24 de septiembre de 2021, 6:04:57
Opinión


Asia a un lado, al otro Europa

Javier Rupérez


¿Qué pasa en Turquía? Una década de estabilidad política y de crecimiento económico, en tiempos en que no abundan ni la una ni el otro, había contribuido a situarla como uno de los referentes de la política regional en la conflictiva zona del Mediterráneo oriental, con atisbos de influencia que rebasaban con mucho sus propios límites fronterizos y se proyectaban hacia el Asia central mas o menos turcófona y en círculos más amplios con repercusión indudable entre los países islámicos. Los sucesivos éxitos electorales del Primer Ministro Erdogan y de su partido AKP, el Partido por la Justicia y el Desarrollo, habitualmente tenido por islamista moderado, parecían confirmar el deseo popular de una vuelta hacia los valores tradicionales de la sociedad que fuera otomana, reduciendo el impacto del laicismo militante que instauró Ataturk en la Turquía post imperial sin por ello alterar en lo fundamental el carácter democrático y constitucional de la República. Los militares, celosos guardianes de las esencias destiladas por Mustafá Kemal, habían vuelto a los cuarteles –no sin refunfuñar, es cierto-y el país que en otros tiempos fuera “el enfermo de Europa” parecía gozar de una salud excelente. Tanto como para permitirse desplantes significativos frente a la Unión Europea que no acaba de quererla en su seno y de marcar estruendosamente distancias con el que había sido su aliado en la zona, Israel. Ello no había impedido, y más bien acrecentado, el solícito cuidado con que los Estados Unidos, la OTAN y en general todo el Occidente han solido tener para ese raro espécimen de un país musulmán que no reniega de sus lazos con la seguridad atlántica, de sus obligaciones y de sus réditos –entre los que se cuenta el reciente despliegue en la frontera con Siria de baterías Patriot suministradas por Alemania y Holanda para la eventual defensa anti misiles-. En definitiva la Turquía de Erdogan conseguía hacerse perdonar pecadillos de cierta importancia–restricciones a la libertad de prensa por aquí, sospechosos juicios masivos contra supuestos golpistas por allá- en aras de lo que se consideraba el ejemplo definitivo de que en el Islam se podía vivir en democracia. Mientras proliferaban las primaveras árabes y se multiplicaba la incertidumbre de sus resultados, que sistemáticamente entregaban el poder a fervorosos fundamentalistas, Turquía seguía en una via de prosperidad y relativa democracia, bastante para desear que su ejemplo cundiera entre los lectores del Corán. Esa Turquía reafirmada en su papel hegemónico es la que, sin respetar turnos, ha presentado su candidatura para un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad –en colisión evidente con las expectativas españolas para conseguirlo- y lucha con ahínco para conseguir que Estambul sea elegida como sede para los Juegos Olímpicos de 2020 -también en pugna con Madrid y con la indudable baza que supondría ser la primera capital del mundo musulmán elegida para la ocasión-.

El arranque de unas decenas de árboles en la plaza Taksim de Estambul parece haber dado al traste con esa espectacular narrativa, despertando un ansia de protesta antigubernamental cuyas últimas claves escapan al más atento de los observadores y cuyo bucle final ni siquiera aparece en el previsible horizonte. ¿Es esto quizás una primavera árabe al revés, en la que los que arrojan objetos contra la policía son los laicos y no los creyentes? ¿Se trata a lo mejor de una masiva manifestación política de descontento contra las políticas represivas del gobierno de Erdogan? ¿Son acaso los manifestantes, como parece apuntar el Primer Ministro, jóvenes ociosos a los que ha beneficiado la calidad económica de sus políticas? ¿Es esto la manifestación palpable de que el Islam no sabe ser moderado? ¿A quien beneficia la algarada y el disturbio?

No es Turquía el único país en sufrir temblores callejeros en estos tiempos de tribulación y quien crea estar libre de ellos que tire la primera piedra. Es indudable que su importancia estratégica, su poderosa demografía, las profundas raíces de su identidad y de su influencia requieran una atención que otros casos más circunscritos no reclaman. Es evidente que en el alma turca coexisten potenciales conflictos que ponen en confrontación al Oriente con el Occidente, a Europa con Asia, al laicismo con la religión, turcomanos con kurdos, militares con civiles, y otros cuantos elementos binarios de complicada coexistencia. No menos evidente que el mejor Erdogan había conseguido dotar de previsible estabilidad a un país conocido por todo lo contrario. Los bien pensantes de turno se han apresurado a tomar partido por los indignados insurgentes, como antes habían hecho con los mismos tales que en Madrid, o en Paris, o en Atenas han venido haciendo lo propio en el curso de los últimos meses. En uso de su legítimo derecho de manifestación, cierto es, y no siempre tratados con la virulenta reacción de que viene haciendo gala en esta caso el gobierno turco.

Pero nadie debería llamarse a engaño: una Turquía en descomposición es la peor noticia que pudiera recibir el mundo en las peripecias por las que nos ha tocado atravesar. Modérese Erdogan, utilice otros métodos para lidiar con los manifestantes, préstense estos al dialogo con el gobierno y a la exposición de sus hasta ahora desconocidas cuitas, ofrézcase el mundo exterior para buscar cauces de entendimiento y pacificación. Porque las alternativas son todas muy dañinas. Y necesitamos creer que hay formulas islamistas compatibles con la democracia. ¿O no? Nadie mejor que la Turquía moderna para demostrarlo.
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