24 de agosto de 2019, 0:40:50
Opinion


La dictadura de la publicidad

José María Zavala


Recientemente hemos asistido al vergonzoso acuerdo firmado entre Metro de Madrid y una famosa compañía de telecomunicaciones mediante el cual tanto el nombre de la estación “Sol” como la línea roja del suburbano aparecen vinculadas en cualquier referencia (señalética, planos, etc.) a dicha empresa. Todo hecho parece un mal menor –a algunos ni siquiera les parece un mal, sino una consecuencia del libre mercado–si se tiene en cuenta la compensación económica recibida a cambio: un millón de euros al año. Y dadas las circunstancias, un millón parece a día de hoy valer más de lo normal.

Ignacio González ha abierto la veda: esta asignación no ha sido puntual ni anecdótica, por lo que sin pudor de ningún tipo ha puesto a disposición del mundo del marketing el resto de estaciones y líneas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Marcas comerciales en el callejero? ¿Por qué no directamente acompañar la denominación oficial de la capital española con el naming de algún producto? ¿Y si subastáramos la “marca España” al mejor postor? Quizás acabásemos con los problemas de déficit de una vez por todas.

Mucha gente ha puesto el grito en el cielo con tal acuerdo, algunos incluso han tomado cartas en el asunto y han rebautizado una larga lista de señales indicadoras en las propias estaciones mediante una original muestra de “artivismo”. Quizás la ilegítima apropiación que se ha llevado a cabo con la estación ubicada en el kilómetro cero sea la concesión más llamativa realizada por las administraciones madrileñas. Sin embargo, desde mi punto de vista ni siquiera es la más grave. No hace poco observé que un concurso de skateboarding que tenía lugar en unas instalaciones deportivas del Parque de Arganzuela era patrocinado sin problema alguno por cierta bebida energética que insistía en promocionarse entre los jóvenes, muchos de ellos menores de edad. Igualmente, el “centro de creación contemporánea” por excelencia de la Villa acoge un proyecto de creación musical apadrinado por otra bebida de este tipo. En caso de haber sido una marca de alcohol o tabaco, el revuelo hubiera sido más que probable. Sin embargo, parece que esta nueva droga no molesta a nadie y no existe inconveniente en promoverla entre jóvenes y adultos.

Quizás parezca una tendencia inofensiva. Sin embargo, el progresivo secuestro del espacio público que realizan las grandes marcas es un síntoma inequívoco de la privatización de nuestras vidas. Cuando las corporaciones adquieren un poder desmesurado y se imponen al sector público, la ciudadanía se ve indefensa ante los principales grupos económicos.

Por un lado, las grandes marcas se “institucionalizan” y pasan a formar parte de lo cotidiano, dejan de ser nombres propios y se integran camuflándose como un significante cualquiera. Por otro lado se autolegitiman y nos tratan de convencer de su indispensabilidad: retroalimentan su poder. Al hacerlo, al invertir en imagen de marca, al convertirse en elementos tradicionales de nuestra cultura, crean una pantalla que les exime de trabajar los criterios con los que el capitalismo abandera sus bondades, es decir, una serie de ventajas comparativas en situación de libre mercado, pero también de cumplir con los criterios ideales que debería imponer el marco regulador estatal, es decir, una serie de ventajas comparativas en cuanto a ética laboral, respeto al medio ambiente y a la salud, etc.

La marca omnipresente se vuelve fuerte e incuestionable, porque al igual que un dios, está por todas partes, y si lo está, “por algo será”. Ahora la administración pública se vuelve cómplice en esta tarea a cambio de un puñado de euros dejando bien claro las prioridades de la clase política.
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