18 de octubre de 2019, 8:58:50
Opinion


Un Papa inesperado y sorprendente

Alejandro Muñoz-Alonso


La elección del Papa Francisco dejó sin habla a los supuestos “vaticanólogos” cuando el pasado miércoles se anunció solemnemente, tras el tradicional “Habemus Papam”, que el elegido era el argentino cardenal Bergoglio. Sabihondamente habían elaborado cortas listas de tres o cuatro papables y, desde luego, en ninguna de ellas figuraba el arzobispo de Buenos Aires. Aunque se había especulado con la posibilidad de un iberoamericano, por aquello de aquel continente es el que tiene mayor número de católicos, Bergoglio estaba excluido porque se aseguraba que del cónclave saldría un papa joven, esto es, según los baremos cardenalicios, menor de sesenta o sesenta y cinco años y el purpurado argentino ya estaba en plena edad de jubilación. Habían olvidado todos o casi todos la vieja máxima de que “quien entra papa en el cónclave, sale cardenal”, que se ha cumplido muy a menudo con escasas excepciones, la última la de Ratzinger/Benedicto XVI, que fue en aquella ocasión un candidato al que, ya de entrada, se le daban muchas probabilidades.

El Papa Francisco ha sido, pues, doblemente inesperado. Primero, porque sólo la también inesperada renuncia de Benedicto XVI puso en marcha el proceso de elección de su sucesor y, asimismo, porque, como decimos, nunca figuró en esas presuntamente autorizadas listas de papables. Pero también, y desde el primer momento, está siendo un papa sorprendente que ha roto moldes y expectativas y que, sobre la base de algunas breves frases y de unos pocos gestos, se ha forjado ya una imagen y ha suscitado la esperanza e incluso el entusiasmo de tantos católicos preocupados y desorientados ante la situación de la Iglesia, que se ha visto golpeada en los últimos años por una serie de acontecimientos que han afectado seriamente a su prestigio. La propia renuncia de Benedicto XVI y las razones para ella que adujo, eran claramente indicativos de que la Iglesia atravesaba una situación de crisis que exigiría esfuerzos extraordinarios y una enérgica dirección para superarla. Claro está que la bimilenaria institución de la Iglesia Romana –ninguna otra en la Tierra puede comparársele en duración y continuidad- ha pasado por numerosas crisis y siempre ha sabido salir adelante, con mayor o menor dificultad. Creyentes y no creyentes no pueden sino aceptar este evidente hecho histórico, aunque las razones que aduzcan unos y otros para explicar esta singularidad sean muy diferentes.

Me ha llamado especialmente la atención el artículo de un columnista no católico, David Brooks, que valora muy positivamente la elección del Papa Francisco porque estima que posee las cualidades necesarias para que la Iglesia se recupere en estos tiempos turbulentos. Recuerda Brooks la crisis de la Iglesia en el siglo IV, tras la persecución de Diocleciano, decidido a desmantelar aquella naciente religión. Mientras los donatistas preconizaban lo que hoy podríamos llamar una “bunkerización” para “mantener las esencias”, San Agustín defendía la apertura al mundo. “Quería –escribe Brooks- un iglesia que se pusiese a la ofensiva y se tragase al mundo, lo que implicaría tragar impurezas tanto como purezas; una iglesia capaz de trabajar con quienes son imperfectos. Ese sería el precio a pagar si se quiere una iglesia activa capaz de coexistir con los pecadores, pero disciplinándolos y reprendiéndolos”.

En apoyo de su tesis, relata Brooks cómo el arzobispo Bergoglio visitó a Jerónimo Podestá, un antiguo obispo que se había casado, desafiando a la Iglesia, y que se estaba muriendo, pobre y olvidado, o como reprendió duramente a los sacerdotes que se negaban a bautizar a los hijos de madres solteras. Y afirma que es difícil no sentirse impresionado por esos hechos que relata o por otros que hemos conocido estos días relativos a la austeridad, sencillez y humildad del nuevo Sumo Pontífice. Su escaso aprecio de las exigencias protocolarias, su trato con los fieles, con los periodistas, con los propios cardenales, revela una nueva manera de hacer las cosas y de cumplir con el oficio de papa que, seguramente, va a propiciar no pocas sorpresas. Si se cumplen algunas expectativas podemos estar ante el papa más reformista después del Vaticano II, convocado por el también inesperado y sorprendente Juan XXIII.

Debo decir que, sin embargo, me preocupa Europa y comparto la afirmación de Olegario González de Cardedal, seguramente nuestro más sólido teólogo actual, que escribía hace poco: “Europa quizá vea con distancia a este nuevo Papa. No es de los suyos; no va a compartir muchas de sus actitudes. La situación espiritual de un continente que ha puesto en duda convicciones fundamentales sobre Dios, el hombre, la familia, la sociedad y la moral no va a suscitar su entusiasmo”. En mi opinión, ese es el mayor problema que debe afrontar la Iglesia Católica. En otros continentes el catolicismo está boyante, en gran medida gracias a la admirable labor de los misioneros, pero Europa se está convirtiendo aceleradamente en un continente ateo en el que es detectable lo que un autor inglés, Rupert Shortt, acaba de diagnosticar como “cristianofobia”.

Benedicto XVI fue muy consciente de este problema y en un Encuentro Interrreligioso celebrado en Asís el 27 de octubre de 2011, advirtió que “el no a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida…La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo”. Esta Europa nuestra –que durante los mil años medievales se llamaba a sí misma “la Cristiandad”- no ya es que haya olvidado sus raíces, sino que, en buena medida, las está arrancando con rabia, apostando por un vacío existencial que está en la base de los problemas que hoy la afectan. Lo señalaba con acierto en otro artículo, publicado unos días antes de que empezara el cónclave el citado Cardedal: “Hoy, cuando muchos hombres no saben si son peregrinos del Absoluto o solo mamíferos mejor desarrollados; cuando en Europa ya pocos se atreven a pronunciar en público el santo nombre de Dios, parece que se están agotando los manantiales de la fe y llenándose de limo las fuentes en cuyos semblantes plateados se reflejan la última transcendencia y la indestructible sacralidad del hombre”.

Tiempos difíciles para el espíritu, ante los que el Papa Francisco también ha dado ya su receta. En el encuentro con los cardenales que, celebró apenas unas horas después de su elección, les exhortó a “no ceder jamás al pesimismo, a esa amargura que el diablo nos propone cada día”. Buen consejo que vale también para otros órdenes de la vida, tantas veces hundidos en la desesperanza, víctimas de tantos profetas del infortunio y la desgracia, que solo ven el lado oscuro de las cosas y que proponen una vida sin sentido ni horizonte, inmersa en un insulso carpe diem que no es más que la máscara de la desesperación.

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