8 de marzo de 2021, 22:49:11
Los Lunes de El Imparcial

CRÍTICA


Juan Gelman: Poesía reunida


Juan Gelman: Poesía reunida. Seix Barral. Barcelona, 2013. 1.328 páginas. 25 €. Libro electrónico: 15,99 €


No es fácil valorar en pocas líneas una obra tan fructífera como la de Juan Gelman (Buenos Aires, 1930), que ha recibido galardones como el Premio Cervantes 2007, el Reina Sofía de Poesía (2005), el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2005), el de Literatura y del Caribe Juan Rulfo (2000), o el Nacional de poesía argentina (1997) por citar sólo los muy prestigiosos; que ha sido objeto de numerosos estudios críticos -como el reciente Juan Gelman. Poética y gramática contra el olvido, de especial interés para un acercamiento a su obra-; y cuya vida, más allá del tópico, está particularmente unida a su poesía. El presente volumen reúne todos los poemarios publicados -veintinueve en total- desde Violín y otras cuestiones, con el que se dio a conocer en 1956, hasta El emperrado corazón amora (2000), que no es el último pues ya tiene otro –Hoy- preparado para su edición.

Juan Gelman luchó en primera fila contra los regímenes dictatoriales de su país, de forma radical incluso, pero alejado de cualquier ortodoxia. Gelman tuvo que sufrir la “desaparición” de muchos compañeros y amigos y, sobre todo, en 1976, la de su hijo y su nuera, embarazada ésta de una niña a la que pudo encontrar 23 años más tarde. Nunca, sin embargo, se dejó derrotar por las circunstancias políticas o personales y no ha rehuido vivir una “segunda parte del infierno” para lograr que todo salga a la luz. Porque aunque no sea posible la reparación al menos sí debiera serlo el reconocimiento de los hechos -¡qué menos se puede pedir!-. Y aunque -dice Gelman- asume el dicho mexicano de “justicia tardada, justicia negada”, afirma con mayor rotundidad que “entre eso y la impunidad hay una enorme distancia”. Afirmación que le vale para los crímenes cometidos impunemente desde un poder dictatorial en su país o en España o en cualquier otra parte del mundo. El verdadero lenguaje poético siempre “dice” el presente y seguirá diciendo en el futuro. Es a ese territorio esencial -escribe Pere Gimferrer en su prólogo- al que nos restituye la poesía de Juan Gelman. Gelman utiliza en uno de sus libros una cita de Lenin: “todo es ilusión, menos el poder”. Vuelven a tener cercanía -vigencia siempre la tuvieron- estas palabras y es momento para detenernos a advertirlo.

A pesar de todo ello, no se debe leer a Gelman sólo desde la perspectiva del dolor porque su enorme riqueza y complejidad, la variedad de registros formales y de voces, y la profusión de imágenes en su obra es enormemente rica y se ha mantenido en evolución continua. La poesía para él “es esa necesidad de milagro de la lengua”. Por eso Julio Cortázar apunta que para leer a Gelman hay que quitarse “las telarañas de la costumbre” y “las obstinadas categorías de la convención”. Sólo de esa forma podremos apreciar la fuerza connotativa de sus rupturas sintácticas y neologismos. Neologismos que, por otra parte, tampoco son de extrañar en alguien en cuya familia -Gelman fue el primer argentino de una familia ucraniana judía, aunque laica- se hablaba el ruso, el yídish, el ucraniano y el castellano y que al salir a la calle escuchaba además polaco, árabe y rumano. La vanguardia está presente en su obra, pero igualmente el acento popular y la oralidad. Las imágenes audaces, la experimentación, el diálogo directo con el lector, dan un tono único y exclusivo a su poética, en la que intención y lenguaje, como en toda buena obra, son la misma cosa. Gelman comenzó a través del grupo llamado “El pan duro” como poeta comprometido y con un registro de poesía popular y urbana, para sumar enseguida la revolución de la propia palabra, alejándose entonces de lo panfletario y adquiriendo un compromiso más profundo y personal. Gelman no escribe creyendo que sus versos cambiarán el mundo, pero sí tiene la fe de que la poesía “enriquece interiormente a aquel que alguna vez se le acerca”. Y es esa la mayor revolución a que honestamente podemos aspirar y la base imprescindible sin la cual la revolución social o política, la simple toma de conciencia, no sería posible. Gelman comenzó afirmando: “A este oficio me obligan los dolores ajenos”, y también que escribía versos “previamente llorados”. Dolores que son los que han mantenido siempre el impulso generoso de su palabra y de su sangre.

Se ha dicho que la ternura y la rabia van juntas en los versos de Gelman. La denuncia e invocación de tantas sombras se hace desde la vida, la vida real y palpable, de las gentes, de las cosas cercanas, del ayer y del hoy, una vida que es “un río innumerable que se llama pedro, juan, ana, maría, pájaro, plumón, el aire, mi camisa, violín, crepúsculo, piedra, pañuelo aquel, vals antiguo, caballo de madera. / La poesía es esto. / Y luego, escríbelo”. Y sí, lo ha escrito, y lo ha hecho, como escribe Cortázar, “desde una voz que sosiega y arrulla, una permanente caricia de palabras sobre tumbas ignotas”. Porque Gelman no rehúye el calor del amor: “En la ciudad que gime como loca /el amor cuenta bajito / los pájaros que han muerto contra el frío, / las cárceles, los besos, la soledad, los días / que faltan para la revolución”. Da igual qué lugar del mundo sea, en todas se podrá, todos nosotros podremos, con los versos de Juan Gelman, sentir menos frío y unirnos a ese amor bajito pero poderoso que hará que sean menos los días que falten para la revolución que necesitamos y aún nos espera. Porque “hay cosas -advierte el poeta- que no se le deben pedir a la poesía. Hay que pedírselas a la gente: que defienda sus derechos, por ejemplo”. Así pues, aprovechándome de nuevo su sincera y rotunda voz, “Voy a firmar aquí contra el espanto, /por la paz, por la vida, por el canto”.


Por Inmaculada Lergo
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