14 de mayo de 2021, 21:17:08
Deportes

reflexión tras la resaca europea


Las depresivas semifinales de Champions descubren las goteras del éxito español


El Real Madrid y el Barcelona han recibido una severa lección de fútbol en su visita a Alemania con motivo de las semifinales de la Champions League. El trance ha alejado de forma casi irreversible a los gigantes del balompié patrio de la gloria en el primer asalto. Los motivos deportivos señalan a la potencia física, la concentración y la lesión de Messi como argumentos decisivos. Sin embargo, si se contempla la situación que ha desembocado en esta bofetada inesperada, se descubren elementos profundos que explican que, en 2013, España haya cedido de manera abrupta su primacía en el Viejo Continente. El Imparcial analiza la ecuación que explica este árido balance.




Jupp Heynckes y Jürgen Klopp representaron en la jornada doméstica previa de la ida de las semifinales de la Champions League, de funesto balance para los equipos españoles, el carácter ilustre que el fútbol alemán ha reclamado tradicionalmente por motivos de pedigrí histórico y que en los últimos años se ha ganado con argumentos rotundos y tangibles. Heynckes, un técnico al que no se ha reconocido su nivel real, refleja el maltrato sufrido por el balompié alemán debido a la construcción global de una imagen de desolación competitiva de la Bundesliga en las décadas precedentes más o menos justificada y espetó con visible irritación lo siguiente al ser preguntado si necesitaba la ayuda de Guardiola para preparar el partido ante el Barça: "Por favor respete usted mi trabajo. Nunca he consultado a nadie para saber algo de mis rivales y no necesito a nadie para estudiarlos".

Aquel arranque de ego se puede interpretar como una bofetada dialéctica a los que consideraban que la liga alemana había caído por el precipicio de los ciclos deportivos para ver de lejos al primer mundo del fútbol, es decir, la Liga española, el calcio italiano y la Premier League inglesa. Constituyó un aviso. Los que creyeron que la gloria y el éxito se puede extender en el tiempo de forma imperecedera debían despertar de la ensoñación. Los que se descubrieron dominando el balompié planetario durante un lustro, un año o una semana, cometieron el error de adoptar la ceguera del triunfador, que no contempla el paso del tiempo y el trabajo de los demás. Se perdió el respeto a los que aguardaban en silencio esperando tiempos mejores. Heynckes abrió la muleta y Klopp ejecutó la estocada en aquella jornada previa en la que Bayern y Borussia golearon y los nuestros ganaron con más sudor del esperado. El técnico del virtual finalista de Champions, que tenía conocimiento del viaje de Mourinho para estudiar a sus pupilos, lanzó en sala de prensa que “Mourinho regresará a casa con informes que no servirán de nada”. Una suerte de provocación que contenía un diagnóstico más profundo.


El análisis de esta hecatombe del fútbol patrio ha de contemplarse con una mayor perspectiva que la del 8-1 de Bayern y Borussia a Barça y Madrid. Por supuesto, para comprender por qué el balompié que ha monopolizado el último lustro no cuenta con ningún equipo entre los 8 mejores de la Europa League y no peleará por el cetro continental resulta necesario mirarse al ombligo y alejarse de teoría ‘conspiranóicas’ vacías de contenido (ya se ha lanzado desde algunos medios españoles que la UEFA no quiere a equipos españoles por razones económicas y en confabulación con la UE, todo un ejemplo de ingeniería de la vacuidad).

Klopp señalaba que los informes de Mourinho de aquel 1-6 del Borussia en Mainz no servían de nada. Pues bien, ahondando en esta declaración, es probable que el relamido fútbol nacional no haya entendido nada en su conjunto, desde sus estructuras administrativas hasta sus futbolistas, pasando por sus analistas deportivos, aficionados y gestores de lo público. La naturalidad con la que se construye una imagen ganadora y brillante del balompié patrio en el inconsciente colectivo de nuestra sociedad, basada en la lógica irrebatible de los logros históricos cosechados, es la misma con la que se acomodan los nuevos campeones -que no han saboreado la gloria de forma sistemática con perspectiva histórica- y arrincona los elementos discutibles porque la situación es boyante.

