18 de octubre de 2019, 8:41:12
Opinion


Traidores made in USA

Antonio Hualde


En el infierno de Dante, los traidores ocupaban el último círculo del infierno, al considerar la traición como el peor pecado de todos. Ello es así porque, a diferencia de otro tipo de infamias, para traicionar primero hay que ganarse la confianza y el afecto de la víctima. Tenía razón el cónsul romano Quinto Servilio Cepión, cuando dijo aquello de “Roma no paga traidores”. Lo hizo para mostrar el desprecio que sentía hacia los leales a Viriato que, aprovechándose de su cercanía, le asesinaron mientras dormía y luego pretendieron ser recompensados por ello.

Mucho se habla estos días de Edward Snowden. El ya célebre ex informático de la CIA ha aireado al mundo las vergüenzas de Estados Unidos, revelando una trama generalizada de escuchas telefónicas e interceptación de correos. Debo confesar que inicialmente me creí sus razones. El tal Snowden afirmaba que lo hacía para denunciar que está muy feo eso de que un gobierno lea tu mail sin permiso o escuche conversaciones privadas. Cierto. Claro que si el responsable es alguien tan majete como Obama, ya parece que hay un cierto aura de compresión.

Cierto igualmente. ¿Alguien imagina que semejante escándalo le hubiera saltado en las narices a George W. Bush? Las peticiones de crucifixión pública no se harían esperar. Pero claro, Obama es del partido demócrata, y los progres del mundo no están dispuestos a renunciar a su icono por un quítame allá estos espías. Por otro lado, si aplicamos el sentido común de un modo práctico, quizá las cosas se vean de otra manera. Nada ha sido igual en el mundo después del 11-S. Los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York pusieron de manifiesto que los viejos métodos de lucha contra el crimen organizado se habían quedado precisamente eso, viejos. Había que cambiar el chip.

Estados Unidos defiende su actuación con el argumento de preservar la seguridad nacional, y que gracias a las cosillas de las que se ha chivado Snowden ha podido detenerse a potenciales terroristas, y quién sabe si evitarse un nuevo 11-S. Añade Obama que “todos los países del mundo tienen interés en saber qué sucede en otros, sin por ello recurrir a los medios de comunicación”. Que se espía, vaya. Y claro que se espía. Ocurre que estas cosas en Estados Unidos se saben porque es una democracia y se respetan los derechos humanos. Nadie encontrará jamás una versión china, rusa o norcoreana de Edward Snowden, porque allí controlar a los ciudadanos es una costumbre firmemente arraigada desde que el socialismo -o su primo macarra, el comunismo- se asentó en el poder.

Bradley Manning filtró cientos de miles de documentos a WikiLeaks por resquemor. Sus complejos por no alcanzar nunca el nivel de sus compañeros -entre los que no era nada popular- y una salida de armario algo traumática le movieron a levantar la alfombra de Irak y Afganistán. Y lo que tenía debajo Estados Unidos ha repugnado a medio mundo. Las motivaciones de Snowden parecían diferentes; más nobles. Entonces ¿Porqué no se ha quedado en su país para defender aquello que cree justo, en lugar de flirtear con China y Rusia, ofreciéndose al mejor postor? Si el tipo este se piensa que en su país se espía, que espere a ver cómo se las gastan rusos o chinos, verdaderos adalides de los derechos humanos. Tenía razón Dante, los traidores son lo peor.
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