6 de mayo de 2021, 21:34:21
Opinión


La Mafia S.A.

Andrea Donofrio


En una campaña electoral ambigua y anodina, animada tardíamente por la cuestión de Alitalia, se ha notado un gran ausente: la lucha a la mafia. El tema, que debería representar uno de las prioridades de la próxima agenda política, ha sido marginado, tratado blandamente y sólo a final de campaña después de muchas públicas invitaciones a hacerlo. Sus actividades parecen protegidas por la indiferencia estatal, por un pesante silencio y por la voluntad de arrinconarlo o minimizarlo a problema local o folklorístico al estilo de “el Padrino”. Las mafias italianas, en todas sus variantes territoriales, representan poderosas organizaciones económicas y criminales que desarrollan sus negocios en toda Italia, extendiendo sus redes por el mundo entero. La diferencia de nombre no corresponde a una diversificación de las actividades: la Cosa Nostra es la mafia siciliana, la Camorra es la campana, mientras la ‘Ndrangheta actúa en Calabria y la Sacra Corona Unita en Puglia. Sus actividades abarcan todos los campos: desde las pequeñas actividades productivas de un pueblo hasta el tráfico de drogas y armas, del filón alimentario al sector inmobiliario, desde la fabricación de ropa para la prestigiosa Moda italiana hasta extorsión y prostitución. Contrariamente a lo que se piensa, no se trata de un fenómeno local, sino de una realidad globalizada: sus tentáculos ya llegan a todos los rincones del mundo, convirtiéndose en una empresa globalizada que interacciona con las economías nacionales de muchos países. En un informe publicado en el mes de febrero de este año, la Comisión parlamentaria antimafia italiana describía la mafia calabresa como un gran fast-food: “a la manera de las grandes cadenas de comida rápida, la ‘Ndrangheta ofrece en todo el mundo en puestos diversos la misma reconocible y fiable marca y el mismo producto criminal”. Además el mismo informe comparaba la forma de actuar de la mafias italiana a la de Al Qaeda: “una estructura tentacular análoga, sin una dirección estratégica pero con una especie de inteligencia orgánica, y vitalidad como la de la neoplasia, armada de una razón social enorme”. Sus estructuras se han actualizados con el pasar del tiempo, convirtiéndose en modernas empresas que gestionan varios sectores: la flexibilidad de la economía ha provocado la especialización de los adeptos, dirigidos por boss-managers. Estructuras flexibles, capaces de alimentarse de nuevos clanes o estrategias. Considerar el problema como un fenómeno local representa un grave error, ya que alcanza todo el país y pasa las fronteras nacionales. Igualmente erróneo sería imaginarse que las mafias se ocupan sólo de actividades ilegales: actualmente están involucrados en “negocios normales”, invierten en empresas estatales, compran acciones, efectúan préstamos. La extraordinaria acumulación de capitales, de origen criminal, son invertidos en negocios legales. Las mafias condicionan muchos sectores de la economía legal y sus ingresos son “vitales” para el país: según el décimo informe Sos de la Confesercenti, la principal asociación de comerciantes de Italia, la Mafia es la empresa más rentable en Italia, estimando que las cuatros organizaciones criminales unidas bajo el nombre de “Mafia S.A.” facturan 90.000 millones de euros, una cifra equivalente al 7 por ciento del PIB nacional. Además el Informe, publicado en octubre de 2007 y presentado en la sede del Ministerio del Interior, evidenciaba el creciente condicionamiento de las organizaciones criminales en el tejido económico nacional. Denunciando la penetración de la criminalidad en las grandes empresas italianas, en el informe se afirma que “las grandes empresas prefieren pactar con la mafia en vez de denunciar los chantajes”.

En la decadencia que está viviendo el país, era deseable que la lucha a la mafias con sus problemáticas vinculadas (crisis política, emergencia basura, productos alimenticios tóxicos) hubiera representando el fulcro de la última campaña electoral. Resulta lamentablemente legítima la duda que falte voluntad política para derrotar la mafia y su expansión. Además a esta voluntad habría que unirse una empresarial, la obligación de cambiar las reglas económicas, combatiendo donde las mafias resultan más competidoras: precios, mano de obra barata, reglas de mercado (sobre todo en tema de licitaciones públicas). Igualmente necesaria resulta la lucha contra las infiltraciones mafiosas en la política: más que cerrar un ojo como hizo el gobierno Berlusconi frente al hecho que la Campania haya alcanzado el récord de ayuntamientos investigados por la infiltración de la Camorra y por el número de ayuntamientos disueltos, hay que avergonzarse e intentar cambiar las cosas de forma inmediata. Como dijo el juez Giovanni Falcone, asesinado por la mafia siciliana en 1992: “la mafia y las organizaciones criminales son fenómenos humanos y como tal tienen un inicio y tendrán un fin”. Ya, sólo que hay que empezar a luchar seriamente en contra de ellas.
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