17 de octubre de 2019, 23:37:49
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Los indignados del mundo: de Brasil a Turquía pasando por Bulgaria o India


Las masivas protestas de Brasil, Turquía o, en menor medida, Bulgaria ponen de manifiesto el descontento cada vez mayor, con independencia de la latitud, de la sociedad con la clase política. Las proclamas en favor de la libertad, el respeto, la transparencia o la dignidad se hacen cada vez más numerosos al calor de unas nuevas tecnologías que facilitan la coordinación transnacional de estos movimientos de protesta.


El descontento trasciende fronteras y razas. La sociedad global está en pie de guerra contra la corrupción y una clase política que apenas logra dar respuesta a la ciudadanía que les ha elegido. Bien por causas políticas, económicas, sociales, de seguridad o sanitarias, decenas de miles de personas de todo el mundo se echan en la calle reproduciendo por todo el globo las protestas.

Esta semana era el pueblo brasileño el que copaba las portadas de medio mundo. Hasta un millón de ciudadanos salieron a las calles en más de ochenta municipios para protestar por el incremento en el precio del transporte público, medida adoptada para intentar contrarrestar los descomunales gastos que ha tenido que hacer frente el Ejecutivo de Dilma Roussef, que se ha visto obligada a cancelar un viaje oficial a Japón, por la organización del Mundial de fútbol de 2014 o los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro de 2016.

Además, los brasileños se quejan de la importante inversión realizada en la Copa Confederaciones de fútbol, en la que participa España, o en la visita del Papa del próximo mes, a pesar de las grandes necesidades por las que atraviesa el sistema de salud nacional. También han echado leña al fuego la contundente respuesta policial, que ha dejado un centenar de detenidos, otros tantos heridos y dos fallecidos, la creciente inseguridad en las grandes urbes y el descenso en la calidad de vida del país.



Días antes fueron los turcos los que se echaron a la calle de manera masiva para protestar contra el Gobierno de Recep Tayip Erdogan, de corte islamista moderado.

Aunque el origen del malestar fue el plan del Ejecutivo de convertir un parque público de Estambul, el Taksim Gezi, en un bloque de edificios, las protestas desembocaron en violentos choques entre manifestantes que abogaban por el mantenimiento del laicismo en el país y la consecución del estado de bienestar y miles de policías bien pertrechados de pelotas de goma y gas lacrimógeno, cuyas existencias para todo el año en el país se han agotado en apenas unos días.



Sin hacer tanto ruido, también se han registrado multitudinarias concentraciones en Bulgaria. En el caso del antiguo país comunista, el nombramiento de un nuevo jefe de los servicios de seguridad con un polémico y turbio currículum a sus espaldas por parte del Gobierno de Plamen Oresharski hizo que centenares de personas salieran a las calles de Sofía para quejarse por el empobrecimiento de la población (es el país con el Producto Interior Bruto más bajo de toda la Unión Europea, a la que se adhirió en 2007) y por la endémica corrupción que afecta a las administraciones del país.

En los tres casos, las violentas imágenes se han reproducido y han cruzado el planeta dejando tras de sí una recurrente pregunta: ¿Qué está pasando? ¿Qué esconde todo este malestar? Los símbolos y los discursos son casi idénticos allá donde se mire: desde las omnipresentes caretas sonrientes de la película 'V de Vendetta' a los gritos en favor del respeto, la democracia, la libertad, la dignidad o la transparencia.

Tanto en Turquía como en Brasil, subyace un movimiento de indignación generalizado con una clase política que, en muchos casos, gobierna de espaldas al electorado que les aupó al poder, sobre todo allí donde la democracia no está del todo consolidada.

Los movimientos en protesta en defensa de la igualdad de derechos o de la transparencia se han mezclado en un proceso en contra sistema global que también ha tenido sus ecos en numerosos países europeos o incluso en Oriente, donde este tipo de manifestaciones no son muy asiduas.

En India, lo que encendió la mecha de la indignación contra el Gobierno fue la violación de una niña menor de edad a manos de varios adultos. El suceso, que no era aislado, aunó el descontento social del segundo país más poblado del planeta pero con graves deficiencias en sanidad, educación y seguridad ciudadanas.



Muchos consideran a la Primavera Árabe, a la rebelión iniciada en Túnez a finales de 2010 con la inmolación de un frutero que se había quedado sin trabajo, como el germen de los actuales movimientos de protesta. Los aires de renovación y de libertad que cruzaron desde Egipto hasta Marruecos, desde Jordania hasta Libia, trajeron consigo, gracias a las nuevas tecnologías, proclamas e idearios transnacionales que abogaban por la democratización de la sociedad y el acceso universal a la educación, la sanidad o la política.

Incluso se llegó a organizar en México, el pasado mes de diciembre, el primer Congreso de Indignados, al que acudieron casi medio millar de personas provenientes de distintas partes del globo: Siria, Libia, Francia, España, Marruecos, Estados Unidos, Egipto, Irán, México...

Además, el acceso cada vez más fácil a las redes sociales y a la tecnología de Internet ha facilitado que grupos de distintas latitudes coordinen su estrategia y su discurso en favor de un bien común. Este es el caso del movimiento 'Occupy Wall Street', en Estados Unidos, que tuvo su mayor auge a finales de 2011 y que ahora ha trasladado el grueso de su activismo a la red.



Sin embargo, en España, este movimiento se vio rápidamente asaltado por facciones violentas que polarizaron las protestas hacia un sesgo más anti-sistema, lo que hizo que poco a poco fueran perdiendo fuerza. Además, la atomización en más de 60 asociaciones y la acampada de más de un mes en la Puerta del Sol no lograron fortalecer la causa.

Ni el deterioro de la economía ni los sucesivos ajustes y recortes puestos en marcha por el Ejecutivo de Mariano Rajoy han reactivado el movimiento indignado, que empezó siendo una oleada de renovación social y acabó en el olvido al poco de echar a andar.

Por contra, en 2011, al calor de las protestas árabes, decenas de miles de personas salieron a las calles de medio planeta para protestar y hacer público su descontento con un modelo social y político que, en muchos países, excluye a la mayoría de la sociedad de la toma de decisiones.

Atenas, Roma, Nueva York, Bruselas, Buenos Aires, Toronto, Lisboa, Tel Aviv, Fráncfort, Chicago... docenas de ciudades vieron cómo la gente se echaba a la calle en un movimiento de protesta sin precedentes desde aquel famoso mayo del 68.

Sin embargo, la falta de liderazgos visibles y la casi ausencia total de resultados efectivos y duraderos han hecho que estas oleadas de protesta, que nacieron con mucha fuerza, estén sufriendo un importante grado de erosión. Los objetivos no se logran y, de hacerlo, desembocan en nuevas frustraciones.

Lo que queda de manifiesto es que la chispa que puede prender la mecha es muy pequeña. Desde un frutero anónimo que se prende fuego a la violación de una niña o el nombramiento polémico de un dirigente polémico. Nunca se sabe cuándo los indignados van a volver a saltar.
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