12 de noviembre de 2019, 12:11:05
Opinion


Internet y conocimiento

Alfonso Cuenca Miranda


La impresión en 1449 del Misal de Constanza en la imprenta de tipos móviles de Johannes Gutenberg cambió el mundo. Ciertamente, los siglos anteriores habían legado logros como la Ilíada, la matemática euclidiana, el sistema de calzadas romanas o la Suma Teológica, pero a partir de la fecha mencionada el referido aparato mecánico sería el artífice del mayor progreso conocido hasta entonces en las creaciones y el modo de vida humanos. Así, en pocos años habría de producirse la mayor transformación de la espiritualidad acaecida en Occidente en mil quinientos años, la articulación de una comunidad intelectual –de élites- europea, la oleada de cambio político más radical de la Historia y el comienzo de la mayor transformación en los modos de producción habida hasta el momento. Y todo ello, en mayor o menor medida, fue posible gracias al invento del impresor de Maguncia.

El desarrollo en el siglo XX de la máquina computadora y de la informática en general abre otro proceso revolucionario que ha cambiado el modo de ser y de estar del hombre en el planeta. Gracias a ese proceso se ha podido comenzar a entender el cosmos y nuestro lugar en el mismo, e incluso emprender los primeros viajes a otras partes de aquél; gracias al mismo se han podido curar patologías médicas mediante complejas operaciones hasta hace poco tiempo increíbles –por ejemplo, alojando en nuestros cuerpos partes de otros hombres-; gracias a ello, en fin, hemos podido comunicarnos en tiempo real con seres que en otras circunstancias sencillamente hubieran desaparecido de nuestras vidas debido a la distancia física. En definitiva, bien puede afirmarse que la informática ha sido, tras el dominio del fuego y la electricidad, la más importante creación desde que Lucy apareciera hace más de tres millones de años en la sabana etíope.

Sin duda alguna, uno de los más importantes hitos de la Nueva Era –si no el que más- ha sido el desarrollo de Internet. Desde el punto de vista del conocimiento, constituye seguramente, junto a la invención de la escritura en los asentamientos sumerios cuatro mil años antes de Cristo, el hito más decisivo de la singladura humana. Lo que el desarrollo de Internet supondrá en último término para la especie es algo que, dado su enorme potencial, estamos todavía lejos de atisbar siquiera mínimamente. En cualquier caso, es indiscutible que la Red ha cambiado y cambiará aún más al ser humano. Cambiará el modo de raciocinio de la especie quizás como nunca antes, encontrándonos actualmente, pues, en los iniciosde un proceso decisivo en la evolución humana. Del mismo modo que la atemperación del clima determinó la caída del pelo que recubría la piel de nuestros antepasados, Internet cambiará el modo de pensar de nuestros descendientes –ya está cambiando el nuestro, aunque no lo percibamos.

La Web supone la mayor democratización o socialización del conocimiento habida en la Historia. Hace posible el acceso de millones de personas de manera instantánea a una cantidad de información que siglos atrás o no existía o sólo era conocida por unos pocos. Internet es uno de los principales instrumentos de igualación conocidos y hace más cercano el día en que millones de personas condenadas a la muerte prematura y a la pobreza puedan escapar de su terrible e injusto destino. En este sentido, sus posibilidades transformadoras son inagotables y a día de hoy no imaginables por completo. De otra parte, Internet posibilita la consecución del ideal kantiano de la Paz perpetua, creando una comunidad universal que intercambia opiniones y conocimiento en tiempo real, por lo que su capacidad para conformar empatías y solidaridades por encima de las fronteras políticas es algo que habrá de tener importantes y saludables consecuencias en un futuro (obiter dicta en relación con este aspecto: en la Red se juega actualmente la partida idiomática mundial, con el inglés como esperanto dominador, por lo que los esfuerzos de promoción lingüística y cultural del español deberían centrarse en este campo más que en ningún otro).

