22 de noviembre de 2019, 21:42:33
Opinion


La literatura tras el día de la mujer

Simon Royo Hernandez


Hay mujeres que son escritoras fabulosas y otras que lo son pésimas, al igual que en el sexo opuesto. En una sociedad igualitaria la distinción de género no habría de ser relevante a la hora de calificar los méritos intelectuales de sus miembros. Sin embargo, las legítimas reivindicaciones de las agrupaciones feministas, pierden la objetividad y en ocasiones, se pasan por el lado contrario, todo lo que viene de la mano de Eva es sagrado, santo y puro en lugar de pecaminoso y obsceno.

Este es el caso de la rúbrica Mujer y literatura con el que se tiende un reino glorificador en exceso de escritoras mediocres o pésimas. Como ejemplo de escritora pésima, en un género literario tan raro como difícil, tenemos a Almudena Grandes. Sus Edades de Lulú, uno de los peores libros de literatura erótica de todos los tiempos, fue traducido a numerosas lenguas después de ganar sorprendentemente el premio Sonrisa vertical y fue llevado al cine. Después de leer con detenimiento a los grandes del género, me refiero a Apollinaire, el Marqués de Sade, o Alfred de Musset, la lectura de Almudena Grandes me resultó insoportable. La venta masiva de su segundo libro es una muestra de que vivimos en una sociedad que ha perdido el paladar literario a causa del dirigismo de la opinión pública desde los mass media.

Lo cierto es que un igualitarismo paradójicamente unido con una reivindicación de la diferencia, en un sincretismo mal entendido, es lo que desencadena que una sección titulada Literatura y mujer sea un reclamo publicitario y una técnica de venta para best sellers del marketing contemporáneo.

Madame de Staël, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, son autoras clásicas que figuran en los anales de la literatura universal, con independencia de su condición de mujeres. La diferencia entre un clásico y un best-seller es que el clásico sobrevive a su propia época y aunque tenga una pequeña tirada editorial inicial, luego se sigue leyendo generación tras generación. El bestseller, por el contrario, comienza con una tirada de miles y hasta millones de ejemplares, pero nadie recordará esos títulos al cabo de una generación.

La literatura como actividad artística y como estética del lenguaje no tiene sexo, ni condición social (imaginémonos un boom literario editorial que se titulase: Literatura y pobreza), ni raza (Literatura y piel negra; Literatura blanca; Literatura de los mestizos, los zambos, los indios o los amarillos); la Literatura es una actividad Humana, en general. Hasta el s.XIX no se puso de moda el fenómeno de los derechos de autor, la mayoría de la literatura universal tiene autores anónimos de los que, afortunadamente, nada sabemos. Lo peor del escritor es su propia individualidad, su personalidad, eso es lo que no interesa. Lo mejor de la literatura es cuando un escritor ha dejado de ser un yo particular y se ha convertido en el portavoz de un colectivo y de una época. Ya es hora de que se enseñe en la escuela que Homero nunca existió, que damos ese nombre a uno de los compiladores por escrito de una tradición oral que se plasmaría en la Ilíada, en la que, por cierto, no aparece ni el popular episodio del caballo de Troya, ni la muerte de Aquiles por Paris mediante una flecha en el talón.

La épica antigua es una producción colectiva que atenta contra la moderna individualidad del autor y su afán de pervivencia biográfica, al enseñar, que la particularidad de ser mujer, negra, soltera, ama de casa y violada a los diecisiete años, no es de relevancia, (excepto para los modernos psicoanalistas que prosiguen lo peor de Freud). Lo que sí es de relevancia es una literatura anónima que sepa hablar de la Mujer (en general), de las Gentes de Color, de las Amas de Casa, o de la Violencia Sexual.

Uno de los mejores cuadros de Goya, que podría poner anónimo y seguir lleno de contenido, es aquél en el que aparecen pintados un par de viejos, ¿por qué?, pues porque el artista ha conseguido no ya pintar dos viejos feos, sordos y cabreados, a su imagen y semejanza, en ese cuadro no tenemos la reivindicación de un particularismo egocéntrico goyesco, en ese lienzo fue pintada La Vejez. Ni en el arte ni en la ciencia caben las cuotas de representación. La igualdad no permite cuotas sino tan sólo eso, la igualdad.
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