26 de septiembre de 2021, 20:56:13
Cultura

EL TEATRO EN EL IMPARCIAL


[i]El gran teatro del mundo[/i], de Calderón de la Barca: la rebelión de las criaturas


El cineasta Carlos Saura da el salto a la dirección teatral con una afortunada puesta en escena del auto sacramental de Calderón de la Barca “El gran teatro del mundo”. Su creativa irreverencia actualiza el drama barroco y se lo apropia, iluminando a la vez aspectos esenciales de su creación cinematográfica.


El gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca
Director de escena: Carlos Saura
Espacio escénico y vestuario: Carlos Saura
Iluminación: Paco Belda
Intérpretes: José Luis G. Pérez, Fele Martínez, Manuel Morón, Emilio Buale, Adriana Ugarte, entre otros
Lugar de representación: Gira por España.

Por RAFAEL FUENTES

No se le puede negar coherencia al primer trabajo teatral de Carlos Saura al elegir un autor como Calderón de la Barca y su auto sacramental “El gran teatro del mundo”. Tanto Calderón como esta pieza escénica formaban parte del mundo cinematográfico de Saura desde hace muchas décadas. Su realismo social dio paso muy pronto a una cinematografía extraordinariamente personal donde los personajes –al igual que en los autos sacramentales- no poseen un carácter realista sino abiertamente alegórico. Así sucedía en filmes como “Ana y los lobos”, “La prima Angélica”, “Cría cuervos…” o “Elisa, vida mía”. Las alegorías que encarnaban sus protagonistas en estas cintas eran eminentemente políticas –aunque no de forma exclusiva-, pero la textura simbólica de los personajes entroncaba de un modo directo con ese teatro específicamente nacional que era el auto sacramental.

En la última película de ese estilo de hacer cine, “Elisa, vida mía”, genial réplica a la “Viridiana” de su adorado Luis Buñuel, Carlos Saura introdujo explícitamente “El gran teatro del mundo” como una gran metáfora de la creación y la naturaleza de la manipulación de los personajes. El protagonista de aquella película, Luis, profesor de literatura, hace representar a sus pequeños estudiantes “El gran teatro del mundo”. En parte porque reflejaba su propio desengaño del mundo –en gran medida, el desengaño de la política en Saura- que enlaza con ese gran tema barroco. Pero también porque solo encuentra un consuelo alternativo en la creación, que gratifica con la invención de personajes mientras son dóciles a su hacedor y que le atormentan cuando se rebelan. Esos personajes que alaban a su creador y que a la vez se insurreccionan contra él al mismo tiempo que en la banda sonora de “Elisa, vida mía” se escucha la sinfonía “Pygmalion”, de Rameau, ya eran entonces un asunto central en Saura: una obsesión y una visión del mundo, entendido como un inmenso escenario de intérpretes dóciles o insolentes.

Es natural, pues, que Carlos Saura acceda por primera vez a la dirección escénica enfrentándose cara a cara a “El gran teatro del mundo”, que fue capital en su cinematografía.Y también que lo haga, precisamente, bajo el síndrome del mito de Pygmalion, es decir, el de la criatura que alaba y a la vez se rebela contra su creador. Saura no hace representar directamente el auto sacramental de Calderón, sino que finge un ensayo de la obra antes de su estreno. Un recurso bretchiano excesivamente explotado en la dramaturgia actual, pero que en su caso posee una plena justificación. Es la vía a través de la cual Saura acata y a la vez insubordina a los personajes frente a su creador, incluyéndose él implícitamente como un personaje más seducido por la belleza del texto e insubordinado contra parte de su doctrina. Los actores paran, protestan, reclaman, aclaran, pero la obra sigue inexorable su bello y delicioso curso.

Carlos Saura remarca la perfección de una pieza escénica orquestada como una sinfonía, y cuida que la armonía musical del verso llegue con frescura y claridad a los oídos modernos. Al igual que en la época barroca, realza esa partitura con diversos recursos técnicos que configuran, desde su sencillez, una auténtica sinfonía audiovisual. Como director de cine es lógico que Saura instale dos paneles oblicuos con la única función de servir de pantallas fílmicas. Tras un inicio de gran intensidad estética, con la proyección de una recreación del “big-bang” –acompañada por la célebre canción de Mercedes Sosa “Todo cambia”, recalcando el carácter fugitivo de la existencia-, las imágenes que se unen a la representación tienden a reiterar lo dicho por el texto en una tautología que parece prescindible. Mayor intensidad estética alcanza el esbozo de procesión envuelta en una simple y profunda saeta y la danza de la muerte final al compás del “Réquiem” de Verdi.

Sin duda, Carlos Saura comulga con el asunto central del drama muy próximo a aquellos versos de Quevedo donde se dice: “No olvides que es comedia nuestra vida / y teatro de farsa el mundo todo / que muda el aparato por instantes, / y que todos en él somos farsantes…”. Siempre que esa farsa creativa se vea con su componente de aventura vital, tan apasionada como fugaz. La discrepancia de Saura-Pygmalion se centra, más bien, en protestar contra los roles que se le asignan a la persona nada más nacer. Una reivindicación contra el modelo del Antiguo Estado de la monarquía barroca española, una queja contra las imposiciones que cercenan hoy la libertad individual.

En verdad, el origen de esta visión de la existencia como un teatro donde un autor superior nos asigna, como a actores, el papel que hemos de desempeñar en el drama de la vida, no procedía de ideas católicas ni, en un sentido más amplio, cristianas. Se trataba de una concepción de la naturaleza humana propia de la filosofía estoica con una enorme fortuna en la historia del pensamiento. Pero como “todo cambia”, con arreglo a la propia ideología barroca de “El gran teatro del mundo”, Carlos Saura incluye interrupciones donde se reclama que el rol del personaje que nos toca interpretar en la realidad lo elijamos nosotros mismos. Unas aclaraciones de Saura durante el ensayo de la obra que sirven de contrapunto cómico con el que se intensifica el dramatismo de la cuestión central. La irreverencia de ese Pygmalion que es aquí Carlos Saura no daña el auto de Calderón, sino que subraya polémicamente la grandeza del autor, apropiándoselo críticamente. Carlos Saura entra con excelente pie en el teatro, a la vez que alumbra con nueva luz sus creaciones cinematográficas del pasado.
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