu ente no pocas veces con los modelos y estilos de éstos, sería loable que, sin exageración, copiara también aquí su conducta, al meno para estímulo de los escasos —aunque algunos de ellos no del todo insignificantes- escritores y artistas adscritos a su credo.
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