Pues bien, estas dos derrotas absolutas, incontestables, que no admiten debate porque gozan de grado sumo, se pueden interpretar recorriendo varios caminos: por la vía física, es decir, los equipos alemanes, simplemente, han arrollado a los españoles en base a un componente de potencia física que decantaba cada lance del partido, cada rebote, cada salto, del lado teutón; se puede recurrir a la vía táctica, que subrayará la importancia de dos sistemas de presión e intensidad defensiva a toda cancha, calcados en Munich y en Dortmund, que ahogaron la salida de balón de Xavi y Xabi Alonso, y complicó el brillo de Messi y Ronaldo por falta de asistencia colectiva; o se puede implementar una explicación meramente de rendimiento, que señalará la lesión de Messi como punto de inflexión del Barcelona y la negativa actuación del centro del campo y defensa central madridista, superados por la importancia del partido con claridad.

Sin embargo, trasladando el foco de lo coyuntural a lo estructural, sobresalen dos elementos de peso en esta búsqueda de argumentos que saque al balompié patrio de la sorpresa anestesiante en la que se encuentra tras esta doble bofetada alemana.


Franz Beckembauer, el mejor líbero de la historia e icono viviente del fútbol teutón, elevaba su tono de voz en noviembre de 2011 porque la Justicia de su país estaba investigando a cerca de 70 árbitros por un presunto fraude fiscal. "En el último tiempo pasaron demasiadas cosas que tocan la reputación del fútbol en general y la imagen de la DFB (Federación Alemana de Fútbol) en particular porque la cosa se estira ya como un chicle y hay que aclarar todo, ya que, mientras esto no ocurra, no tendremos la calma que queremos”. Aquel caso, que gozó de una reacción inmediata por parte de las autoridades germanas, enlaza con el caso que desataba la conmoción en Alemania a comienzos de esta semana. Las primeras páginas de los diarios abrían el pasado lunes con el presunto fraude fiscal del presidente del Bayern y excelso delantero, Uli Hoenness. El calado de esta noticia en la sociedad obligó a Ángela Merkel a transmitir que "Alemania se siente decepcionada con esta actitud". Un asunto deportivo adquiere el carácter de problema de Estado y las comparaciones hipano-alemanas en este ámbito resultan vergonzosas.

En 2012, el fútbol español presumía de poseer al Balón de Oro, al campeón de la Europa League, disfrutaba tras la consecución de la Eurocopa. La ebriedad de gloria no permitía considerar relevante que la Liga BBVA estaba considerada como el ejemplo de antagonismo del buen hacer de un gestor al contar con 22 de los 23 clubes que sufrían una situación de ley concursal por quiebra inminente, con el reparto de derechos televisivos más desigual del viejo continente, y con la deuda más bochornosa del balompié de élite con la Hacienda de su país. No en vano, la reacción ante el “doping financiero”, que, como no podía ser de otro modo, llegó con jet lag a España, ya obligó al Atlético de Madrid a ceder buena parte de los ingresos proveniente de las ventas de Agüero y Forlán a las arcas públicas y el Málaga sigue sufriendo la sanción económica de la Uefa. La alargada sombra de la gestión irracional de los recursos económicos se obviaba ante la abrumadora cosecha de títulos. Sin embargo, este descontrol en los despachos ya ha contagiado al césped.


