29 de julio de 2021, 23:32:27
Opinión


En búsqueda de la autenticidad

José Manuel Cuenca Toribio


Signo de disfuncionalidad, mal planteamiento o torcedura es que el continente sobrepase ampliamente al contenido. Cuando ello ocurre en facetas trascendentes de la vida social e institucional, suele ser índice de irremontable decadencia o grave enfermedad. Una percepción más detenida del fenómeno lo relacionaría con la dialéctica eterna de barroco y clasismo, despojándolo así de sus caracteres más pesarosos. Mas la perspectiva desde la que contempla estas líneas volanderas se inserta, con latitud, en la primero de las dimensiones.

Producto de la casualidad han llegado casi simultáneamente a la mesa de lectura del articulista tres homenajes rendidos a otros tantos catedráticos de Universidad por sus colegas y discípulos. En todos los casos, tales colaboraciones multiplican por cuatro el número de páginas de la respectiva producción intelectual de los profesores objeto de reconocimiento. Dato hodierno no demasiado sorprendente, pero, en cualquier caso, algo extraño. Por supuesto, que no hay que ecuacionar calidad y cantidad en las diversas manifestaciones del oficio del pensamiento. La historia de la cultura occidental es la del impacto provocado por pequeñas obras maestras, desde los Diálogos platonianos al heideggeriano Ser y Tiempo. Un magisterio innovador y fecundo puede vehicularse a través de una obra alquitarada y renovadora, quintaesenciada hasta el máximo. Más de un ejemplo se agavilla en las Humanidades españolas del siglo XX. A la memoria del cronista le viene sin tardanza los casos de D. José Vallejo o D. Nicolás Pérez Serrano, y, por fortuna, cabría citar algunos más. Pero no es ésta la circunstancia ahora referenciada. Los tres docentes enaltecidos por la Academia mediante la edición de tan nutridos y numerosos volúmenes no destacaron en su servicio al Alma Mater por la hondura singular de sus saberes, ni menos aún, según quedó ya observado, por la originalidad y penetración de sus respectivas aportaciones a la materia de su especialidad. Naturalmente que en dicha desproporción cuentan las costumbres y modos en la actualidad establecidos en la comunidad universitaria.

Jóvenes licenciados y doctores a la husma de acreditaciones, vía de trabajos aparecidos en bibliografía de “impacto” y altamente “indixadas” –horresco referens…-, se sumarán con ardor casi frenético al registro de su nombre en toda suerte de títulos, a las veces, con el aliento mismo del profesorado senior, con la conciencia escindida entre la exigencia del rigor consustancial al decoro y dignidad de la institución y el espectáculo desgarrador de unas promociones de angosto o nulo horizonte en la maltrecha Universidad…

Al margen, sin embargo, de situaciones concretas, el hecho apuntado es de suma relevancia para el presente y futuro del país. Cuando el organismo más cualificado e incluso encargado por la colectividad de avalar la solvencia y mérito de los currícula profesionales y las trayectorias intelectuales infringe o vive de espaldas a la principal de sus misiones, es lo cierto que nos encontramos ante una fractura muy nociva en la articulación social. Incluso en las democracias más igualitarias, el ejemplo parte de unas elites que no hay por qué abolir, sino, por el contrario, legitimadas por el cultivo de la excelencia, demandarles conductas modélicas y objetivos estimulantes para toda la ciudadanía. En la coyuntura semi-desesperada de la vida española, deberá generarse productos limpios y auténticos, y dejar en definitiva vía muerta, toda mercancía averiada y todo género de matute. En la cruzada en pro de la autenticidad de las actividades individuales y colectivas que la nación ha de emprender sin demora –en la Alemania de 2013 se ha hecho dimitir por muy antiguos y pequeños plagios a dos ministros y uno de sus expresidentes será quizá llevado al banquillo por un regalo indebido de 700 euros-, el mundo del pensamiento ha de figurar en vanguardia.
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