15 de septiembre de 2019, 20:23:45
Opinion


1 de mayo: derechos conculcados

Marcos Marín Amezcua


Como cada año llega el 1 de mayo, la jornada internacional del Día del Trabajo. Aunque hemos frivolizado el tema de las jornadas mundiales dedicadas a cuanto tema se nos pone enfrente –pues todo es recordable, defendible y festejable, creando razones sin ton ni son– y no obstante que no me inscribo a todas, la jornada mundial del Día del Trabajo no puede pasarnos indiferente.

La del 1 de mayo tiene siempre una significación y un cariz diferente a otras jornadas mundiales y es la oportunidad de recordarlo y de refrendar el espíritu de la defensa del trabajo y de la remuneración justa por desarrollarlo. El trabajo enaltece al Hombre y por ende contribuye al crecimiento personal y social. Ergo, es sagrado y merece tratarse con el debido respeto y la merecida justicia. Así de sencillo.

Frente a ello ¿qué panorama tenemos? Pues uno color de hormiga, usted escoja si roja o lo dejamos en negra. Solo hay esos dos colores y con ambos perdemos. La jornada del 1 de mayo bien que sirve para alzar la voz en defensa de quienes tienen trabajo y reclaman justicia social y de quienes no lo tienen, sobre todo si lo han perdido o no han contado con la enorme oportunidad de tenerlo, porque se les ha negado; y también pasa este día internacional por recordar y tener presente tres cosas sustanciales sobre los beneficios casi extintos del estropeado y ninguneado estado de bienestar. Estropeado y ninguneado por funcionarios públicos que, entre otras cosas, no se rebajan el sueldo ni renuncian a muchas prebendas y apoltronados aprueban reformas laborales que no se aplican así mismos. Lo importante es saber si las reglas imperantes aprobadas están promoviendo el empleo o no.

La pregunta es muy oportuna porque no podemos olvidar que los nuevos criterios del mercado laboral son: productividad, competencia y eficacia. ¿Y lo de la luchas de clases, salario justo y todo aquello? No importunemos con guarradas ni seamos antiguos, por favor. Seriedad ante todo. ¿Nos queremos ver modernos o no? pues eso. Pero como en muchas partes, el tema del salario justo y las pensiones cuyos fondos a pagar está en veremos que alcancen y siquiera que existan, para cuando llegue el momento de cobrarlas, son asuntos que calan mucho en el ánimo del tratamiento del tema laboral. En aras de hacer malabarismos con los montos, se han emprendido reformas legales laborales en muchos países para retrasar lo más posible el momento de pagar y de afrontar que los fondos no alcancen, como algunos prevén sin confesarlo. El estado de bienestar ya no da para más.

No es la excepción en México, en donde se han conjuntado un par de realidades que han enroscado el tema del trabajo, contaminando unas a otras al desembocar en una reforma laboral que llega en mal momento, justo cuando se reconoce que el país si bien no está en crisis “oficial” como para emprenderla, aun así se inscribe en el discurso de que solo con ella mejoraremos. Nos han prometido antes que lo haríamos con el libre comercio y ahora hasta privatizando el petróleo. Y siempre es lo mismo: que solo así mejoraremos. Y siempre nos quedamos con la sensación de que la mejora no llega para todos. Ahora se asesta un golpe importante a la clase trabajadora, un cuánto distinto de lo que oímos a diario que sucede en Europa, pero no por ello es menos significativo. La nuestra sería una reforma laboral necesaria, que moderniza algunas cosas, algunas, pero dudo de su consistencia.

