7 de diciembre de 2019, 6:32:26
Opinion


Hugo Chávez

Juan José Laborda


¿Qué pasará después de Chávez? Esa pregunta se reitera en estos días, y , como los medios de comunicación necesitan emociones fuertes en su lucha por las audiencias y los lectores, la pregunta se amplifica con resonancias épicas. Mi respuesta es que no pasará nada, y a medio plazo -me lo temo- tampoco habrá cambios profundos en Venezuela.

Hugo Chávez ha sido un líder revolucionario con la proyección mundial que en nuestros días tiene la política revolucionaria. Desde 1989 -fue el 200 aniversario de la Revolución Francesa y el fin de la Soviética- la revolución sólo tiene algún prestigio entre las masas pobres de los países islámicos...y en algunos países de Iberoamérica. Octavio Paz -un antiguo comunista- afirmó con gracejo que el último marxista viviría y moriría en México.

La revolución que hoy prospera tiene en Hugo Chávez el modelo. Su estilo folclórico les parece a los puristas de la revolución un atavismo de un país como Venezuela. Los uniformes propios de desfiles de carnaval y sus gestos de una religiosidad supersticiosa no cuadran con el estilo austero y completamente laico de un Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Ché Guevara y Castro. Ninguno de esos líderes gobernó países desarrollados o que no tuviesen rasgos culturales atrasados; para ellos la revolución era la política para modernizar la economía y acabar con la “ideología” religiosa que impedía el progreso de la sociedad. Aquellos revolucionarios clásicos querían superar el pasado, y para ello era imprescindible destruir la tradición, la religiosa en primer lugar.

Hugo Chávez fue revolucionario porque hizo lo contrario. Su movimiento no surge de unos libros, no es algo abstracto y racional como fue el comunismo. Viene del pasado, de la memoria histórica -una narración que desconoce la verdad histórica- de Simón Bolivar. La revolución socialista bolivariana da culto a un pasado mitificado. Como el mito no da para mucho (para los deseos de estos nuevos partidarios), el chavismo desenterró la momia de Simón Bolivar, y, en 2010, buscó demostrar que el héroe había muerto envenenado. Esta revolución busca hacer Justicia empezando con el pasado. El heredero de Chávez, Nicolás Maduro, ha afirmado que Chávez fue envenenado y que ese hecho “tendrá que ser investigado por una comisión especial de científicos”. Después de años de un “secretismo” con su salud, su sucesor al frente de la revolución propone mantener el fervor popular luchando contra los oscuros enemigos de un pretérito indefinido. Entonces los chavistas preguntarán al espíritu de Chávez cuando las cosas vayan peor: “¿qué hubiera hecho él en estas circunstancias?”

La revolución de Hugo Chávez no rompe con el pasado, con la religión y las tradiciones sociales. Es una revolución actual. No se basa en teorías, en análisis; sus activistas se parecen al arquetipo de las redes sociales de Internet: no necesita leer, pues dedica todo su tiempo a escribir. Sus partidarios no pueden ser lógicos, ni racionales, pero son espontáneos e impredecibles, como lo es cualquier historia humana. Es tan actual como lo es la revolución islámica de Irán; Ahmadineyad ha ensalzado al difunto Chávez como a un gran revolucionario. Si unos se remontan a Mahoma, los otros se parecen a Savonarola.

¿Cómo surgió una revolución así en un país que fue modelo democrático en esa parte de América? Había muchos pobres que han salido de niveles extremos gracias a Chávez, y además ahora son visibles. Esos pobres se han movilizado con el odio social. Un odio que divide en dos a Venezuela, que está “cerrado a la razón e impermeable a la tolerancia”, y es “la llaga histórica que deja el chavismo”, según acaba de escribir Enrique Krauze.

Pero la destrucción del consenso social y político no es obra de la revolución bolivariana. En 1989 estalla la revuelta contra el aumento del precio de la gasolina. Unos años después, Hugo Chávez fracasa con un golpe militar dirigido contra el Gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Su adversario cristiano-demócrata, Rafael Caldera, justifica el golpe al argumentar con el hambre que padece el pueblo pobre de Venezuela. Hugo Chávez está en prisión, y es un referente para las minorías izquierdistas, el Partido comunista y el Movimiento al Socialismo. La lucha entre Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera fue tan destructiva que Caldera, para vencer en las siguientes elecciones, se alió con la extrema izquierda venezolana. Las consecuencias fueron obvias: Caldera indultó a Hugo Cháves; la democracia cristiana saltó por los aires; Hugo Chávez se convirtió en el mas poderoso referente político del país; ganó las siguientes elecciones (hasta ahora); y el sistema de partidos políticos y el Estado de Derecho de la época fue reemplazado por el régimen bolivariano.

Desde entonces el odio de clases ocupa el lugar que le correspondería al consenso si la República cumpliese la función de paz de un Estado de Derecho. Cuando eso sucede, como sucede en la Argentina peronista, los Gobiernos están condenados a alimentar el monstruo. ¿Puede hacerse una política económica seria cuando las bases bolivarianas, como las “justicialistas-peronistas”, exigen que se cumplan las promesas de la revolución? Nicolás Maduro, probable sucesor de Chávez al frente de la República, tendrá dificultades enormes, pero iniciara un largo periodo de chavismo, con parecidos rasgos que tiene el inacabable peronismo argentino. Para la oposición democrática en uno y otro país, el problema es idéntico: ¿cómo dar esperanzas a unos pobres? Felipe González, hacia 1982, dijo con inteligencia: ¡el socialismo no va contra los ricos, sino que no quiere que haya pobres!
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