7 de diciembre de 2019, 6:22:27
Opinion


El tercer pontífice

José María Herrera


Ni Benedicto, ni Francisco, Santiago, Santiago Calatrava, el más grande constructor de puentes del tardo-capitalismo, auténtico pontifex en el sentido original del vocablo, antes de que designara al sacerdote encargado de velar por la conservación del que salvaba el Tiber en Roma. Puentes, o sea, caminos donde no los hay: entre las orillas de un rio, entre el mundo de los hombres y el de los dioses, entre la tecnología y el arte.

Representante de eso que se ha dado en llamar “arquitectura espectáculo”, Calatrava ha conseguido algo sumamente meritorio en su arte: subordinar las cuestiones prácticas de la construcción a una pasión estética exuberante. Desde joven, obsesionado con la “plegabilidad de las estructuras”, se ha propuesto emocionar con sus edificios e ingenios y ciertamente lo ha logrado. Sus detractores, sin embargo, sostienen que sus trabajos carecen de consistencia. Le acusan de ser muy poco práctico, de recurrir a materiales inadecuados, de no pensar en el mantenimiento de las construcciones, de un narcisismo desorbitado que le lleva a olvidar del entorno, etc. Las críticas se han agudizado últimamente con la crisis. La política de erecciones faraónicas que pusieron de moda los cleptócratas es cosa del pasado y muchos de los que le contrataron aguardan a ser juzgados por ello.

Para bien y para mal, la obra de Calatrava ha estado ligada a la euforia económica que se vivió tras la caída del comunismo. La desregularización del mercado financiero internacional produjo la alucinante impresión de que la riqueza fluía como un rio inagotable y los antiguos políticos curtidos en las estrechuras de la postguerra fueron poco a poco siendo desplazados por una casta de advenedizos desprejuiciados convencidos de que la mayor fuente productiva de un país es el gasto. Con la desinhibición que da el respaldo democrático, los cleptócratas de aquí y allá iniciaron una carrera de inversiones colosales con las que, además de llenarse los bolsillos, pretendían dejar su profunda huella en la historia. Surgió así el concepto de “edificio emblemático”, variante provinciana del Escorial filipino, en cuya construcción se especializó el arquitecto valenciano. Rascacielos, auditorios, aeropuertos, cualquier edificación que pudiera ensombrecer a una pirámide de la cuarta dinastía resultaba apropiada para el despliegue de su talento. Asombrosamente, porque sin duda hay algo de poético en esto, la megalomanía de los políticos más mediocres que se conocen hizo posible que un genio desarrollara sin tapujos sus ambiciones estéticas. En pocos años, toda ciudad que se preciara procuraba hacerse con sus servicios, aunque fuera a veces para algo tan modesto como una pasarela o un puente. Hasta Venecia, la más bella, decidió doblegarse a ese cosmopolitismo de garrafón y decidió contratar los servicios del arquitecto levantino.

La ciudad lagunar tiene cientos de puentes. En el Canal Grande, su vena aorta, se alzan cuatro. Todo el mundo conoce el de Rialto, obra de Antonio da Ponte, vencedor del concurso al que se presentaron Miguel Ángel, Palladio, Sansovino y Vignola. El de Calatrava se inauguró el año en que comenzó la crisis. Con polémica. Aparte cuestiones estéticas, absurdas porque la obra se alza en el lugar más feo de Venecia, los críticos protestaban por su coste, el desajuste presupuestario, la calidad de los materiales y los defectos de construcción. El puente tiene cien metros de largo y una anchura máxima de nueve. A diferencia de otros de su autor resulta muy sencillo, increíblemente sencillo. Nada de indagación en el pliegue, de estructura papirofléxica, de grandes cuerdas tirantes que recuerdan un velero, ni siquiera parece el lugar ideal para una concentración de alienígenas. Por una vez, Venecia lo merece, el puente de Calatrava es sólo y nada más que un puente, una pasarela elegante concebida para… pasar.

Lamentablemente, y no es el único caso en el que está envuelto nuestro arquitecto, el tribunal de cuentas italiano investiga ahora la obra y reclama a los responsables de la dirección de los trabajos la devolución del dinero de más que ha costado (cuatro millones de euros). El estudio de Calatrava comparte con los gobiernos españoles este problema racial del desajuste presupuestario. El Palau de les Arts de Valencia, por ejemplo, costó casi cuatro veces más de lo previsto, una barbaridad difícil de asumir por los contribuyentes. Por si fuera poco, se acusa a los constructores de haber hecho una chapuza, pues el puente sufre una enfermedad crónica que requiere vigilancia constante e intervenciones continuas. Lo mismo parece que le ocurre a otros edificios de Calatrava. “Se podría afirmar –copio las palabras del fiscal del tribunal de cuentas, Carmine Scarano- que el cuarto puente sobre el Canal Grande constituye un daño duradero”.

¿Se ha equivocado Calatrava con los materiales igual que le ocurrió a Leonardo? No lo sé. Picasso decía que unos artistas trabajan con mármol y otros con mierda. Aunque la fuerte demanda ha encarecido el precio de ésta –el kitsch, amigos, es muy exigente- desagrada que un hombre como Calatrava esté metido en líos por su culpa. Es lo malo que tiene ser el niño bonito de promotores, plutócratas y jugadores de balonmano. Creo, no obstante, que cuando todo esto pase su obra quedará, más aún, será admirada por nuestros descendientes, pues es simbólicamente una premonición perfecta de la época que viene, en especial las estructuras zoomórficas que lo han hecho famoso, cavidades espaciosas dentro de las cuales todos nos sentimos como lo que ya somos: bichos evolucionados que han sido devorados por una gran bestia.
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