En efecto, el tema laboral mexicano pasa por la idea de que es necesaria la reforma si queremos un país más competitivo y que se inserte exitosamente en el marco de la producción mundial imperante. Así, se suele evadir que otra manera de conseguirlo y hacerlo competitivo sería con sueldos mejores, que hoy son una vergüenza. Se pretexta para no elevarlos que desencadenarían inflación desmedida (¿no hay autoridades que la frenen?) cuando en realidad a lo que debería de apostarse es a un reajuste en precios–salarios en un país que gana una media pírrica para el tamaño de economía que se ufana de ser. Estabilidad económica de las élites, tal parece y con pensiones insostenibles. Según el Informe mundial sobre sueldos y salarios 2012/2013 como región latinoamericana venimos de un proceso de modesto crecimiento salarial promedio. Frente a ello, mejor optamos por una reforma laboral que termina por abaratar el despido y perjudica el monto de pensiones por la disminución en los hechos, de la cotización a sumar sujeta cada vez más al trabajo hora-hombre y al disfraz del trabajo en línea cómodamente efectuado desde casa. ¿Qué la reforma mexicana atiende todo ello? Sin duda. ¿Qué mejora el salario? Eso está por verse.¿Qué no lo pretende? ¿para qué hacerla, pues?

Y sí, que no hace falta modificar artículo constitucional alguno para perjudicar, lo que tanto preocupa a los legalistas, pues basta con reducir las horas de cotización sujetando el trabajo a la fuerza del mercado y no a derechos mínimos a resguardar, y así que se produzca la afectación. Sin duda por una mala gestión, una planeación inadecuada de la seguridad social en quiebra técnica, ordeñada sus instituciones por funcionarios corruptos y una carencia de planeación o al menos, al contar con la no óptima necesaria para que alcance para todos; y por supuesto por su desfalco es lo que tiene en suma precariedad el sistema de pensiones y no solo la falta de reforma laboral per se, como se intenta justificar para emprenderla. Es que a los sindicatos no les va ser honrados; cuentan con líderes que compran a sus hijos autos como un Enzo Ferrari de dos millones de dólares sin dar explicación alguna pero exaltando sí, la lucha obrera, para tapar semejantes abusos y raterías en detrimento del trabajador que sabe bien quién lo defiende.

Con la reforma laboral a la letra, todo parecen ventajas pero suma temas como escamotear derechos laborales por parte de los patrones. ¿Dónde está el quid del asunto? En la necesaria modernización de las relaciones capital –trabajo y meter en cintura prácticas que esquilman derechos. El tema central y debatible, sin duda, es el tema de la cotización y la calidad del salario. Luego viene que la crisis impide cumplir la ley al cien lo cual explica el outsourcing (subcontratación), el pago solo por horas, conculcar el derecho sindical y pretextar que no se entrega seguro social porque no se reúnen un mínimo de horas. Ello ya sucedía antes de la reforma y ahora con la ley en la mano, aún regulado podría ser peor; siendo prácticas surgidas con el paso del tiempo pretextando que la crisis es permanente. Y las nuevas formas de interrelacionarse flexibilizan las reglas de contratación, lo que da pie para todo. Desconocer con certeza quién debe engrosar la pensión y sobre todo, al someter la fuerza laboral al trabajo por hora, que es una contratación limitada y dispersa, no ayuda; legalizar la contratación a prueba, supone cancelar contratos de cuando en cuando y contratos breves, no generando antigüedad y sobre todo, si no la pierde, vea montos reducidos de ahorro. Y después, de beneficios. Allí está la trampa. A mi juicio partimos de un monto de cotización que puede dejarnos en entredicho y afectar a la larga el monto de pensiones. Casi nada.

La reforma laboral en México no garantiza nada de lo que se promete: ni mejores salarios ni pensiones adecuadas ni justicia ni estabilidad laboral. Podría aburrirlo enumerándole todos los artículos que no cambiaron para exponer que sí se garantiza todo, pero créame, perdería mi tiempo haciéndolo y a usted se lo haría perder, leyéndolos. Dijo Peña Nieto que vería como transcurría la reforma y propondría cambios legales. Tomaré asiento a esperarlos, no sea que me canse. Y que no lo olvidemos: derechos perdidos, derechos no recuperados.
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