23 de enero de 2020, 1:19:11
Opinion


De la Córdoba profunda

José Manuel Cuenca Toribio


En su obligada modestia, el cronista posee, sin embargo, títulos quizá sobrados para que un benévolo jurado de los premios Guiness le concediera su ansiado galardón. A lo largo de casi cuarenta años ha atesorado literalmente miles de amaneceres de un lugar de incomparable y restallante belleza. Con ausencias no demasiado abultadas, a través de todo ese tiempo, en toda estación y clima –lluvia, sol, frío, pantano barométrico- paseó morosamente a prima hora por las calles y callejuelas del barrio judío de la ciudad califal, el conjunto urbano arquitectónico del siglo XVI, según es bien sabido, más extenso y mejor conservado del renacimiento español.

Con salida o partida de la Mezquita Catedral, las vías que lo conforman rivalizan en donaire y gracilidad, abiertas a los vientos procedentes del “gran río de Andalucía” o a los venidos de la Sierra, de sólito con más estrépito, pero también más tonificantes. Todas rebosan de encanto y son mil los detalles en los que la mirada fruitiva se detiene a la husma del secreto último de la majestad y misterio que encierran por doquier. Talante, ánimo, formación elegirán una u otra calle, pues la variedad es casi tan infinita como los estados del alma y los cánones estéticos. Ninguna decepcionará al apresurado viandante y aun menos, claro es, al de lento paso y aljaba holgada. Judíos, Almanzor, Averroes, Albucasis, Deanes… Pero tal vez la de designación más prosaica pero no por ello menos ilustre –la calle en honor y memoria de aquél gran cordobés de comienzos de la centuria precedente, el historiador Antonio Jaén Morente- es la que, en disputa encarnizada con las restantes, ofrece, para la particular sensibilidad del articulista, el paisaje más hermoso y penetrante de la hechizadora urbe que fue un día capital del, en verdad y a muchos efectos, primer estado peninsular. La venida del día en los dos grandes tramos que la configuran resulta, en cualquier fase del año, una escena irrepetible, cuya gravidez hiende al espíritu hasta un grado de mero y primario goce sensorial, aniquilador de cualquier otro pensamiento o emoción. Espectáculo incesablemente repetido. En primavera y verano, la luz se hace inundatoria y despótica; en otoño e invierno, su tenuidad y esbeltez se hace de inmediato cómplice de la melancolía del silente espectador, cuya inquietud ante el peligro y novedad del día se aquieta por un momento ante la magnificencia e impavidez del más sagrado recinto creado a la par por la naturaleza y los hombres.

¿Pues, ciertamente, que será de los tractos y angustias de los contemporáneos cotejados con los que la atmósfera de esta calle, de este barrio, se halla adensada? Durante casi un milenio, generaciones descendientes en Sefarad del “pueblo deicida” consumaron por entero su viaje terrenal en el perímetro del solar hoy pasto por excelencia de turistas e incurias edilicias, en medio siempre de temor, vejación e insolidaridad. La almáciga de dolor y pena es tan honda y dominante en esta geografía primacial de la España judía como la de su belleza artística y paisajística. Sin dificultad, cabe imaginar frente a ella incontables dramas cuotidianos, frustraciones de legítimas, esperanzas, postraciones sin fin, horrores innumerables a manos de otras gentes que creían igualmente en un Dios personal y misericordioso…

¿Por qué, por qué, Córdoba mía, un pueblo marcado por las señas más excruciantes e indelebles de la sinrazón y ceguera de sus semejantes, aparece hodierno, en tierras por las que anduvieron los profetas de la Biblia y peregrinó Jesús, como fuente de dolor y agente de discriminación ante desterrados de su patria como ellos lo fueron de Jerusalén por todo el oriente y occidente de Europa?
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