Uno de los ingredientes estructurales que arrastra el fútbol nacional y que concluye directamente con la raíz económica es el descenso absoluto de la competitividad de la Liga BBVA. La guerra por una distribución más equitativa de los derechos televisivos es una batalla utópica que ahonda, año a año, en el acantilado que separa a los dos gigantes del resto de clubes profesionales de nuestro deporte rey. Esta zanja abismal que proporciona estadísticas de relumbrón a Madrid y Barcelona, que baten récords de puntos, anotación colectiva e individual, número de triunfos ha crecido de manera exponencial en los últimos años, pero fuera de la competición doméstica ya está ofreciendo la cara más amarga: nuestros adalides no tienen ritmo competitivo cuando salen del ámbito doméstico. El nivel de exigencia de la Liga ha caído en picado en su conjunto (equipos que paseaban el estatus de la mejor liga del mundo con logros europeos como Valencia, Deportivo de la Coruña o Sevilla contemplan este pasado glorioso como un utopía) y, con ello, ha arrastrado la tensión competitiva de Barcelona y Real Madrid. No resulta una situación accesoria que el Barcelona no consiguiera ganar un partido al París Saint Germáin en cuartos de final de la Champions, que el Madrid sufriera frente al Galatasaray o que no le haya ganado un partido esta temporada al Borussia.

La Liga BBVA comparte con la Premier League el dudoso orgullo que representa el descenso de rendimiento de sus clubes bandera -considerando bajo este concepto no solo a sus campeones tradicionales, sino a los protagonistas de la potente segunda línea de los años dos mil-. Contamos en este punto con el segundo elemento que un análisis en perspectiva debe considerar. Aparcando el doping financiero y el factor económico/administrativo de los clubes -resulta que los dos clubes que más han facturado esta temporada no saborearán la gloria ni de lejos y son, en este orden, Real Madrid y Manchester United-, incluimos en la ecuación la autoestima sobre considerada. No hace mucho, la liga inglesa presumía de colocar a tres equipos en las semifinales de Champions (en 2007 y 2008) y a dos en la final (en 2008). Estos logros indiscutibles -que colocaron a actores secundarios como Arsenal, Liverpool y Chelsea en varias finales- almibararon la autoestima británica al tiempo que se reducía la tensión competitiva en las citas continentales. Si bien la Premier ha ejecutado un viraje hacia la administración responsable de los recursos de los clubes, que ha penalizado de forma clara a algunos equipos, se ha generalizado la autoconcepción de pertenencia exclusiva a la élite. De este modo, se ha relajado la tensión ante rivales que se presuponen inferiores y que han limpiado a las segundas y primeras espadas inglesas y españoles de la lucha por la gloria continental. Acomodarse en el logro es una reacción tan natural como caer de la cima por falta de atención a los aspectos esenciales.


Bajo este prisma se observan rasgos comunes en la evolución de los cinco mejores hispano-británicos equipos de 2012. Barcelona, Real Madrid, Manchester City, Manchester United y Chelsea comparten un tronco común en su descenso de rendimiento: la intensidad defensiva, presión colectiva, solidaridad de esfuerzos y compromiso de todos los componentes en pos del colectivo del pasado año se ha esfumado por obra y gracia de los triunfos. El Chelsea, vigente ganador de la Champions quedó fuera de juego por la relajación de un vestuario acomodado por la excelsa temporada pasada. Este mal es extrapolable al Real Madrid campeón de Liga que se despidió de sus posibilidades en invierno y al Manchester City ganador de la Premier que no peleó con el hambre de la pasada temporada -ganaron 1-6 a los red devils en Old Trafford-.

El fútbol español ha subido muy alto sobre el césped, convirtiendo a la selección española en la mejor de la historia, a la capacidad combinativa del Barcelona, que actúa como elemento identitario, en el mejor despliegue que haya conocido este deporte, pero no resulta recomendable atribuir a errores externos ni puntuales la pendiente a la que el dogma racional que señala que nada es eterno nos aboca nuestra falta de atención a aspectos que acelerarán la caída y que, con el Borussia Dormund como ejemplo (su plantilla cuesta 80 millones, cifra comparable al Fuhlam inglés con motivo de la estricta gestión responsable que defenestra el déficit en los clubes de fútbol), ha coronado al fútbol alemán -que cuenta con una asistencia media a sus estadios del 90% con entradas 100 eros más baratas que en España-, que espera coronar su crecimiento aliñado con la mejor cosecha de talento que se recuerda con un título en el Mundial de Brasil. Este croché teutón no es sino una señal de la necesidad de despertar de la anestesia ganadora.
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