El cambio en nuestra manera de conocer el mundo y de razonar en función del conocimiento adquirido y del modo en que se ha producido ese conocimiento ha de ser en principio positivo, aunque ello no debe hacernos obviar los aspectos negativos o los riesgos que pueden darse en ese proceso. Así, en primer término,en lo que respecta a la información disponible. Como en tantas otras facetas, hay que distinguir entre la información rigurosa y la más superficial, no siendo siempre fácil discernir lo científico de lo que no lo es. En este sentido, si bien es cierto que Internet elimina muchos de los filtros que tradicionalmente han impedido o mediatizado la difusión de la información-conocimiento, también lo es que su inexistencia puede tener en ocasiones efectos indeseables (como sucede con determinadas páginas pseudomédicas). Por otra parte, por lo que respecta al modo de conocer, éste se caracteriza por su inmediatez y celeridad, lo que a su vez predetermina los contenidos. Se produce, por tanto, una suerte de fast-knowledge que, al igual que su homónimo culinario, puede carecer de “sustento nutritivo”. Bien es verdad que el Quijote también está disponible en internet, pero también lo es que hic et nunc la “consulta” es el método más utilizado en el mundo virtual.

Como ya se ha señalado, Internet cambia nuestro modo de conocer. Éste ha de ser más rico, en primer lugar, por la avalancha de información disponible, y –no menos importante-, en segundo lugar, por cuanto que nuestro esfuerzo podrá concentrarse más fácilmente en la reflexión y el análisis de la realidad sobre la base de la información adquirida. Por ello, frente a determinada idea subyacente en el discurso tecnológico-modernizador-consumista, Internet no nos exime de pensar, a la inversa, nos lo facilita, y, por tanto, nos obliga a dedicar más tiempo a ello. Y es que la información no puede nunca sustituir al conocimiento, un proceso éste personal e intransferible que requiere un esfuerzo que no puede ser suministrado desde fuera como una medicina milagrosa.

Por otra parte, una de las consecuencias que necesariamente habrá de tener la revolución del conocimiento descrita es la transformación de los métodos de enseñanza tradicionales –el propio ejercicio de muchas profesiones experimentará importantes modificaciones. Se suele señalar a este respecto que las nuevas tecnologías hacen innecesario aprender “la lista de los reyes godos” –si es que alguna vez lo fue. Con ello quiere expresarse precisamente el cambio descrito: a más información más fácilmente accesible menos necesidad de aprender memorísticamente la misma. Con ser ello cierto, sin embargo no puede sacralizarse este extremo, pues tener la información disponible es una gran ventaja, pero no es suficiente. Así por ejemplo, en el campo del Derecho no será imprescindible conocer los artículos concretos de una determinada Ley, siempre accesible en cuestión de segundos, pero sí en todo caso deberá conocerse, por ejemplo, que existe un principio de libertad de pactos establecido en el Código Civil (artículo 1255) o que existe un principio general que prohíbe la analogía en el derecho sancionador. Internet amplía exponencialmente nuestro horizonte cognitivo, pasamos de navegar en un pequeño lago a la inmensidad del océano; pero en éste, si cabe más que en aquél, será necesario contar con una brújula para saber encontrar nuestros destinos. Ello no empece la conclusión señalada anteriormente, de tal modo que la enseñanza habrá de adaptarse necesariamente a las nuevas posibilidades, a la nueva realidad. Y eso es algo que todavía estamos lejos de conseguir, sabemos que ha de hacerse, pero aún no se ha encontrado el perfecto acoplamiento, siendo éste, sin duda alguna, uno de los principales retos a los que se enfrentan las sociedades actuales.

Resistirse a los cambios o ignorarlos es algo erróneo y, sobre todo, inútil. Cuando se inauguraron las primeras líneas ferroviarias en Gran Bretaña y en Francia se prodigaron los estudios científicos señalando las catastróficas consecuencias que para la salud humana tendría el viajar a velocidades nunca antes alcanzadas. Evitemos, por tanto, la sonrisa complaciente de las generaciones futuras. Sin embargo, ello no obsta para que analicemos el Nuevo Mundo que ahora se nos ofrece, aprovechemos sus Eldorados y evitemos sus escasos precipicios. Nuestra responsabilidad histórica nos compele a ello, pensemos en las formidables oportunidades que se abren a los que habrán de venir después de nosotros, dejémosles el trabajo hecho.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es