24 de enero de 2020, 7:35:53
Opinion


Tramposo Maduro

Javier Rupérez


En realidad, nadie esperaba que pudiera ganar Henrique Capriles las elecciones presidenciales venezolanas del pasado 14 de Abril. Y esa generalizada convicción no tenía nada que ver con las capacidades del candidato opositor, con sus posibilidades electorales o con la disposición de la ciudadanía para votarle como sustituto del fallecido caudillo Chávez. El pronóstico se basaba en la experiencia: era imposible pensar que el sistema autoritario venezolano, impuesto desde hace catorce años por los que ya reciben en muchos medios el calificativo de “lumpen chavista”, alentado y mantenido en una relación de simbiosis colonial por los hermanos Castro desde La Habana, pudiera permitirse el lujo de abandonar en manos de otros el rio de oro negro, material y politico, que el fallecido comandante golpista había puesto a sus servicio.

Pero la dictadura perfecta tiene sus límites: cuando la ciudadanía vota, aunque sea de manera controlada y para salvar las apariencias, cualquier cosa puede ocurrir. Entre ellas el que la distancia electoral entre el oficialista Maduro y el opositor Capriles sea tan corta como para poder gritar a los cuatro vientos la convicción de que en la realidad de las papeletas depositadas el vencedor ha sido quien con tanta contundencia ha sabido mostrar la alternativa a la putrefacción del régimen. No es esta sólo una victoria moral sino otra garantizada por el peso de la voluntad ciudadana.

Maduro se hace con la presidencia venezolana de manera fraudulenta, ante el estupor de los venezolanos y el patente desprecio internacional. Ha hecho bien Capriles en pedir calma y retiro a sus seguidores, aun sabiéndose victorioso en los comicios: la chusma cubano/venezolana sería capaz de cualquier cosa con tal de ahogar, aunque fuera en sangre, la lógica reivindicación de la victoria robada, pero el país entra en una espiral en la que los peores presagios son posibles: es ya una triste realidad la ruina económica, política, social e institucional de Venezuela mientras su proyeccion exterior, ahora ya sin ningún afeite en manos de los sicarios castristas, empieza a planear pesadamente sobre el panorama estratégica internacional. Ni Europa, ni la OEA ni los Estados Unidos pueden ya por más tiempo ignorar el potencial explosivo de una situación a la que las trampas de Maduro han arrebatado el ultimo taparrabos: el chavismo está desnudo y sus vergüenzas apestan al totalitarismo caribeño de los gerifaltes de antaño.

La navegación futura, para propios y extraños, se anuncia procelosa y bien harían aquellos que se precian de la proximidad con el pueblo venezolano de guiarla con el sentido de la responsabilidad, con la esperanza de futuro y con la práctica de una prudente distancia, que no siempre han existido en los ya tres quinquenios del malhadada bolivarismo.

Porque como ha dejado escrito el veterano y prestigioso líder democristiano venezolano Oswaldo Álvarez Paz:”Lo sucedido el pasado domingo es el fraude más escandaloso de la historia contemporánea de Venezuela. Supera lo padecido en 1952 bajo la rectoría de Pérez Jiménez. También la payasada plebiscitaria de diciembre de 1957, preludio de la caída de la misma dictadura. Éste ha sido un fraude de ejecución progresiva, anunciado por autoridades civiles y militares, aliadas en lo que dieron en llamar “comando cívico-militar de la revolución”. Para ellos no han existido ni Constitución, ni ordenamiento jurídico respetable, ni leyes o normas electorales, ni decencia ni respeto a los derechos fundamentales de los ciudadanos. […] Capriles obtiene la mayoría, pero el Consejo Nacional Electoral cumple la orden del “comando cívico-militar” de proclamar a Maduro por encima de cualquier consideración legal o ética.

Respaldamos plenamente la reacción de Capriles. No podemos reconocer esta farsa fraudulenta. […] Merece nuestro apoyo y, más que eso, nuestra disposición a trabajar activamente para lograr el restablecimiento pleno de la democracia por el respeto a la Constitución. Llegó la hora de trabajar, seriamente, por la relegitimación de todos los poderes públicos, empezando por el propio poder ejecutivo, hoy encabezado por alguien que no goza de origen legal, ni de legitimidad, ni de competencia, ni de respeto. No podemos resignarnos a contemplar pasivamente el final de la República. No somos ni seremos comunistas. En consecuencia, rechazamos el control del gobierno cubano sobre áreas fundamentales de la nación, incluida la presidencia. Indignados vimos flamear las banderas de Cuba frente al Palacio de Miraflores, la noche del domingo. Defendamos la soberanía nacional, la dignidad del pueblo y lo mejor de la herencia de nuestros Libertadores. Capriles dio un paso al frente y marcó la pauta”.
Javier Rupérez
Embajador de España

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