14 de mayo de 2021, 8:30:06
Opinión


Stalingrado, 80 Aniversario

Enrique Barón


Un reciente viaje de estudios para explicar a jóvenes investigadores la Unión Europea y sus complejas relaciones con Rusia me ha llevado a Volgograd. En apariencia, el nombre de la ciudad no dice mucho, aunque durante una semana de febrero recuperó el que pasó a la Historia, Stalingrado, tras llamarse Tsaritsyn, la ciudad del Zar durante siglos. Un complejo ejercicio de memoria histórica.

Para los rusos, un santuario símbolo y escenario de su resistencia al invasor nazi en la desesperada busca por Hitler del petróleo del Caúcaso que se saldó con la batalla más mortífera de la historia. Más de 2 millones de victimas mortales y un millón de heridos y en palabras de los aliados, Roosevelt y Churchill, la batalla que significó el punto de inflexión de la guerra. Un enfrentamiento que formó parte de la inacabable guerra civil europea que ocupó la primera mitad del siglo, incluida la española. Una de mis primeras sorpresas fue enterarme de que el general que dirigió los aviones de la Luftwaffe era Von Richthoffen, el mismo que dirigió el bombardeo de Guernica por la Legión Cóndor, mientras que el teniente Rubén Ruiz Ibarruri, hijo de la Pasionaria, murió en uno de los enfrentamientos en la estación de ferrocarril que cambió 15 veces de manos,

El clima ayudaba a reconstruir el ambiente. Un cielo gris que se confundía casi con la nieve, con un frío helador en la infinita perspectiva de la estepa salpicada de isbas que parecían surgidas de cuadros de Chagall. La ciudad, reconstruida con una mediocre arquitectura de caja de zapatos, en la que los jruschovas, bloques de la época de Kruschev, peores que los de Stalin, conviven con algunos rascacielos y pasos elevados de la etapa actual. Los monumentos más destacados son las fábricas de tractores Octubre Rojo y de cañones Barricady, la central eléctrica y la Casa de Pavlov, objetivos clave de la ofensiva alemana y símbolos de la orden de ni un paso atrás de Stalin en la ratonera inmejorablemente descrita en el relato “Vida y destino” de Vassili Grossman que me sirvió de guía. Su lugar central es la colina de Mamayev, un valle de los caídos que domina la ciudad y el inmenso río Volga con un conjunto escultórico de estricto realismo socialista en el que llama la atención la ausencia de la figura de Stalin, coronado por una figura femenina de 120 m. de altura blandiendo una gigantesca espada en la niebla.

Tras la historia, las actuales relaciones entre la Unión Europea y Rusia. Compleja cuestión en un momento en que el proceso de renovación del Tratado de Asociación por la Paz se encuentra encallado desde hace años. Late en el trasfondo una nostalgia por el Imperio perdido unida a la frustración por la implosión de la Unión Soviética tras la caída del muro, para muchos rusos parte de una conspiración occidental.

Hay un claro desencuentro en las prioridades. Por parte rusa, las prioridades fundamentales de Putin son de real “politik”: como explotar mejor su principal activo, la energía, con la monopolística Gazprom como arma central ocupando posiciones en el mercado interno de la Unión Europea en conflicto con sus normas sobre competencia, el interés por diversificar sus reservas en € y conseguir la supresión del visado, considerado humillante. Incluso, plantea la pretensión de establecer las relaciones sobre una base de igualdad con la Comunidad Euroasiática (CEEA), formada por la Unión Aduanera entre Rusia, Bielorrusia y Kazajistán y el coqueteo de encabezar a los BRICs como alternativa al actual orden en la comunidad internacional.

Por parte de la UE, las principales prioridades se plantean en relación con la seguridad jurídica y el respeto de los derechos humanos, con un tema que ha adquirido un particular relieve, la situación de las ONGs que reciben ayuda internacional que son consideradas como agentes de Gobiernos extranjeros. La experiencia de contactos con sus representantes, activos en el campo de derechos humanos y medio ambiente en especial es una interesante muestra de la sensibilidad de unas nuevas generaciones mucho más abiertas y de una sociedad civil más dinámica. A la vez, muestra el peso de una burocracia omnipresente y acostumbrada a actuar con discrecionalidad.

Casi un siglo después, el mayor progreso en el escenario europeo es que las relaciones se siguen basando en el equilibrio de poderes, relación de fuerzas definidas por la potencia económica y militar. Se comparte una adhesión formal tanto en el Consejo de Europa como en el Tratado de Paris de los mismos valores, aunque el camino a recorrer para establecer una relación de real alianza presenta todavía muchos obstáculos. En el mismo, es obligado hacer un alto en Stalingrad-Volgograd para comprender lo que no se debería nunca repetir.
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